Opinión

Cuestionar la heterosexualidad para volver a una misma

Por Itzel Buendía

Desde que recuerdo siempre idealice el imaginarme con un hombre, cuando sentía que me gustaba alguno pensaba en todas las posibles maneras en que tendríamos una historia de amor como lo anunciaban las películas, aunque sentía atracción por otras amigas o compañeras me lo explicaba como una admiración y no gusto por ellas.

Para mí tenía más sentido pensar en un hombre como pareja, porque además recuerdo los comentarios lesbofóbicos de mi padre, y desde esa posición heterosexual, siempre estuve en modo espera.

Aunque en su momento fue triste para mí (ahora lo agradezco), nunca le gusté a quienes me llegaron a gustar.

El temor a expresar mis sentires me acompañó toda mi vida, hasta que en la prepa conocí a amigas que se hablaban bonito entre sí, y aunque nunca me nació decirles cosas en diminutivo como ellas se hablaban, aprendí a reconocerlas, abrazarlas y quererlas. Sin embargo, cuando gustaba de un hombre todo giraba en torno a él y nada más.

Como la primera vez que me sentí muy atraída por un hombre y que hubo algo de correspondencia, casi nula, mi ilusión se fue al máximo, pero sufrí mucho porque experimenté por primera vez creer que seguramente por mí cambiaría, lo cual no pasó. Fue de los sentires más feos y más largos que viví.

Los dos vínculos más largos que tuve iniciaron de manera similar, no fue porque me gustaran mucho o hubiera idealizado algo con ellos, más bien ellos me dijeron que les gustaba y yo accedí, porque pensaba que quizá así se suponía que debían iniciar las relaciones. Muy en el fondo pensaba que cuando ellos llegan a una quizá no vuelva a pasar, y había que aprovechar esa oportunidad. En la heterosexualidad aprendemos a ser pasivas, y desde ahí soñar que las cosas cambien.

Mi dificultad para reconocer y nombrar límites era tanta que siempre me adapté a ellos, a sus círculos, sus tiempos y sus espacios.

Mis encuentros con otros hombres surgieron por tenerles admiración al dedicarse o hacer algo que a mí me gustaba, nunca fueron vínculos horizontales, en más de uno me sentí usada, avergonzada, decepcionada, porque aún había un poco de credibilidad hacia ellos.

Cuando más viví esos encuentros fue en un momento de vulnerabilidad y lejos de casa y cuando conocí a: Aquel al que consideré un amigo pero quien tocó mi cuerpo sin que yo quisiera, pero con sus acciones y actitudes me hizo creer que yo estaba consintiendo todo. Al contrario, yo estaba muy confundida, no sabía qué era lo que sentía, cómo decir no y terminar pensando: ¿y… si realmente es lo que quiero?

O el que aprovechando de su estado de ebriedad, aunque yo no estaba igual, fue tan insistente para hacerme dudar de mi negativa, y me hizo creer que quizá en el fondo, muy en el fondo también quería eso, quizá también lo orille a que pasara…

Aquel que nunca dijo nada claro, y por eso en cualquier momento se fue, sin decir nada.

Aquel que desde la admiración me acerqué, pero en la intimidad me di cuenta que no era el lugar en el que quería estar, ni en el que me podía reflejar.

Aquel con el que aparentemente había sinceridad pero no pudo decir que ya había cambiado de parecer, justificándose con que él siempre era complicado.

Aquel que me despojó de mis espacios, de mis redes, de mis palabras para hacerme creer que mi único lugar era con él.
Aquel que hablaba mal de su ex, de su mamá, de su hermana, pero de quienes seguía viviendo de sus cuidados, sus atenciones, sus espacios, su dinero y favores.

Aquel que aceptaba su falta de trabajo emocional pero no hacía nada para ayudarse

Aquel que quería una relación abierta porque siempre le habían gustado muchas, y en nuestra relación no quería sentir que reprimía esa parte de él, pero que ni si quiera podía comunicar y entender lo que él mismo quería.

En cada vínculo sentía esa necesidad de ya no vivir lo mismo, sentía la posibilidad de ya no estar más en modo espera y menos en esperar por ellos. Cuando comencé a trabajar en mí, con ayuda de la terapia, pude nombrar mis límites, reconocer mis espacios seguros, saber qué quería para mí, me comencé a sentir más enamorada de lo que hacía y había construido hasta el momento. Y el volver a mis amoras de la vida desde mi mamá, hermana, amigas, me hizo abrazarme y abrazarlas más, reflejarme en ellas y acompañarnos.

Poco a poco me ha dado sentido la relación entre la anulación de la madre y la heterosexualidad obligatoria pues se nos niega poder amar a otra mujer, principalmente a nuestra madre, porque de antemano somos las mujeres quienes tenemos que servir, acompañar, cuidar, dar toda nuestra energía física, mental y emocional a los hombres. Para así, alejarnos de ellas como si fueran nuestras enemigas, e ir a buscar refugio nuevamente con ellos. Pero a pesar de la lejanía, ellas siempre han estado y siguen estando presentes.

Es difícil reconocer el amor propio, es difícil amarse a una misma en un mundo que nos hace odiar a nuestros cuerpos, nuestros reflejos, avergonzarnos de nuestra soledad, callar nuestras emociones y voces; negarnos. Por eso amarnos es difícil, porque vamos en contra de lo que se nos dice que hagamos. Pero es posible, a partir de un trabajo constante, a nuestro propio ritmo, desde el conocimiento de nuestros espacios seguros, poder identificar lo que nos hace daño y lo que puede vulnerar a otras, saber lo que nos gusta y nombrar lo que no, pero sobre todo abrazar nuestros procesos, emociones e intuición. Y recordar que no estamos viviendo esto solas, sino que hay más amoras que nos piensan y acompañan aún en la distancia.

Creo que el amor propio también es amar a las mujeres de nuestra vida, amor basado en el respeto, cuidado hacia una misma y hacia las demás. Sin esperar a ser salvadas, complementadas, aprobadas por la visión masculina. Es reconocernos en la otra sin apropiarnos de ella, aceptando sus caminos y los nuestros que son otros, creo que así también sería un amor sin la heterosexualidad.

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La Crítica