Literatura

Árbola que me vio crecer

Por Anadelina*

Hoy estoy menstruando como cuando comenzó este curso[1]. Siento mucho dolor, creo que nunca había sentido tanto como lo siento ahora y, por primera vez, quiero que mi sangre fluya. Ya no siento la necesidad de esconderla, de no mancharme, de que no huela. Quiero mostrarla, fotografiarla, sentir cómo se me escurre por las piernas, sentirla hasta en los brazos, manchar el suelo, mi ropa. Quiero tener los calzones manchados y usar falda, que todas, sobre todo, que todos sepan que estoy menstruando y que lo disfruto. Siento una necesidad inmensa de provocar, de morder, de gritarles.

Quisiera poder decir que ya no me importan ellos, que lo que más quiero es enfocarme en ellas, en nosotras. Definitivamente también quiero eso. Quiero estar con ellas, embarrarme con ellas, tomarme fotos con ellas, besarlas a ellas, escucharlas, escucharnos, querernos infinitamente. Pero también quiero, siento la necesidad, de pelear con ellos. Tengo presente que eso no ayudará en nada, ni siquiera me hará sentir mejor a mí. Probablemente solo me enojaré más, me sentiré aun más vulnerable como ha pasado antes, como siempre pasa. No siempre, no cuando estoy acompañada de mis amoras. La verdad es que juntas sí lo podemos todo, juntas somos las más poderosas, lo tengo claro.

Quiero esa energía para construir con ellas, pero tengo que aceptarlo, también quiero pelear con ellas. Reconocer y decirles que me tienen harta, que ya no soporto que hablen de sus hombres, que me enferma cuando hablan de cosas que solo nos oprimen como si fueran la liberación total. Quiero decirle a María que qué tontería es esa de que ser heterosexual «no se elige». Quiero hacerle ver de la forma menos paciente a Clara que ese güey que le cae bien de la clase es un gay asqueroso y misógino. Quiero responderle con mis violencias crudas a mi compañera de clase que jura que su educación fue «andrógina» y que le agradece muchísimo a su papi por eso. Quiero gritarle a Myrna que me tiene harta con la cantaleta de que deje de priorizar a los hombres, incluido mi papá, cuando ella es la que trae a un amigo a nuestros espacios, incluso a nuestras intentas de espacia. Y sé que ella quiere gritarme a mí por darle el lugar que le doy a mi papá. Y yo sé que también quiero gritarme a mí por eso y por mucho más.

Quiero hacerlo, quiero que corra sangre, no quiero sostener nada, quiero que fluya mi sentimiento, mancharme de él, fotografiarlo. Siento una necesidad enorme de desbordarme, de no dejar nada. No quiero ser paciente con nadie, menos conmigo. Me siento infinitamente rabiosa con todas. Y por supuesto que con todos también. Pero ya ni siquiera me dan ganas de escribir sobre ellos y las cosas que me han hecho. Ya sé que son mierda, qué más hay ahí que eso.

No estoy segura de que eso sea bueno o malo, quizá no es ninguna de las dos. ¿No quiero escribir de los hombres y sus violencias porque los amo o porque los odio? ¿Me enojo con mis compañeras y amoras porque las amo o porque las odio?, ¿es mi misoginia no querer ser paciente, estar harta de que no capten el pedo? Ni lo capto yo. Debería calmarme, tomar un té, respirar tres veces, volver a pensar.

Con esto solo puedo recordar a Lucía, una chica de mi colectiva con la que intercambié unos comentarios de Facebook antes, mucho antes de que siquiera yo entendiera la importancia de los espacios solo para mujeres. En ese entonces yo no estaba en esa colectiva y estaba peleando con ella porque no entendía en qué momento iban a poder estar los hombres en las actividades de mujeres que se estaban organizando en la facultad. Ella no fue nada linda conmigo y solo recuerdo que comentó algo como “ya estoy cansada de explicar estas cosas, no esperes que te expliquemos nada”. Se me hizo súper fuerte y me molesté mucho con ella. Más que nada, me dio miedo. Pero entendí que había algo tan claro para ella y para otras que ni siquiera valía la pena explicarlo. Y me acuerdo de haber buscado en ese momento “¿Por qué los hombres no pueden ser feministas?” en Google. No me convenció lo que leí, ya me había convencido la determinación de ellas, y al poco tiempo (unas dos semanas después) ya entendía un poco más por qué eran necesarios los espacios solo de mujeres. Y me enamoré profundamente de ellos. Se volvieron mi cosa favorita en el mundo, hasta ahora.

