Cuento

(Cuentos anticoloniales) El bebé y la música cardenche

Ilustración de Isol

El bebé y la música cardenche*

Alba Calderón

 

Nunca soportó que los conjuntos de música cardenche llegaran a tocar afuera de la casa amarilla que construyó en Monterrey. La hacían recordar ese día, que tuvo que caminar por las calles de tierra y piedra con sus cajas, bultos y recuerdos; con sus seis meses de embarazo, sus tres hijas e hijos más pequeños, y con el pendiente de abandonar en el pueblo a seis más, todo para llegar a la estación de autobuses de la plaza y comprar el boleto a Monterrey. Recordaba cómo su marido no había llegado en tres días a la casa, y un  día antes de que ella decidiera irse, el doctor del plaza que atiende cerquita de la plaza, le había dicho que fue su culpa que el último parto se complicara tanto, a pesar de que a ella la dejaron esperando toda la noche y un día, con sus dolores inmensos diciendo que su hijo ya quería nacer.

Los integrantes del grupo norteño con sus cuerdas con sonido a viejo, el acordeón que parece rechinar de polvo, el tololoche cansado y burlón,  la trasladaban al momento en que llegó a la estación de autobuses en Monterrey, y pensó que los conocimientos de los doctores de la ciudad les harían mucho mejor; el último bebé que nació en su pueblo nació moradito de tanto esperar, y los doctores le advirtieron que ni siquiera sabían todas las consecuencias que podría tener por el resto de su vida. Por eso, ella dejó su pueblo de San Luis Potosí, y llegó a vivir a la desgastada  y húmeda vecindad de Monterrey, donde su prima Precaria le dejó quedarse, durmió con sus hijos en un catre lleno de chinches y al día siguiente fue a la cita al hospital, en el edificio más grande que había visto en toda su vida. Ahí, ni siquiera le dieron una hoja que dijera su nombre. Le decían “madrecita” pero no con tono cariñoso, sino como burlándose de ella, salió muy confundida de la consulta donde le advirtieron, casi a gritos, que la iban a operar el día que naciera su bebé para que ya no tuviera más.

Ella, que caminó y dejó atrás su milpa, su casa de adobe llena de sus hijas e hijos, para darle vida a otro más, en un hospital limpio, donde supieran cómo tratar bien a los bebés, y no pasara otra vez lo que le pasó a su último hijo que nació en el pueblo. Por eso no se quejó cuando en la fecha del nacimiento, no dejaron pasar a Precaria a acompañarla. Cuando despertó de la cesárea, le quitaron la bata desgastada, le entregaron su falda y su blusa estampadas con flores, y los doctores de Monterrey le dijeron “tu bebé nació muerto”.  Y ella no dijo nada porque su marido seguía tocando música cardenche en algún lugar de Estados Unidos, porque no sabía cómo decirles que no les creía a los doctores de Monterrey, que se veían muy jóvenes y blancos, porque se sentía muy sola e ignorante en el edificio más grande y frío en el que había estado. Decidió irse y entregarles a su bebé, sin decirles que ella sabía que no había nacido muerto, porque lo escuchó llorar y luego escuchó la música cardenche y supo que sería músico como su papá. No le gusta imaginar que su bebé, anda de casa en casa en Monterrey, tocando música cardenche, sin poder abrazarlo.

 

*Escrito en el Taller “Cuentos Anticoloniales” facilitado por Karina Vergara Sánchez.

 

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La Crítica