Feminismo

Elección de vida [Fragmento autobiográfico]

Por Patricia Karina Vergara Sánchez

 

I. Un verso, una serie de versos son la expresión de la musicalidad de la poesía, hasta pueden llegar a conformar un poema.

Sin embargo, creo que no toda la poesía existe en fonemas o en grafías.

Me explico: considero que lo que las poetas hacemos es traducir a palabras el lenguaje más profundo y ancestral que late en el ritmo de nuestras cuerpas en respuesta sincrónica al lenguaje aprendido, tiempo genético atrás, en el latido del vientre materno.

Probablemente también es el latido que se percibió en el vientre de nuestras abuelas cuando fuimos el óvulo que se creaba en las hijas que se formaban dentro de ellas. Seguramente, en la memoria molecular de quienes somos y hemos sido desde otros tiempos.

Entonces, ese latir está también en el origen más profundo. Desde la gran explosión, en el polvo de estrellas que es la tierra y en el agua que, en combinación, hicieron nacer los primeros organismos unicelulares y la vida toda como la concebimos, y como ni siquiera alcanzamos a imaginar.

La poesía es el lenguaje de la gran madre munda, tierra, agua, planta, animala y útera y en cada gesto profundo de esa vida que se sostiene, renace y sigue.

A veces, las poetas escuchamos un poco del ritmo estelar que corre en nuestras propias venas y alcanzamos a documentar en palabras algunos de sus mensajes. Sin embargo, es una parte, apenas, del gran decir en mil otras formas de poesía que nos rodea.

Entonces, la poesía está en la caricia tierna, en la mirada insolente de quien vive una opresión, en la mano que se tiende, en el conmoverse ante lo que duele a otra, en la defensa cuerpo a cuerpo de la esperanza, en no morirse -por pura terquedad.

II. En otro lugar, descubro que he pasado mucho tiempo ya con la poesía extraviada, lo que estoy diciendo-me es que hace años, varios ya, que vengo arrastrando una utopía que se me deshila a puras cuchilladas:

Traiciones, violencia física, una violación inconcebible, la miseria de la gente que protegió a quien me hirió, -varias veces- la encarnación de la maldad pura ante mis ojos, el odio, las ganas de otros y otras de destruir lo que no pueden ser o de dañar a quien les dijo un “no” o se marchó, el plagio, la difamación, la mentira, el cinismo, las palmaditas en la espalda de quien ha estafado, colonizadores y colonizadoras con sus constantes saqueos, las servidoras del Estado que tratan de venderme o vender a otras por dos pesos, las ganas de destruir por placer, la maldad y el daño por placer, la depredación, la estupidez.

Cada una de estas veces, al emprender la reconstrucción, vienen voces cercanas invitándome a protegerme, a no abrir más mi puerta; a reconocer que la gente es malagradecida; que nadie hay a quien se odie más que a aquella que nos ha ayudado; que no comparta más mi mesa; que guarde mis tesoros para mí.

Yo, mientras tanto, he estado tratando de darle oxígeno a la utopía, deseando que no muera, sorbitos de agua para mantenerla, para pedirle que no se vaya, que no desaparezca.

Durante este trayecto-tiempo, murieron mi madre y mi abuela; murió la mujer que amé, que me amó y que me enseñó que la magia es cierta; murió en diciembre, también, Ella que fue mi segunda madre y mi amanta, la maestra de mi vida.

A cada muerte, tener que continuar con la certeza de la orfandad y tener que decidir que honrarlas era seguir soñando, pensando, deseando construir la casa-munda que me hubiera gustado habitar con ellas. Sin embargo, no poder evitar sentir todo el tiempo las ausencias y el peso de mis soledades.

