Literatura

El espacio separado y las separatistas

Por Mar

Caminar en el feminismo es un tránsito que inevitablemente nos llevará a un mismo puerto: el espacio separado. Nosotras, las feministas, sabemos que está ahí, lo olemos, lo vemos, y lo deseamos, sin embargo, no todas están preparadas para la separación.

El espacio separado en mi entorno se ha vuelto una decisión colectiva entre las mujeres que habitamos este territorio. Desde conformadas como colectiva que definimos que así fuese, por distintos motivos que teníamos las distintas mujeres que la conformamos. Algunas se sienten más en confianza, otras sienten más libertad de conversar, otras, como yo, ya no comparten ningún espacio ni íntimo ni político ni ambos con ellos.

El espacio separado entonces, ha cobrado cierto estatus de normalidad. Las compañeras entienden que es necesario: generamos lazos más fuertes, confianzas más estrechas y un deseo por politizar nuestra existencia tanto así que no basta solo con ser amigas, queremos aprender más, compartir nuestros oficios, articularnos con redes, feministear nuestra existencia.

El espacio separado, para mis amigas, es necesario y urgente y cada vez que si quiera se ha acercado la idea de que un hombre pudiera estar aunque sea dos minutos (como por ejemplo que alguno vaya a buscar a algún bebé de una de las chicas) genera una tensión importante y se declina la posibilidad de su aparición.

El espacio separado, mis compañeras, lo demandan, lo quieren, lo buscan, lo gestionan. Pero vaya las cosas que ocurren en los espacios separados.

Muchas veces, este espacio separado, ha sido el espacio en donde se han confiado experiencias de violencia, abusos y acosos. El espacio en el que se han confesado los embarazos no deseados y los abortos que hemos conspirado. Quisiera una que se radicalizara todo. Que este espacio separado se entendiera solamente como la trama del secreto más oscuro de las brujas antiguas de la isla, pero este espacio separado, también acoge los vicios de la heteronorma, la heterosexualidad y el patriarcado.

A veces mi espacio separado se transforma en el desahogo de mis compañeras con respecto a sus parejos. A veces mi espacio separado se transforma en un libro de quejas sobre la última borrachera del novio de mi amiga. a veces mi espacio separado se transforma en homenajes a hombres que solo son adultos funcionales. A veces mi espacio separado no es separatista.

Una vez, que este amado espacio separado se transforma en este depósito de penurias y experiencias de insatisfacción constante, alertamos las separatistas. Hey, este es un espacio separado y separatista. Es separatista porque nos queremos poner en el centro, porque queremos encontrar nuestras pasiones nuestros talentos  nuestra energía creadora y nuestra potencia, porque queremos ser fuerza de la naturaleza: río caudaloso, cascada poderosa, ola de mar furiosa enfrentada a un roquerío. Es un espacio separado, porque no hay hombres, pero es separatista porque queremos esta energía, nuestra energía como protagonista.

¿Qué pasa cuando las separatistas reclamamos el espacio separado?

Cuando reclamamos el espacio, lo nombramos nuestro y no de los hombres, nos convertimos en la lesbiana desagradable, en las separatistas con las que no queremos estar todo el tiempo siendo separatistas. A veces a las separatistas nos sacan de los planes mixtos. No es que queramos estar, entendemos que con nosotras ahí no habrá «diversión» mixta posible, no es que queramos estar, pero nos extraña ser necesarias en todos los otros momentos, y que para el -relajo- no seamos convocadas.

Sabemos por qué nos sacan. Sabemos que les da vergüenza estar con los “compañeros” con los que están. Sabemos que después de que hemos escuchado las mil y una formas de violencia, desprecio y mal querer, a nuestras amigas les da vergüenza sostener esas relaciones con hombres. Sabemos que no nos invitan, no porque asuman que no queremos estar, si no que por que no soportarían que expusiéramos el machismo soterrado y no tanto de sus compañeros. No  nos invitan porque saben que no nos vamos a reír de sus chistes, no vamos a querer escucharlos cuando hablan de los mismos temas todo el tiempo, no vamos a querer entrar en sus códigos. No nos invitan además,  porque sus compañeros no conversan con otras mujeres, porque su querido espacio mixto de todas maneras se separa, hombres en una esquina, de pie por supuesto, hablando arrogantemente sobre cualquier cosa, admirándose y deseándose profundamente entre ellos. las palabras y las presencias de mis compañeras, solo serán accesorias.

Sabemos que no nos quieren invitar, porque cuando vean nuestros besos lesbianos, nuestra forma horizontal, nuestro fuego a la hora de discutir, nuestra resistencia a la familia nuclear, nuestro desprecio al sueño heterosexual de estabilidad, y casas y trabajos y planes de a dos, lo van a desear tanto que no van a poder sostener la vida que llevan. Yo estuve ahí, a mi me pasó.

A las separatistas se nos nota, se nos nota en el cuerpo, en la mirada, en los gestos, el nulo interés por buscar la aprobación de los hombres.

A mis amadas amigas de mi amado espacio separado les pasan demasiadas cosas. Les seduce la lesbiandad, sueñan con el separatismo mientras le dan la espalda a sus parejos tendidas en la cama a la hora de dormir, se erotizan con nuestros cuerpos, que son los suyos también. No lo saben, pero el espacio separado, es el comienzo de su tránsito al separatismo que las hará vivir vidas más lúcidas, libres y gozosas.

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La Crítica