Aunque la historia tuvo final feliz para mí, por lo que ahora Lucía y yo nos queremos mucho, no quiero estar en el lugar que estuvo ella. No quiero ser Lucía con nadie, aunque sé que probablemente ya lo he sido, así como fue ella conmigo. Admiro y aprecio mucho a Lucía, mucho, pero reconozco una enorme heterosexualidad en ella, no solo en todos sus novios que pareciera que el actual es incluso peor que el anterior, y el anterior es peor que el anterior y ese es peor que el anterior… sino también reconozco una enorme heterosexualidad en sus formas. Aprendí a la mala a estar en espacios de mujeres, y no descarto que gran parte de eso fue gracias a las feministas radicales de mi facultad. Quizá en otra ocasión, en otra escuela, en otro tiempo, solo me hubiera ido más con los hombres porque esas «malditas feministas son incluso peores que ellos».

Aprendí a estar en espacios de mujeres por miedo a no estar en lo que se debía estar, a no ser una chica cool y rad de mi facultad. Aprendí en la competencia de la academia. Aprendí de forma patriarcal. Como lo he aprendido todo, o casi todo. Pero no quiero eso. Por eso no puedo permitirme ser una maldita con María, con Clara, con mi compañera de clase, con Myrna. Porque si les apuesto a ellas es con todo y es de la mejor forma que pueda. Aunque a veces no pueda de la mejor forma, no puedo no poder de una forma cínica, patriarcal y heterosexual. Es solo que estoy cansada, y me noto más y más cansada, más y más desesperada, más y más rabiosa.

No siempre. Sí creo que me quiero mucho más, y cada vez más desde el tiempo de lo que pasó con Lucía hasta la fecha. Me quiero más desde que corté con mi violentador hasta la fecha. Desde que decidí que ya no quería tener sexo con hombres hasta la fecha. Desde que decidí respetar mis procesos y mi cuerpa hasta la fecha. Hoy que estoy menstruando y quiero dejarlo fluir todo, sé que me quiero más y más y más.

De hecho, me reconozco en la cotidianidad recordando cosas del pasado, de mí misma, de mis violencias, de mis parientas. Sé que si esos recuerdos vienen a mí es porque he trabajado en ellos, porque cada vez más sé identificarlos, identificarme en esas memorias y saber nombrarlas. Me siento en mayor sintonía conmiga misma. Me desespero, pero es verdad que ahora fluyo más, me conozco más. Creo que nunca me había sentido tan despierta como ahora. Fluyo y mi útera se siente feliz conmiga. La siento y quiero sentirla más.

Hace poco más de un año estuve en un árbol mágico. Fui de noche, muy noche. Toda la circunstancia fue fea, en realidad estaba con gente con la que no quiero estar más y sé que esa noche pudo haber terminado mal. Pero es verdad, estuve en un árbol mágico y me sentí mágica esa noche, profundamente maravillada y conmovida por tanta hermosura. Era un árbol gigante, gigante como nunca había visto en mi vida, frondoso, ramas y ramas de altura, de ancho, que hasta rozaban el suelo. Tenía que poner mucha atención para saber su infinidad. Lo estuve recorriendo por largo tiempo y me di cuenta de que los árboles que formaban parte del bosque atrás de él eran en realidad más y más de sus ramas. Precioso. Casa de hadas. Árbola mágica, ancestra infinitamente sabia. Constelación de estrellas en su copa. Universa. Pedí un deseo, lo que más deseaba en ese momento. Pedí crecer. Quién mejor para pedirle tal cosa, más que esa preciosa giganta. Y me lo ha cumplido. Me lo he cumplido. He crecido como nunca en estos últimos años. Durante toda mi vida. Hoy me siento conectada como nunca antes conmiga misma, con esa árbola y con las mujeres de mi vida también. Hadas preciosas, tremendas sabias, hijas de la tierra conectadas con la universa.

Lamento la catarsis de hace rato, lamento mi rabia. Pero no pido perdón porque sé que son cosas que pasan y que también es parte de crecer. Agradezco infinitamente este espacio de escritura, de introspección. Agradezco muchísimo la vida y mi crecimiento en ella. Agradezco mi útera y mi conexión con la universa que también me siente crecer, y sé que le gusta tanto como a mí. Mis ancestras me miran, sé que me sonríen de vuelta.

* Pseudónima

[1] Texto redactado al finalizar el curso Escribiendo mi vida desde el feminismo de Ímpetu Centro de Estudios A.C.

Ilustración: Adelina Lirius

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