En tanto, la tierra está más envenenada, el agua más contaminada, el aire irrespirable, la comida incomible. El trigo y el maíz transgénicos que dañan irremediablemente las frutas y las verduras han sido modificadas genéticamente para que no alimenten, para robarles las semillas y que nadie pueda sembrar comida en sus propios huertos. Las empresas dominan al mundo con tiranía y sin piedad. Las mujeres de mi edad ya hemos asumido que cuando se acabe la fuerza de nuestros cuerpos, no tendremos comida ni techo bajo el cual envejecer o morir en paz. Las niñas y las mujeres van por las redes sociales y en las calles escribiendo epitafios y pidiendo que no las olviden, si no regresan vivas del colegio o del trabajo. El neopatriarcado avanza voraz, convenciéndonos de que no podemos nombrarnos a nosotras mismas ni hablar de nuestras vaginas o de nuestra menstruación porque eso es odiar, mientras ellos ocupan los medios, hacen leyes, reinan en los curules, en los concursos de belleza y alquilan nuestros cuerpos para someterlos o para obligarnos a parir y a servirles. A las que protestamos o incomodamos, nos hacen llegar drogas legales e ilegales para entumir nuestros cerebros y dificultar el organizarnos.

En tanto, miro movimientos sociales en los que he puesto la actuancia y el corazón, que están en lenta y tortuosa agonía, envenenados de individualismo, que teorizan, pero no alcanzan a sentir los sueños colectivos.

Paradójicamente, pocas reconocen el desastre, porque nos cuentan falacias. Por ejemplo, nos dicen que hay grandes avances en tecnología para la salud y los medios nos hacen aplaudir como si fuera un bien para nosotras, pero lo que se silencia es que nos moriremos si necesitamos de esa tecnología quienes no la podemos pagar. Las mismas falacias se repiten en el arte, en la ciencia, en la política, en todo.

Además, está mi cuerpo explotado que se ha venido cansando, mis ojos que parece que ya no quieren ver tanto y mis oídos no quieren escuchar más llantos y mi pecho que encuentra, a veces, difícil el respirar -ha de ser la tristeza, crónica ya.

III. Creo que sí, que voy a ceder. Que se queden otras personas con sus rumores, con sus deslealtades, con sus horrores, con sus ambiciones con su autosabotaje suicida cotidiano. Después de todo, no soy yo. Para “cuatro días que vamos a vivir”, dice la vecina, mejor pasarla bien.

Me llamo a declarar la hora del deceso, a cubrir de tierra a la utopía, en tumba profunda y a caminar sin mirar atrás.

“Aún estás a tiempo, si te lo propones, tienes la labia y el discurso”, “Podrías ser diputada o tener un puesto en la academia reconocida”, me dicen.

Tal vez, sí, es hora de abandonar la resistencia.

 

IV. Voy caminando esta noche por la Plaza de las Tres Culturas. Hace frío. Los vestigios de las edificaciones del pueblo tlatelolca se mantienen en pie, resisten y cuentan la historia, a pesar de la presencia de la iglesia edificada con las propias piedras de las pirámides saqueadas por los españoles.

La iglesia fue construida en este sitio, sobre la pirámide, para tratar de borrar, de enturbiar, de apropiarse de lo que no era suyo. No lo lograron. 500 años después quedan aún los cimientos del sitio sagrado del pueblo originario. Las rocas que conforman los muros de la iglesia sirven de prueba irrefutable del horror, del despojo. Si retiraran las rocas para tratar de borrar lo que los invasores hicieron, tendrían que derrumbarlo todo. Ellos mismos hicieron que su daño sea indeleble.

En cambio, aquello que quisieron desaparecer, regresa. Cada cierto número de días, de todos los rumbos, vuelve la gente heredera de la tradición mexica y el panhuehuetl retumba en el espacio, en la danza y en los corazones de quienes sentimos en el cuerpo la memoria atávica.

En el trayecto, mientras atravesamos esta plaza, mi hija me cuenta que hay personas que compran primates recién nacidos para criarlos como bebés-mascotas y se duele de tamaña injusticia, de tamaña esclavitud.

Yo le cuento que lo mismo hacen quienes alquilan vientres de mujeres con los bebés humanos que se roban. El tono de voz y el rostro de ella, cuando me recuerda que ya lo sabe, me duelen muy dentro. Creo que me lastima sentirle la desesperanza.

