Análisis

[Análisis]Sí, el «enemigo» también está adentro

(Algunas ideas para pensar el acoso moral en contextos feministas y espacios de mujeres)
Por Patricia Karina Vergara Sánchez

Comienzo por introducir la noción de acoso moral, llamado moobing o acoso laboral cuando sucede en los espacios de trabajo. Es medianamente conocido por la información que difunden los medios de comunicación a manera de denuncia o prevención. Más o menos sucede así:

1.- Un sujeto o varios, eligen a un compañero o compañera de trabajo y deciden hacerle daño, hostigamiento psicológico.

2.-La elección de esta víctima está generalmente relacionada con motivos discriminatorios, porque es nuevo o “diferente” en actitud, color de piel, religión, es mujer, desobedece la heterosexualidad, porque no hace las cosas o piensa como el resto, o bien, porque su eficiencia, creatividad y/o habilidades hacen sentir amenazados al resto. Parece ser que, ante esta diferencia, deciden “castigar” a quien altera, sin saberlo, el orden de las cosas.

3.- La violencia en estos contextos es muy difícil de demostrar. Muchas veces es sutil y otras veces no tiene testigos y, si los hay, no van a hablar para no correr el peligro de padecer el mismo daño o de ser despedidos.

Más aún, muchos se suman y forman una “banda” o cofradía que actúa la violencia.

Los acosadores utilizan actitudes paradójicas, mentiras, sarcasmo, burla, desprecio, robo o dificultan el acceso a herramientas de trabajo, se atribuyen trabajos que en realidad hizo la víctima, gaslighting e, incluso, actos físicos de intimidación.

4.- El objetivo del acoso moral-laboral es anular a la persona señalada. Ya sea lograr su despido o renuncia o acabarlo psíquicamente.

Mediante un proceso de acoso moral, o de maltrato psicológico, un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro. El ensañamiento puede conducir incluso a un verdadero asesinato psíquico, que la persona no pueda reponerse de esas heridas emocionales.

5.- Si quien vivió el acoso sobrevive, tiene que enfrentar serias secuelas emocionales.

6.- Una vez anulado el sujeto del acoso, los acosadores, suelen encontrar otra víctima a quien dirigir sus ataques, por lo que van dejando un camino de daños emocionales.

Una forma similar de acoso sucede en organizaciones y movimientos sociales, pero su impacto es todavía más tremendo porque no hay forma de renunciar o recibir un despido en ambientes en donde la participación es voluntaria. En estos contextos, no sólo se aniquila por completo a la persona acosada para que tenga que marcharse, se le difama de tal manera que su palabra y aportes no tengan legitimidad alguna, es decir, se le asesina moral y simbólicamente.

El impacto en la salud emocional en quien padece el acoso es de dimensiones difícilmente cuantificables, si tenemos en cuenta que quien participa en movimientos sociales es comúnmente quien simpatiza con ideologías o propuestas utópicas, de mejoramiento social, y encontrarse con que el entorno en donde suponía pertenencia le hostiliza, deja a la víctima en un desamparo ideológico y de sentido de existencia.

El tema es urgente. Hoy estuve buscando información sobre moobing en organizaciones políticas. Esperaba, con un poco de suerte, también, poder encontrar algo sobre el acoso moral en el feminismo, pero no logré localizar material al respecto. Importante tema de investigación para la psicología social. Como, desgraciadamente, no logré mucha documentación específica, me vi obligada a escribir este artículo. Estoy haciendo un ejercicio de poner en la mesa otra de tantas cosas que se saben, pero se callan.

Primero, lo evidente: el acoso moral en los movimientos y organizaciones sociales y políticas tiene similitudes con el acoso laboral. También hay un acosador o grupo de acosadores que eligen a una víctima o a un grupo de víctimas para denostar sus proyectos, para entorpecerles, apropiarse de sus iniciativas y para difamarles.

El objetivo es el mismo que el señalado arriba, la desestabilización emocional, la anulación, la deslegitimación o robo de sus aportes y la aniquilación.

Este objetivo se logra comúnmente. De hecho, hay una serie de “muertes políticas” de las que difícilmente se habla, pero existen.

