Letras Púrpura

[Letras Púrpura] En compañía de ellas: Soy feminista

American 20th Century, Dolls (Apache Women), , 1935/1942, watercolor and graphite on paper, Index of American Design
American 20th Century, Dolls (Apache Women), , 1935/1942, watercolor and graphite on paper, Index of American Design

 

Roberta Liliana Flores Ángeles

¿En qué momento decidí ser feminista? Ésta es una pregunta difícil de responder, porque en realidad ha sido un proceso en el cual identificar un inicio resulta complicado. Y es que, en cada momento de la vida, las personas somos marcadas por experiencias, relaciones, normas e historias con las que nos vamos construyendo. Aún con esa dificultad, puedo identificar algunos hilos que me ayudan a pensar en mi devenir feminista. Uno de ellos tiene que ver con la herencia de mujeres importantes en mi historia que, a su manera, me compartieron el sentimiento de injusticia de género y, en consecuencia, la convicción de querer construir otro mundo, y pensar que eso era posible: mis abuelas, mi madre y mis maestras.
Las abuelas. Mujeres que compartieron la generación, pero con historias y posiciones tan disímiles. Una, resistiendo a la frontal y dura violencia patriarcal que marcó su historia de vida; mujer trabajadora, de aquellas que llevan a cuestas lo que la teoría feminista califica como “doble jornada de trabajo”. Ella trabajó siempre, de manera gratuita a través de las tareas de cuidado y domésticas para su familia, pero también de manera remunerada en tareas también ligadas a lo doméstico y al cuidado de otras personas: con esa doble jornada sostuvo a sus 9 hijas e hijos. La otra, sin ser una disidente declarada, tenía rebeldías y no asumía del todo su rol de género. Le interesaba el saber: leía todo el tiempo mientras pudo, y cuando se dignaba a compartir algo de su pasado dejaba ver cómo el estudio había sido su elección de vida, aún cuando no pudo llevarlo a cabo del todo. Nunca le importó el trabajo doméstico: recuerdo ir a su casa llena de telarañas que en ese momento llenaban mi imaginación para inventar fantásticas aventuras de juego. Hoy sé que cada una de esas telarañas fueron mensajes que confrontaban las posiciones de ambas abuelas y me permitieron no tomar por sentado el rol doméstico asignado socialmente a las mujeres.
Mi madre. Magnífica mujer que creció en aquella casa llena de telarañas y estoy segura que a ella también le provocaron dudas sobre lo que se supone que debe ser una mujer. Parte de su vida estuvo marcada por un camino más tradicional, al menos en apariencia, donde la desigualdad de género le trajo algunos sinsabores. Ella también resistió, y además hizo un movimiento distinto y que fundó el lema de vida personal que me acompaña desde que tengo memoria. Con palabras, quizá sin darse cuenta, con actitudes y una gran cantidad de mensajes todo el tiempo me dijo: “Hija, esto es injusto. Yo por ahora no puedo hacer más, pero tú tienes que lograrlo, ¡puedes lograrlo!”. Mi madre reconoció la injusticia de género y le puso nombre. Ése es el primer momento político que han hecho las feministas: ponerle nombre a la desigualdad. Ella logró transmitirme que otro mundo podía ser posible al enseñarme aquellas palabras y al legitimar el sentimiento de injusticia que yo tenía al ver el trato desigual que nos daban a las niñas y niños en un extremo de la familia extensa. Así que no sólo aprendí a no tomar por sentado el rol doméstico asignado a las mujeres, sino que –de la mano de mi madre- también aprendí que eso tenía que transformarse y que esa era una lucha necesaria, válida y legítima.
Las maestras. Finalmente, las maestras feministas que he conocido en la universidad y en diferentes espacios de formación han sido mujeres generosas, todas ellas con la convicción de formar a las más jóvenes en el feminismo. Con ellas me acompañé de las feministas históricas leyendo sus textos y comprendí la desigualdad de género como un hecho histórico y complejo; aprendí que feminismo no era una mala palabra y que, por el contrario,
buscaba la igualdad y equidad entre mujeres y hombres. Entendí que esto no significaba hacer de los hombres concretos unos enemigos a quienes exterminar, sino buscar desarticular una estructura más amplia que produce la desigualdad de género. Aprendí que la teoría y el movimiento feminista tienen una historia llena de diversidad de más de tres siglos, y que siguen siendo necesarios en un mundo donde las mujeres aún vivimos desigualdades. Entendí que mi situación como mujer universitaria, urbana, clasemediera y heterosexual posibilita un espejismo de igualdad, en tanto que el acceso que mujeres como yo podemos tener a distintos espacios crea la ilusión de una supuesta igualdad para todas. Y entonces entendí que hay expresiones de desigualdad muy veladas que también hay que evidenciar, que nuestros derechos están tomados de un alfiler; y que mientras existan mujeres que no tienen acceso a la educación, que no puedan trabajar por ser las responsables de los cuidados en sus familias, que tengan dobles jornadas de trabajo, que ganen menos por el mismo trabajo con respecto a los hombres, que vivan violencia en sus hogares o espacios de trabajo, que no puedan caminar con tranquilidad en las calles por miedo a un asalto sexual, que sus cuerpos sean violentados cómo método de represión social… mientras existan todas esas y más situaciones en la vida de mujeres en el mundo, no podemos hablar de igualdad de género.
Así es que mi historia particular en un espejeo constante con los saberes, las experiencias y las denuncias hechas por otras mujeres, me ha llevado a mirar con otros ojos lo que parecía obvio. Por supuesto que también ha habido hombres que potenciaron este proceso, pero hoy decidí empezar por las mujeres: no es excluir, es simplemente hacer un acto político de reconocimiento mutuo, de reconocimiento –como diría Marcela Lagarde- de la condición de género (1) donde hay desigualdades compartidas en tanto mujeres y por tanto es un acto de sororidad (2). Es una forma de sintetizar un proceso y de posicionarme políticamente. No podré ubicar el momento exacto en que me hice feminista, pero sí puedo saber que llegó un momento en que tuve la certeza de que no estaba sola y entonces decidí decir sin tapujos: SOY FEMINISTA.

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1 Para profundizar sobre la “condición de género” puede revisarse: Lagarde, Marcela. (1990). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. México: Universidad Nacional Autónoma de México. 2 “La hermandad entre mujeres que se da a través de un pacto político/feminista en el que cada mujer le reconoce a todas las otras su autoridad y todas nos reconocemos como interlocutoras y como igualmente diferentes. Está basado en el principio de la equivalencia humana que incluye el principio de reciprocidad de las diferencias humanas. El reconocimiento de la idéntica valía y recíproca diferencia implica no sólo estar dispuestas a compartir conocimientos, recursos, tareas, acciones, etc. sino también estar dispuestas a reconocer nuestras respectivas experticias, habilidades, éxitos, etc.” Tomado de: Facio, Alda; De Montis Malena, Ardon Patricia; Arce Mariela; Miller Valerie (2012). Diccionario de la transgresión feminista. Volumen II, pág. 24. JASS. Disponible en: http://www.clasicasymodernas.org/wp-content/uploads/Diccionario_2012.pdf

 

Nota: Las opiniones vertidas en este espacio son responsabilidad de quien las escribe.

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