Por Jacqueline Alarcón

Tempestad entre la corriente ligera

A veces en calma, otras sobreviviendo a la vorágine de pensamientos.

Lucha encarnecida entre la luz y la oscuridad.

Destrucción y construcción.

Espejismo y maniqueísmo tóxicos, asfixiantes.

Silencios envolventes, tranquilidad profunda.

Resistencia y resiliencia.

Abrazo de paz y contención.

Amor, aire sanador.

Mi cuerpo, templo de paz y punto de fuga.

 

 “Tengo un cuerpo, pero no soy un cuerpo”, repetía mi maestra de yoga durante las clases como invitación a la conciencia. Las primeras clases con ella fueron reveladoras, intensas, casi destructoras. “No soy un cuerpo, pero estoy muriendo dentro de él”, pensaba mientras la sarvangasana casi me quebraba el cuello.

Un buen día me preguntó quién era, y no puedo recordar otro momento tan crucial en mi vida. Después de repasar todos mis títulos, nombres, funciones en la vida descubrí que no lo sabía o sí, pero la respuesta estaba detrás de toda la basura mental que se había acumulado a lo largo de los años.

Me di cuenta que descubrir quién era significaría enfrentarme a mi mayor verdugo: YO. El ejercicio de introspección se convirtió en una lucha dolorosa e, irónicamente, sanadora.  Cada pensamiento se transformaba instantáneamente en imán de visualizaciones oscuras sobre mí y un cúmulo de emociones contenidas, lo cual no es de extrañar para las mujeres.

Vivimos en una sociedad que nos enseña desde que somos pequeñas a mantenernos en silencio, sonrientes, pero inconformes y en constante competencia con nosotras, es más, de eso se alimenta el capitalismo. Como el veneno más letal, infecta y destruye. Nos consume con su exigencia de perfección. No es de extrañar que la industria de la belleza sea una de las más rentables en el mundo.

Tengo 29 años y al menos 24 de ellos me he odiado. Sufrí bullying en la escuela desde los 6 años: por mi poca estatura, mis lentes, mi cabello, mi forma de mirar. Lo sufrí incluso antes de que fuera denominado así. No obstante, en casa la situación no era mejor. Tenemos tan normalizada la violencia que la nombramos “amor” como eufemismo para justificarla. No existía reunión familiar donde mis tíos no se burlaran de mis brazos con vellos, mi estatura, la forma de mis pies, mis kilos extra,  mientras mi madre sonreía por compromiso, y yo como imitación dolorosa.

Los años pasaron, siempre pasan, y con ellos el odio aumentaba. A los nueve años comencé a hacer ejercicio como medida desesperada para “no ser gorda y fea”, y a los 11 me inicié en el mundo de las dietas.

Durante aquella época me convertí en mi peor enemiga. Acercarme al espejo significaba insultarme por ser “gorda”, “fea”, “asquerosa”, todos esos adjetivos que pone la sociedad. Tras los insultos siempre venía un golpe, días sin comer y uso de laxantes que había encontrado en el botiquín de casa.

 “Es mi cuerpo”, repetía en cada pelea con mi madre. Sí,  era mi cuerpo cuando lo lastimaba y lo llevaba al extremo. Lo era cuando  pensaba en acabar con él con pastillas, afortunadamente nunca las utilicé por miedo. Era mío cuando dejaba de comer por días como forma de desintoxicación. Fue mi cuerpo cuando permití que fuera apropiado por mis parejas de todas las formas posibles. Cuando lo llené de hormonas por el miedo a embarazarme.  Lo fue cuando dejó de funcionar, cuando sentí que por fin moriría. Entonces lo comprendí, era mi cuerpo cuando intentaba justificar la violencia que ejercía sobre él, sobre mí.

Toda mi vida giraba en torno a mi cuerpo, sin embargo, nunca me sentí dueña de él. ¿Cómo podría considerarlo mío, si todos podían tocarlo e insultarlo sin mi consentimiento? Aún recuerdo la mano del primer hombre que tocó mi vagina mientras esperaba a pasar la calle. Tenía sólo 10 años. Tiempo más tarde, en la preparatoria a un grupo de hombres les pareció chistoso escribir una carta sobre “mis senos grandes y mi cuerpo gordo” para compartirla con otros como castigo porque no acepté ser la novia de uno de ellos.

Así de destructor es el sistema heteropatriarcal, con sus inmensas garras capitalistas, donde el cuerpo de las mujeres no es más que un objeto al servicio de la oferta y demanda. Pensarnos desde la heterosexualidad nos enfrenta al control de calidad, tal cual sucede en un supermercado. Escaneamos y nos descartamos ante el espejo o la báscula.

Estamos tan inmersas que, sin cuestionar, nos apropiamos de nuestro cuerpo únicamente  cuando lo sometemos a procesos violentos, física y psicológicamente. Así lo preparamos para ser de otros cuando las dietas surten efecto, el maquillaje ha cubierto “las imperfecciones”, los dolores menstruales son ocultados para no parecer “locas hormonales”.

Ojalá el feminismo hubiera llegado antes a mi vida, para abrazarme y decirme que no era mi culpa, que no estaba loca y que el cuerpo, mi cuerpo es un espacio político. Ojalá alguien me hubiera explicado que es la sociedad heteropatriarcal, quien destruye nuestra esencia desde que nacemos y nos encasillan en la categoría de mujer sin preguntarnos. Desde ahí nos señala, limita, consume, nos mata.  Es el culto a lo masculino que normaliza la violencia hacia nosotras, y hoy la disfraza en forma de empoderamiento, amor propio, inclusión, vientres subrogados, trabajo sexual para sus propios fines y dentro de sus límites. La realidad es diferente. El cuerpo, sigue sin ser  nuestro.

Está bien mostrar senos como forma de sensualidad, pero es una desfachatez hacerlo como forma de protesta. Aún más indignante es mostrarlos al momento de amamantar. Una mujer desinhibida al hablar de sexo, es un sueño. Una que menciona el aborto como opción libre sobre su cuerpo, es una asesina.  

29 años después de nacer, por fin hice las paces con mi cuerpo, desde el amor propio real, no del que valida la sociedad patriarcal. Un amor alejado de la heterosexualidad, de la aceptación, y del cumplimiento de expectativas diferentes a las mías. Mi cariño es paciente de mis procesos y de mi cuerpo. Uno que me permite respirar sintiendo cada uno de mis órganos.

Después de muchos años puedo verme al espejo sin maquillaje, despeinada y gritarme lo hermosa que soy. Me arreglo pensando en mí, y no en gustarle a un hombre. Disfruto el placer y los orgasmos que me regalo, sin preocupación ni obligación hacia nadie. No obstante, aún estoy en el camino a la sanación. Todavía hay días que me juzgo, eso sí, son pocos. De vez en cuando pienso en aquella niña que maltraté, y la abrazo a la distancia. Cierro los ojos, y le digo que espere, todo saldrá bien. Estaremos bien.

Porque hoy, este cuerpo es nuestro. Es mío. Con sus dolores y olores; sus pensamientos y emociones. Es mío desde la consciencia y la responsabilidad. Desde la resistencia y la protesta. Lo es desde aquel día que tome mi cuerpo, lo sané y descubrí quien soy: Soy resiliencia.

 

Ilustración de Laura Berger

 

*Nota: este texto fue elaborado en el marco del curso «Formación de Talleristas en Perspectiva de Género» de Ímpetu Centro de Estudios, A.C.

 

 

 

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