Si no se alcanzan a ver, invito a pensar en esa mujer que era muy propositiva y participativa en determinado espacio, que, tras una o varias andanadas de ataque a su personalidad, de pronto, se declara desinteresada por la política y se aleja. No se va a otro espacio, se pierde para siempre de la participación. Incluso, cuando se le pregunta sobre ello, se altera, se llega a sentir amenazada, aun cuando han pasado años.

Me parece que ahí se pueden ir delineando síntomas y signos del postrauma, de las secuelas que dejan estas vivencias.

¿Cuántas muertas y muertos políticos deja el acoso moral en estos ámbitos? ¿Cuánta salud mental trastocada en personas cuya intención era participar en construir un mundo mejor, más justo?

En el feminismo, tenemos tremendos casos de acosadoras morales y de muertas políticas. A algunas mujeres he acompañado en llorar sus heridas y hay otras de quienes sé, vienen de décadas atrás y aún tienen heridas que duelen. De hecho, las heridas del acoso moral vivido en la generación anterior son algunas de las razones irreconciliables por las que el feminismo actual está fragmentado.

No sólo en el feminismo pasa. En el movimiento sindical, en el magisterial, en el campesino, en el antirracista, en la mexicayolotl… Sé de un caso que terminó en exilio de un continente a otro, debe haber muchos casos, entre los cristianos. Señalo esto, antes de que comiencen los ojos miserables a opinar: “ya ven como las mujeres, ya ven cómo las feministas…”

Yo me ocuparé aquí, principalmente, de ejemplos en espacios feministas, porque son los que conozco más cercanamente, pero afirmo que es una constante en distintos ámbitos.

Entonces, digo en forma explícita que escribo ejemplos de lo que sucede en el feminismo, pero aplican para distintos movimientos y organizaciones.

Las motivaciones de este tipo de acoso moral son complejas.

*El primero, el más evidente pero que un cierto temor generalizado impide señalar:

Hay mujeres y hombres agentes del Estado y de distintos intereses económicos (proxenetas, industrias farmacéuticas, bloques internacionales y otros), cuya función es crearse personajes “feministas” que se posicionan mediante estrategias de marketing para crear corrientes de opinión, de acuerdo con los intereses que al Estado y ciertas empresas convienen.

En un año, y con difusión en algunos medios de comunicación y apoyo de dos o tres personas que hacen el mismo trabajo, se crea un o una “influencer” con objetivos específicos de conducción de masas.

Estas mismas mujeres (y hombres), entre sus tareas, tienen el ocuparse de señalar a quién hay que denostar y a quien hay que silenciar porque no convienen a los intereses de sus amos. Lanzan acusaciones, señalamientos, como si lanzaran una roca colina abajo y sus seguidoras harán la avalancha necesaria para terminar simbólicamente con la mujer señalada (siempre una mujer).

*Un segundo motivo, está íntimamente relacionado con la envidia y la misoginia, con la enseñanza de competencia entre mujeres que no hemos logrado desterrar.

¿Qué hace o que tiene aquella que es objeto de acoso que la acosadora no logra o no tiene? ¿Qué de lo que hace o de lo que dice hace sentir en amenaza a la acosadora? ¿Qué emociones o heridas de su propia historia de vida le detonan a la acosadora, los logros, las ideas o las propuestas de aquella a quien va a señalar?

La acosadora quiere ser lo que la acosada es, quiere tener lo que ella tiene o destruirlo, si no puede apropiárselo. Ante tanta carga emocional, la acosadora o acosadoras también lanzan sus rocas:

Plagian los textos, ideas o proyectos, mienten, difaman, tuercen, rompen… De pronto, quien había creado algo se encuentra en el despojo o en la ruptura de lo que ha creado, con el beneplácito o los ojos ciegos del entorno, con la desmemoria muy útil de quienes fingen no recordar que esa idea ya la habían leído o que ese proyecto ya lo había propuesto otra mujer a quien ahora se le niega reconocimiento. Tal como ocurre en el acoso laboral con la atribución a otros del trabajo realizado.

*Otras expertas en realizar acoso moral, son las personas violentadoras que temen ser denunciadas y “denuncian primero” o personas que ya han sido denunciadas por su violencia y tratan de desquitarse, poniendo simbólicamente a otras en el mismo nivel.

*También, acosan moralmente opositores y opositoras políticas o quiénes han tenido desacuerdos previos con la mujer acosada.

