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Construir paz desde el exilio

Imagen: The International Center for Transitional Justice

Por Tatiana Duque

Las mujeres han sido, desde siempre, el botín de guerra. Algunos de los rasgos más notorios durante el periodo (más de 50 años) en el que Colombia sufrió el conflicto armado fueron la violencia contra las mujeres y la reconstrucción de un nuevo orden social, en especial en el campo.

Para junio de 2016, Colombia fue el primer país del mundo con más desplazados por la guerra, con 6,9 millones de casos, según el ACNUR. De este total, por lo menos la mitad son mujeres adultas y niñas que, al no contar con la protección de sus hogares, gobiernos y (en muchas casos) las estructuras familiares tradicionales se encuentran en constante situación de vulnerabilidad.

Del total de desplazados, al menos unos 8 mil se encuentran refugiados alrededor del mundo. Sin embargo, tan sólo 393.333 tienen el estatus (Registro Único de Víctimas). A esto se suma la dificultad que hay en encontrar datos a nivel general donde se especifique la situación de las mujeres exiliadas y refugiadas. No los hay.

Existe un impacto diferencial en las experiencias migratorias de mujeres y hombres, sin embargo, los enfoques tradicionales que investigan el proceso migratorio no tienen en cuenta la perspectiva de género. El endocentrismo invisibiliza a las mujeres e incluso las reduce a la función de acompañantes y dependientes (de padres, esposos, hermanos), pues considera al varón el sujeto implícito en el abordaje de las migraciones. A falta de estadísticas globales respecto del número de colombianas refugiadas y exiliadas, la realidad sólo puede analizarse de manera fragmentada, con base en las cifras particulares de algún Estado tomada como dato ejemplificador.

Las mujeres desplazadas y exiliadas experimentan el riesgo de ser doblemente invisibilizadas: por el hecho de ser mujer (ejemplo: La Mesa principal de negociación en la Habana estaba integrada, en su totalidad, por hombres) y por el hecho del desplazamiento forzado (se desconocen sus experiencias, no se tiene una existencia histórica de migraciones autónomas que tienen un lugar central en los proyectos migratorios familiares).

Y es que las mujeres sufren violencias específicas (violaciones, torturas, vejaciones, femicidios, por nombrar algunas) por el hecho de ser mujeres y/o pertenecer a determinado grupo étnico (afrodescendientes o indígenas). A esto se le suma el riesgo, muchas veces sustentado en amenazas y hostigamientos, a la que se ven sometidas líderes comunitarias y de colectivas por su alto grado de participación social y activismo.

Resiliencia es la palabra que mejor las define. Muchas decidieron continuar con su activismo desde el exilio y otras sintieron la necesidad inminente de cambiar su destino y el de sus compañeras. Sus experiencias militantes y participativas se convirtieron en prácticas transnacionales, convirtiéndose en agentes sociales y políticas que a través de diferentes mecanismos (actividades de sensibilización, movilización social, creación de informes, exigencias concretas de cara a las políticas públicas colombianas) de incidencia en la construcción de la paz desde sus lugares y la lucha constante por ser visibilizadas y escuchadas.

El ejemplo más claro es la Colectiva de Refugiadas en España: “se trata de de agentes activos en la transformación de la realidad social y política en los ámbitos por los que transitan, lo que les ha permitido desenvolverse en un contexto de lucha por los derechos de las refugiadas en el espacio global”. (El activismo de las refugiadas políticas colombianas, Tesis de Doctorado en Género. Elena Mut, Universidad de Valencia)

Una de las acciones más fuertes de las mujeres exiliadas y refugiadas fue el informe realizado por la Colectiva de Refugiadas en España de la mano de la Asociación de Mujeres de Guatemala: Informe Derechos de Participación de las Mujeres Refugiadas y Exiliadas en el Proceso de Justicia Transicional en Colombia, cuyo objetivo es exigir a la mesa de negociación que ahora se lleva a cabo entre el Gobierno y el ELN “el Derecho a la Verdad a causa del conflicto armado, en el marco del proceso de justicia transicional en Colombia (…) así como el Derecho a Participar en los procesos de paz y en aquellos destinados a la consignación de las violaciones de Derechos humanos de las víctimas”. Derechos que no les fueron reconocidos en su totalidad en el Acuerdo de Paz con las FARC, por no estar lo suficientemente representadas. El exilio también tiene una impronta endocéntrica a pesar de que existe, como en la mayoría de los casos, una vivencia diferencial que “golpea” más a las mujeres.

En el Informe también se evidencia como a pesar de ser las mujeres colombianas refugiadas y exiliadas víctimas de violaciones de Derechos humanos y que por el hecho de ser mujeres sufrieron una afectación diferencial no tuvieron representación de manera específica en la composición de las delegaciones presentes en la Mesa de Negociación con las Farc. Los Acuerdos de Paz suponen una transversalidad de género sin incluir a la universalidad femenina que fue víctima del conflicto armado colombiano.

Con sus actividades de sensibilización social e incidencia política han incluido su voz y exigido que sus propuestas sean tenidas en cuenta en el proceso de construcción de la paz. El otro rostro de la guerra no es la mujer victimizada, es la mujer empoderada. Proyectos e iniciativas de largo aliento surgieron para resignificar la vida y exigir derechos desde el compartir con otras mujeres. En este proceso de resignificación, los proyectos de vida no solo involucraron la individualidad, sino que se plantearon desde parámetros colectivos: resistir a la guerra, aportar a la paz y, con ello, crear sentidos sociales.

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La Crítica