Análisis

Ariel quería explorar el mundo

Por Montserrat Pérez

Llevo ya mucho tiempo pensando en este texto. No es un análisis a profundidad de las princesas de cuentos de hadas, pero sí quiero hablar un poco de las contradicciones que las niñas aprendemos en esas historias, específicamente en las películas con las que muchas crecimos y que las niñas siguen viendo. Hay otros análisis más minuciosos, éste es, más que nada, el de una mujer que tiene sobrinas y no quiere que crezcan pensando en que deben abandonar sus deseos y objetivos. 

Me frustra mucho pensar en Ariel de La Sirenita en cualquiera de las versiones del cuento, ya sea porque termina convertida en espuma del mar para salvar al príncipe, o porque al final se casa con un baboso que no puede reconocerla si no habla. Igual que La Cenicienta, que el príncipe tiene la brillante idea de buscarla con un zapato, y ni siquiera va a buscarla él. 

Regreso a Ariel. En la película animada de Disney, cuando conocemos su tesoro, las cosas que ha ido recolectando y que le causan interés, también ella canta y nos dice qué quiere de manera muy explícita. Entre las cosas que Ariel quiere están:

  1. Ver algo especial
  2. Ver una bella danza
  3. Descubrir qué siente al estar ante el sol
  4. Estudiar 
  5. Encontrar preguntas a sus respuestas
  6. Saber qué es el fuego y si quema
  7. Irse y explorar

Incluso en la versión original en inglés, Ariel quiere saltar, caminar en las calles, correr, ser libre, un mundo en el que no regañen a sus hijas y puedan pararse por sí mismas. 

¿En la lista está encontrar un marido y quedarse encerrada en un castillo a los 16 años? No. Ni siquiera lo menciona, pero de pronto aparece el papanatas del príncipe y ella se enamora perdidamente y ella entonces decide dar su voz para ver si acaso él también quiere estar con ella. 

Me parece que es un caso similar al de Cenicienta, que lo que quiere es que la dejen de maltratar de una vez por todas y salir de la casa donde la tienen limpiando y atendiendo los caprichos de las hermanastras y la madrastra, que, claro, son malas y la odian y lo que quieren es casarse con el príncipe. Lo mismo pasa con Blancanieves y Aurora de La Bella Durmiente, son mujeres que están en situaciones de aislamiento y/o violencia y al final no se les da su libertad, se les da un marido.

Cuando éramos pequeñas, en casa de mi abuela nos proyectaban una cinta muy viejita que no he logrado localizar en Internet, pero era una cinta a blanco y negro y muda. Era la continuación de La Cenicienta y en esa película muy breve nos contaban qué pasaba con ella. Las escenas mostraban a una Cenicienta cansada y harta, limpiando y cuidando al príncipe, que, por supuesto, es un machito que espera que ella haga todo por él. Yo me quedé mucho con esas imágenes. Detrás del «felices para siempre» estaba Cenicienta corriendo para todos lados para hacer todas las mismas labores que hacía antes de casarse. Al final creo que dejaba al príncipe, pero no recuerdo cómo terminaba la cinta. 

Cuando alguna niña en mi familia me pide que le cuente un cuento, usualmente lo que hago es cambiar el final. En Cenicienta, por ejemplo, las hermanastras se dan cuenta del daño que le hicieron y se disculpan con ella, buscan cómo ser buenas y se van juntas al bosque a una fiesta organizada por otras princesas. En Caperucita Roja, ella siempre se da cuenta que el lobo es un lobo, porque es evidente que es un lobo, entonces ella logra engañarlo para liberar a su abuela y después matar al lobo. Blancanieves se defiende de la bruja y le hace ver que ninguna mujer es más bella que otra y que la belleza da igual. 

En fin, siento una necesidad de cambiar esas historias porque contienen mensajes poderosos. ¿Por qué nos cuentan los deseos de Ariel, si en realidad nunca los cumple? En la segunda película (horrible, por cierto), nos enteramos que Ariel separa a su hija de su familia del mar y que la niña de hecho no sabe nada de sus tías ni de su madre. Ah, y no sale del castillo. Al final hay una reconciliación con su pasado y tal, pero no tiene sentido alguno. Sí, ella también deseó piernas y pies, pero para poder caminar y explorar un mundo desconocido, no para caminar hacia un señor. 

¿Cómo modificamos estas narrativas? Es más, ¿por qué no escribimos nuestros propios cuentos? ¿Por qué no escribimos de niñas y mujeres que se aman entre ellas? ¿Por qué no escribimos de madres y abuelas valientes que tienen grandes aventuras con sus hijas? 

Yo debo aceptar que mucho tiempo sí esperaba un príncipe azul, hasta que me di cuenta de que no existen y que no necesito que me salven y que mis sueños jamás estarán a la venta ni son intercambiables por un cautiverio como es el del amor romántico. Cuando pienso en Ariel y las otras princesas  tengo muchas ganas de decirles: «Ven, chica, vamos a platicar, que ningún tipo vale tu voz ni tu libertad».  

Imagen tomada de Pinterest

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