Economía

[Cuentos anticapitalistas] Ladronas de trigo

Mandrágora

Al regresar del interrogatorio, a esta celda oscura y fría, supe que era posible que no saliera de aquí. Y la preocupación por mis hermanas no me deja dormir, pero desconozco su suerte. Mi única compañía es la rata que viene cada cierto tiempo a mordisquear la paja en la que suelo dormir cuando logro acallar mis pensamientos. Todo comenzó hace aproximadamente cinco lunas…

Estábamos viviendo tiempos difíciles: los precios de la comida estaban disparados, habíamos perdido la pequeña parcela en la que cultivábamos, mi mamá se veía obligada a emplearse en la servidumbre de las casas de la ciudad por unas pocas monedas y todo el mundo la trataba como inexistente por ser viuda. Mi papá había dejado el mundo 3 años atrás, cuando la viruela atacó nuestra aldea, a pesar de los múltiples cuidados que le dispensó mi madre con el conocimiento de las plantas y las raíces que guardaba de la madre de su madre.

Una tarde recibimos la noticia de que las tierras comunes de nuestra aldea habían sido vendidas, por orden del ayuntamiento, a un hombre que tenía cultivos de trigo. Nos dijeron que era por nuestro bien, que los alimentos aumentarían, que tendríamos para comer y un trabajo en el cual emplearnos y vivir una vida decente. Fue una vil mentira.

Poco tiempo después de esa venta, se acabaron los festejos, los festivales, las danzas. Enviaron soldados reales para proteger las verjas y los setos que cerraban el paso en las antiguas tierras comunes. A mí me parecía un robo descarado.

Fue en esa época que conocí a Juana. La primera vez que la vi quedé impresionada por su fuerza vital. Me asustaba y al mismo tiempo deseaba ser como ella. Era salvaje, desgarbada, con un caminar tranquilo y altivo. Había llegado a nuestra aldea después de huir de un pasado de maltratos que nunca me reveló con detalle. Nos hicimos amigas muy pronto.

Para Juana no existían cercas ni verjas. Era una gran atleta, saltaba, corría con agilidad y era experta trepando árboles y pescando. Además, tenía una profunda capacidad de solidaridad. Cuando lograba hacerse con buenos peces, frutos y verduras, los vendía en el mercado de la ciudad o los compartía con Alicia, la mujer que le permitía dormir en su casa, con sus pequeños hijos. Eran las mujeres del margen de la aldea. A Alicia todo el mundo la rechazó después de concebir sin casarse.

Una mañana hui de mis actividades de tejido, a pesar de las miradas de reproche de mis hermanas, y acompañé a Juana a pescar en el lago de las antiguas tierras comunes. Me sentía torpe y asustada intentando saltar la cerca, Juana lo hizo rápidamente. Esquivamos a los guardias con éxito y estuvimos jugueteando en el agua un buen rato.

De pronto, Juana, que tenía un oído fino, escuchó el sonido de una carreta aproximándose. Me dio un tirón para que nos ocultáramos rápidamente. No era una, sino 7 carretas las que se aproximaban. Vimos a un grupo de 15 hombres cargando en las carretas una cantidad inmensa de sacos de trigo: los llevarían a la casa del terrateniente. Sentí cómo la rabia se expandía por cada uno de mis dedos, de mis manos, en mi vientre: con esos sacos de trigo comería toda nuestra aldea durante un mes.

Las carretas emprendieron la marcha y vi, aterrada, cómo Juana corría detrás de la última de la caravana y se subía en la parte de atrás, escondiéndose entre los sacos. Me quedé congelada, esperando su regreso.

Llegó al atardecer, ruborizada, con el cabello revuelto y una sonrisa en el rostro. Había encontrado información muy importante: Las siete carretas iban a llevar el trigo a los muelles de la ciudad 10 días después, para enviarlo al otro lado del mar. Una segunda ola de rabia me invadió. Por su mirada, supe que Juana la compartía, pero ella tenía una propuesta clara y atrevida: Las íbamos a robar. El miedo remplazó a la rabia, pero Juana me contuvo: -“Ellos nos robaron primero, les robaron a todos, sus tierras, su trabajo, su lago, sus peces, sus frutos. Además, no estaremos solas”. Sólo esas palabras me bastaron.

Pasamos los días siguientes convenciendo a mujeres y hombres de que se unieran a nuestra iniciativa. Fuimos rechazadas y malmiradas en la mayoría de ocasiones. Una noche, mientras me disponía a dormir, escuché claramente tres golpes en la ventana bajo la cual dormía. Salí de la casa y encontré a Inés, una mujer que había pasado los cuarenta, con un rostro que mostraba resolución, tristeza e impotencia: La pequeña hija de nuestra vecina había muerto de inanición. Necesitaba pan para sus hijos: Nos ayudaría en lo que fuera necesario.

Poco a poco sumamos mujeres, hablamos con las lavanderas del río después de salir de la misa, con las mujeres con las que mi madre trabajaba en las casas de la ciudad, con Alicia, con mis hermanas, con Bertilda, que sabía mucho del uso de plantas. Para el día octavo éramos 35, y teníamos un plan.

La caravana de carretas custodiada por dos guardias adelante y dos atrás salió al atardecer de la casa del terrateniente. En un claro del camino se vieron obligadas a detenerse: los guardias y 5 cocheros parecían sufrir de una grave diarrea. Bertilda y sus plantas habían hecho posible la primera parte del plan.

Al detenerse, el grupo de hombres que no estaba enfermo se vio agredido con piedras, palos, y algunos cuchillos de cocina de quienes habían logrado armarse. Todo era caótico, se escuchaban gritos, gemidos, insultos. Yo no paraba de gritar “Traidores, ustedes también necesitan comer” “A ustedes también les han robado” “Sólo queremos comida para nosotras y nuestros pequeños”.

Las mujeres que sabían conducir los caballos, sacaron inmediatamente las carretas del lugar. Juana iba a la cabeza del grupo. Nos hizo falta sacar los sacos de las últimas dos carretas pero decidimos dejarlos atrás porque algunos de los hombres estaban dándonos demasiados problemas.

Al alejarnos, subidas en la parte de atrás de la quinta carreta cargada de trigo, vi que una manda de lobos se aproximaba al lugar en el que quedaban dos carretas y sus custodios estupefactos. –“Parece que las lobas están con nosotras”- pensé.

Llegamos a la aldea pronto. La alegría colectiva era profunda: las mujeres se abrazaban y lloraban, otras reían a carcajadas, mis hermanas sacaban los sacos de trigo de una de las carretas mientras le mostraban a mi madre el botín. Los panes brotaban de las cocinas. Los niños bailaban.  Juana saltaba de aquí para allá saludando a quienes se habían negado a participar de la operación pero que habían salido a mirar: Para ellos también habría pan.

Fuente: Medieval Life

Juana y yo fuimos las primeras capturadas. No sé qué habrá sido de las demás. De Bertilda y sus plantas, de mi madre y sus compañeras, de mis hermanas y su complicidad, de Alicia y su rostro de felicidad, de Inés y su convicción de que ningún hijo suyo pasaría hambre de nuevo.

No me arrepiento de nada, jamás lo haré. Durante los días siguientes, todas nos acostamos con una sonrisa y el estómago lleno. Y, por un breve tiempo, los bailes volvieron.

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