Feminismo

El día que perdí mi «no» y el viaje para encontrarlo otra vez

Imagen: weheartit.com

Por Montserrat Pérez

Ejercitar el “no”. Decirlo, vocalizarlo, pensarlo. Cuando era pequeña no me costaba nada, al contrario, por mucho tiempo se me facilitó decirle no a las cosas que no me gustaban, al punto de que algunas personas pensaban que era antipática o que estaba amargada. Inclusive “no” era mi palabra favorita. Hasta que un día me robaron mi “no”.

En realidad no fue un día, supongo que sucedió poco a poco, pero sí recuerdo una fecha en especial. Tenía un novio en la universidad al que le desagradaba mi “no”. Me lo dijo, según él, me cerraba a las posibilidades de la vida antes de tiempo. Así que poco a poco fui dudando de las cosas a las que me negaba, especialmente porque quería que él fuera feliz. (Ya sé, ya sé, ni me digan).

Cuando terminamos, todo fue muy confuso, yo me tiré a la depresión, pero mi “no” no regresó. Me quedé con esa idea de que era molesta para el mundo y que debía ser más complaciente. Esto se reflejó en mi discurso, pero también en mi ropa, en el maquillaje que usaba, en la forma en la que me comportaba con los varones. Decía que sí, o no decía nada.

Por supuesto, a veces salía mi verdadera yo y mandaba al diablo a la gente. Sin embargo, me sentía mal después de negarme a algo. Mi cabeza daba vueltas y vueltas a diferentes situaciones, al punto de generarme ansiedad. Así comenzó mi era del “sí”. Sí voy a organizar ese evento que no me gusta, sí voy a hacer una dieta que me mata de hambre, sí voy a sonreírle a los vatos, sí voy a continuar hablándole al ex que me trató mal, sí voy a salir con ese tipo que no me gusta. Sí, sí, sí, todo sí. Me llené de trabajo, de cosas que hacer, de proyectos. Apenas vivía. Pero estaba diciendo “sí”. ¿Por qué entonces el mundo no era feliz? ¿Por qué me estaba sintiendo miserable? ¿Por qué estaba tan pinchemente cansada?

Por supuesto, eso reventó eventualmente. O está reventando. Me harté. Y empecé poco a poco a alejarme de cosas, soltar otras, a renunciar a trabajos y proyectos. Cada separación me destrozó, porque pensaba que era cerrarme la puerta, que no estaba dando lo suficiente, que si fuera más ordenada, que si fuera más abierta, que si fuera más alguien más y menos yo, tal vez todo habría salido bien. ¿Dónde carambas estaba mi final feliz?

Para este momento, ya andaba yo en el camino de los feminismos. Empecé a ver y a conocer a mujeres fuertes, que hablaban sobre cómo el “no” era también una forma de autodefensa. Las observé decirlo en las calles, a gente que les decía cosas, las vi proyectarlo con sus cuerpos y sus formas de expresión. Lo fui trabajando, muy despacito, pero con mucho miedo. Me comencé a cuestionar todo. Inclusive cómo los hombres y la heterosexualidad estaban jugando un papel que no imaginaba, sí, sí, entendía el patriarcado, pero hasta entonces empecé a entender cómo lo estaba (supongo que aún estoy) encarnándolo.

Y después pasé por un par de episodios de violencia sexual en los que mi “no” sirvió para nada y para lo mismo. Me volví a hundir. Reinicié el proceso para entender qué había sucedido, para intentar no culparme de lo que había pasado, para sanarme.

En general, ya no me pongo propósitos al inicio de año porque me parece que a veces se tornan en fuentes de frustración, pero este año sí me puse una pequeña meta: ejercitar mi “NO”. Digo ejercitarlo, porque, como un músculo, debe ir fortaleciéndose. Es un trabajo de reencontrarme, de saberme con la posibilidad de poner límites, que negarme a algo, hacerlo sin titubear o titubeando, no es para hacer felices a todas las personas del mundo y los seres del universo y más allá, sino por mí misma y nada más.

Hoy me encontré vocalizando mi “no”, sin acompañarlo de frases “amables” hechas para no herir susceptibilidades. Al principio me sentí mal. Pero al pasar el día me fui sintiendo mejor, vi que no pasaba nada, que mucha de la gente a la que le negué cosas (especialmente comprar) no la voy a volver a ver jamás, que tampoco trasciende mi negativa en su día ni en su vida. Hubo un momento en el que me reí de la nada, me brotó una euforia que supongo viene de entenderme más poderosa de lo que usualmente me siento.

Hoy saludé a mi “no”, le di un abrazo y me abrazó de vuelta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

La Crítica