*Acosa, igualmente, aquella o aquél que se ha sentido cuestionada o rechazada por una persona o espacio y, en lugar de trabajar su propia herida del rechazo, persigue a quien o quienes no la aceptaron como un castigo o venganza.

La forma del acoso moral, básicamente, se trata de “toda conducta abusiva consciente y premeditada que atenta, por su repetición o sistematización, contra la dignidad o la integridad psíquica o física de una persona” (Edreira, 2003:133).

Sin embargo, el hostigamiento psicológico ha evolucionado en el tiempo. Tengo datos y memorias de que, en la década de los ochentas, por ejemplo, aquellas que sí recibían sueldos institucionales acusaban de enriquecerse a costa del movimiento a las que se movían desde la autonomía. Sin embargo, el paso del tiempo y la falta visible de esa riqueza de la que “acusaban” dejó de ser herramienta de descrédito.

Luego, usaron el prejuicio respecto a los padecimientos de la salud mental para tratar de ensuciar el aporte de otras mujeres. Por ejemplo, todavía, a mí me tocó que cuando conocí a una de mis maestras feministas de vida, una mujer adulta mayor, alguien que me vio cerca de ella, acudió a contarme, como se cuentan estos chismes –en voz baja- que tuviera cuidado, que mi maestra había estado en tratamiento psiquiátrico. Luego, escuché ese mensaje muchas veces más, que había sido paciente psiquiátrica, ¡qué escándalo!

Querían decir que ella estaba loca y que, por lo tanto, que todo lo que escuchara de ella, tendría que escucharlo como una locura. Así, personas malintencionadas, trataron de anular las enseñanzas de una mujer sabia.

Sin embargo, conforme pasan las décadas, el sistema se vuelve más perverso. Las nuevas calumnias, los nuevos silenciamientos son más sanguinarios. La primer “carnicería” que recuerdo haber visto, fue hace unos ocho o nueve años, cuando una abogada que ayudaba a mujeres prostituidas a salir de la prostitución fue acusada por una organización proxeneta, ante la ley, de proxenetismo. Ella tuvo una terrible situación de persecución legal y social y vi como muy pocas personas, de muchas que conocían su trabajo, se atrevieron a decir una sola palabra a favor de ella.

Perder el valioso trabajo de esa compañera es una forma de muerte política. Mientras, hoy, esa organización proxeneta gana aplausos y apoyo, incluso, de muchas de las que probablemente me lean.

En años más recientes, he visto cómo se acusa de pornografía infantil a las organizadoras de marchas; como el que realmente es “oreja” del gobierno acusa de “oreja” a otra y termina por desaparecerla del hacer político; como se acusa de pedofilia a varias feministas, con énfasis en las lesbianas; cómo a buscadoras de desaparecidas y a las que rescatan a víctimas de trata se las acusa de ser tratantes; como señalan a madres de víctimas de feminicidios de ser “pagadas por gobernación”; llaman violentadoras a las que se dedican a acompañar denuncias de violentadoras y violentadores; acusan de tráfico de influencias a quien acompaña denuncias de violadores; dicen que se conducen “como hombres”, que son mentirosas o violentas aquellas que señalan fraudes…

Es un truco sádico. A partir del momento de la difamación, el efecto es similar a lo que ocurriría si lanzaran un ácido que deformara el rostro de una mujer permanentemente. Nunca será vista por ajenas o ajenos como era vista antes del ataque.

La intención de deformar ese rostro simbólico es poner a esa mujer en el mismo nivel que aquello que denuncia: cada vez que se atreve a decir: “esto no está bien”, un rumor soterrado comienza a correr de inmediato distorsionando sus palabras: “pero si ella es igual, ella es violenta, tratante, pedófila, pornógrafa, estafadora” …

Es como si estuviera en una pesadilla permanente en donde, cada vez que esa mujer habla, actúa o escriba –incluyendo si realiza peticiones de ayuda-, lo que sale de ella es convertido en otra cosa, repugnante, deformada y amplificada.

Es un daño irreparable.

El acoso moral es inasible, difícilmente demostrable, pareciera que “coincidentemente”, distintas personas comenzaron a murmurar un nombre, a señalar hechos que no son demostrables, pero que sirven para enturbiar lo suficiente. Sobre todas las cosas, sirven para desmoralizar y desequilibrar psíquicamente a quien lo padece.