Entonces, trato de regalarle lo que yo ya no tengo y le cuento historias que sé. Le digo que en 2013, en la Isla de Borneo, un orangután se enfrentó a la máquina de la tala que destruía su selva; le enumero los casos como el de Hermien, la vaca que se escondió en el bosque durante dos meses, y de manadas de otras vacas que se escapan del matadero; le cuento de cerdos y de aves que logran llegar a santuarios; de las mujeres que fueron a amamantar a sus bebés al lado de la jaula de una gorila cautiva desde su nacimiento para que supiera cómo amamantar a su cría (ojalá la hubieran liberado) y de la historia que sé de dos niñas que refugian una gata bajo su cama.

Ella sonríe un poquito, apenas, y su media sonrisa me alcanza para iluminarme toda.

Acabo de comprenderlo.

V. Para regalarle un rayito de luz a mi hija, tuve que convocar a la poesía. Voces que vienen del lugar primigenio de la poesía. Poesía vaca, poesía ave, poesía leche materna, poesía gata, poesía niñas, poesía vida.

Los gestos más pequeños de los seres más pequeños, tan insignificantes, tan poquita cosa, cosita de nada, son la poesía; son el alimento de la resistencia. Está la poesía ahí, hablando su lenguaje incomprensible para el mundo de la razón y del realismo, pero poesía es y es el único sentido que yo concibo posible.

Entonces, lo recordé: soy poesía. No basta escribir poemas, quiero vivir en poesía.

La amora me enseñó que la única batalla que se pierde es la que se abandona. Así que me quedo con la poesía como acto desesperado que convoca a la magia, para alegrarme con las luchas de las mías, para acompañar a otras mujeres en los orgasmos, a otras en los duelos y a otras en los partos y reír cuando las mías ríen y unirme al sueño de las que sueñan más allá de lo posible, sin pragmatismos.

Soy, pues, poeta maldita. Estoy con quienes dicen lo que no debe decirse, soy de las que serán silenciadas, ocultadas, tapiadas -como los vestigios en Tlateloco. No importa, mi voz vuelve siempre, como el sonido estremecedor del panhuehuetl. Apostaré por lo radical y por lo imposible, porque lo moderado ya está podrido y lo posible no alcanza para nada.

Es tiempo de volver a ser poesía…

Entonces, es así que la utopía se me nació otra vez, beba nueva, fresquita, delicada. La tengo arropada de esperanza.

La arrullo entre mis brazos, niña bien amada.

La elección hecha está.

VI. Asumo el costo. Hace mucho perdí la ingenuidad. Ya están las plagiadoras listas, ya veo quien cuenta lo que sabe de mi historia como si fuera suya, ya sé quién está por cobrar mañana las siguientes trece monedas.

Ya sé las amenazas de qué hombres y qué poderosos están sobre mis letras, memoria y sobre mi vida.

No me arrepiento. No me amedrento.

Cien veces más, me negaré a sentarme en la mesa de la traición.

Mil veces más, ayudaré a escapar a esa mujer con su bebé en brazos

No, no endulzaré los oídos del odio, ni diré que es verdad lo que es mentira.

Así que pagaré de nuevo estos precios y volveré a ser vilipendiada y mi rostro y palabras serán nuevamente desfiguradas. Seguro, volveré a dudar y a llorar. Sólo que, entonces, será con menos dolor, con más compasión generosa, que espero aprender, respecto a quienes eligen ser miseria.

Porque siempre he visto y veré cómo hacerlo, pero tendré una mesa con un plato de comida para compartir y una puerta que puedo elegir abrir; porque tengo tesoros que crecen cuando los comparto; porque mi voz tiene la fuerza y la duración del retumbar del tambor ancestral; porque aún en el dolor, aún en la injusticia, puedo escuchar la poesía en el mínimo gesto solidario, en cada roca, en cada gota de lluvia, en la oscuridad y en la posibilidad de hacer luz en la oscuridad.

Porque, ahora, el compromiso de mi paso de polvillo estelar por esta existencia es ir sembrando semillitas-esperanza, semillitas-rabia, semillitas-resistencia, semillitas insurrección y, segura estoy, un día serán bosque-utopía lograda.

Elijo volver al canto-latido de la vientre munda, elijo la vida en poesía. Esto es.

 

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La Crítica