En el camino a la aceptación del propio cuerpo, viaje eterno

Ilustración de minkyung

Por Adriana Moreno Mendoza

 

No puedo recordar un solo día de mi vida en el cual, no me haya sentido gorda, y me pregunto, ¿cuándo, de verdad, aceptaré este cuerpo que habito? Me costó algunos años casi llegar a ese punto de amor total a mí ser, a quién soy y al cómo me veo. Casi llegaba ahí, me sentía gorda por momentos, sí, pero la mayor parte del día estaba cómoda conmigo, me sentía bien, atractiva, y no por la validación de otros sobre mi cuerpo, sino por la propia. Estaba en mi peso, comía rico sin culpas y estaba sana, o eso creía yo.

 El año pasado, sufrí de una litiasis biliar que hasta ese momento era asintomática, dejó de serlo con un cólico marca diablo que implicó una colecistectomía de emergencia, pues el cálculo ya me estaba bloqueando un conducto biliar. Tuve buenos médicos —relativamente buenos y no los tacho de excelentes porque mientras sufría yo de un dolor intenso, me acosaron y bastante, con el dichoso «porquénohastenidohijossitienesmásde30»— que me indicaron que pasó lo que pasó por herencia y saltarme comidas —ya se imaginarán el por qué lo hacía, efectivamente, por no sentirme gorda—, pero lo importante, por lo que escribo esto, es por lo que pasó después.

Según un estudio[1], existe cierta relación entre una colecistectomía —aunque sea laparoscópica y por ende, menos agresiva— y el riesgo de desarrollar desorden depresivo en mujeres más no en hombres. Si bien esto se asocia con el síndrome postcolecistectomía, el dolor que se presenta y desórdenes gastrointestinales, leyendo el estudio me queda muy claro que es necesaria más investigación para aclararnos el por qué somos nosotras propensas a esto, si es una cuestión orgánica, sicológica o ambas; mientras tanto, quiero contar mi experiencia personal.

Este episodio sucedió después de que tras un periodo no tan bueno en mi vida personal y laboral, finalmente las cosas estaban mejorando. Esta “caída” me enfureció, y enfurecí contra mi cuerpo: lo odiaba, de verdad lo odiaba, me daba asco.  Lo despreciaba, en principio, por “fallarme”, porque “su obligación” era aguantar el paso, resistir. Me asqueaba, veía las cuatro heridas de la cirugía, los puntos y las quemaduras que el pegamento de los apósitos me provocó, mis estrías ya existentes. Veía mi abdomen hinchado, desagradable, y la furia contra mi propio cuerpo aumentaba.

Efectivamente, tuve problemas gastrointestinales. El recuerdo del dolor del cólico permanece conmigo, así que tomé la decisión de seguir una dieta equilibrada y sana, renuncié, incluso cuando el doctor ya me los había permitido, a las grasas, azúcares e irritantes. A pesar de lo estricto de mi dieta, mi estómago no siempre respondía bien —a la fecha, a casi de un año de distancia, a veces no lo hace—.

Mi vida empezó a girar en torno a la comida: qué como, a qué hora lo hago, en qué porciones. «Está muy flaca: cuando se baña, se da la vuelta para no ver sus senos tristes en el espejo», citando a Marguerite Yourcenar[2]; la dieta me hizo bajar una talla, mis costillas se asomaron, mis senos perdieron volumen y plenitud, me sentí aún más fea y debo admitir que, sin embargo, aún con esto, a veces me siento gorda.

Pero yo, soy una mujer racional, y debo dar a mi cuerpo el crédito justo que merece. En primer lugar, desperté de la anestesia en las mejores condiciones, casi inmediatamente, sin consecuencia alguna. Menos de 24 horas después de la cirugía me dieron de alta, porque estaba muy bien y no vieron sentido alguno en mantenerme internada. Aunque con dolor, podía moverme, levantarme, sentarme y cada día ser más autosuficiente. A las pocas semanas retomé mi rutina y mi actividad física, poco a poco dejé de estar tan hinchada, mis heridas cicatrizaron a la perfección. Algunos meses después empecé a practicar yoga y he ido retomando flexibilidad y fuerza; ahora sé que mi cuerpo es capaz de hacer muchas más cosas de las que pensaba; en realidad, siempre estuvo fuerte, tuvo un episodio porque es falible, porque soy humana, porque también me enfermo.

Hace ya algunos años, a mi mamá la diagnosticaron con depresión y ansiedad generalizada. Tiene ayuda siquiátrica y sicológica, pero ella creció odiando su cuerpo, sintiéndose gorda, pensando que la belleza está en el peso y la figura, enseñándome lo mismo. Cuando a mi mamá le dije que estaba deprimida tras la cirugía, su respuesta fue «yo también» y no me supo entender ni yo a ella. Esta era la primera vez que yo en realidad me odiaba, cuando es una constante para ella. Nos enseñan a odiarnos y no tenemos idea de cómo amarnos. Perdí la comodidad en mi propia piel en tan sólo veinticuatro horas y aún no la recupero totalmente, ¿por qué será eso?

Nuestros cuerpos son objetos de opinión. Cada «¡qué bien te ves!» que me dicen por el hecho de estar como estoy ahorita, me causa más inseguridad: el cómo me veo no es producto de una decisión y un esfuerzo, es consecuencia de algo; es decir, antes, cuando estaba cómoda conmigo, ¿me veía mal?, si recupero mi talla anterior, ¿seré una criatura horrible, indiga de amor, incluso propio?

Los comentarios bienintencionados sobre mi dieta tampoco se hicieron de esperar: «mejor haz ejercicio», como si no lo hiciera y como si se tratara de eso. ¿Por qué nos sentimos con el derecho de opinar sobre cuerpos ajenos, subjetivamente, sobre y basándote en criterios estéticos? ¿Qué es exactamente sentirse gorda, la gordofobia y quién nos la enseñó? ¿Cómo pude ser tan cruel conmigo y condenar a mi cuerpo por enfermarse? ¿Nos sometemos a estándares tan imposibles que ni siquiera dejamos margen a la enfermedad, a la humanidad?

Estoy a unas semanas del aniversario de la cirugía. Este año pocas veces me he sentido atractiva para mí misma, pero tengo bastantes motivos para sentirme orgullosa: de mi fuerza de voluntad, de mi resiliencia; tengo conciencia de la importancia de ponerme a trabajar en conocer cómo es mi cuerpo ahora, con la sensatez de saber que tal vez, en algún otro momento, volverá a cambiar y tendré que volver a conocerlo, a conocerme. Sé que debo verlo como fuerte y bello por el simple hecho de ser mío, que no es un extraño y soy una con él. Este año aprendí que amar a mi cuerpo es un viaje que he de emprender múltiples veces mientras esté viva, y como se hace con todos los viajes, he de disfrutar cada momento.

 

 

[1] Tsai M-C, Chen C-H, Lee H-C, Lin H-C, Lee C-Z (2015) Increased Risk of Depressive Disorder following Cholecystectomy for Gallstones. PLoS ONE 10(6): e0129962. doi:10.1371/journal.pone.0129962

[2] Marguerite Yourcenar, Fuegos (Madrid: Alfaguara, 1995)

 

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