A un acosador o una acosadora en estos contextos, rápidamente se sumarán las enemistades políticas, las personas con las que se hayan tenido desacuerdos, personas con envidias varias, personas que se han sentido rechazadas por alguna razón y muchas personas bienintencionadas que, sin comprender del todo, se suman al rechazo, al señalamiento, a las voces de pasillo, a los rumores en voz baja que, finalmente, irán haciendo el vacío, el reproche, la negación a quien se acosa. El efecto de “avalancha” convierte el primer señalamiento malintencionado en una ola de desprecio colectivo a quien padece el acoso moral.

Hace unos cinco años vi un ejemplo de cómo ocurre este fenómeno. Fue durante un encuentro de lesbianas en Chiapas. En una asamblea plenaria con unas 100 mujeres presentes. Una mujer, a quien hasta ese momento yo admiraba, dijo sobre otra, que no estaba en ese evento, una información que no sólo era inexacta, que era sacada de contexto y que, además, dejaba en ridículo a esa otra.

En ese mismo momento, cuando vio mi rostro de desaprobación, antes de que yo respondiera, se dirigió a la mujer que también tiene una enemistad política con la ausente:

“¿Verdad que pasó cómo yo digo, ¿verdad que estabas ahí?”

La mujer interpelada, afirmó que sí, que había estado ahí y que era tal como exponían ridículamente a la ausente. Cuando la segunda terminó de hablar, muchas otras, que no estaban en el momento referido, comenzaron a asentir con sus cabezas, ¡cómo si también lo hubieran visto!

Yo sabía que era una manipulación todo eso, pero me sentí amedrentada y no confronté en ese momento como hubiera debido. Toda la asamblea se quedó con esa idea y, tiempo después, encontré personas que no estuvieron en esa asamblea, pero repetían lo dicho, como si hubieran estado en el evento originario.

Necesito aclarar que no es sólo que la mentira y la manipulación se conviertan en rumor, es que los rumores y acusaciones se utilizan para sembrar acciones. A partir de caracterizar a una persona como ridícula, poco fiable, delincuente, violenta o poco capaz, entonces, se le puede negar acceso a informaciones y a espacios, se le puede despojar con total descaro de sus ideas y creaciones, se le pueden acusar de todo aquello concebible e inconcebible, sabiendo que, si ya se le dio un primer golpe sin consecuencias, se lograrán otros impunemente. En resumen: se le deshumaniza, se le niega la condición de humana y, a un ser infrahumano, se le puede hacer lo que sea. Cualquier tipo de descrédito o de maltrato puede cometerse y no habrá quien considere inadecuado ese maltrato.

Entonces, aquella que ha recibido el trato deshumanizante, degradada de su condición de humana, silenciada por la deformación en sus palabras y despojada de sus propios aportes, no tiene de otra más que marcharse para salvar su psique, sus autopercepciones y su noción de la realidad.

Hay quienes pasan años mirando hacia aquel momento e intentando explicarse y explicar a otras personas lo que sucedió. Desgraciadamente, es muy difícil hacer entender a quien no estuvo en esos entornos y es muy difícil poder seguir los hilos de una trama que una misma nunca tejió.

 

Una respuesta lesbofeminista

Ahora hablaré en primera persona, porque lo personal es político:

He padecido acoso moral. No sé describir si lo he padecido varias veces o se trata del mismo acoso sólo que se replica y magnifica por las personas que son secuaces de la primera persona que acosó y aquello se convirtió en una avalancha cuyo fin es difícil de determinar. Tal vez no termine nunca.

Hace ocho años fui violada. Me tardé más de un año en poder nombrar lo que me sucedió y mucho más en comenzar a hablarlo en entornos que yo creía íntimos. Fui de las primeras que comenzó a decir que es necesario reconocer y abordar la violencia sexual de mujeres. Si hoy es algo que sigue siendo silenciado por la comunidad lésbica y usando para discursos lesbofóbicos por la comunidad hetero, en ese momento, era muchísimo mucho más. Yo no denuncié a nadie, no estaba lista, pero el rumor salió del grupo donde se hablaría con “ética”. Por supuesto, la violentadora lo negó, con los mismos argumentos que cualquier hombre usa. La señalada y castigada por hablar de lo que nadie debe de hablar, fui yo.

Comenzó con una serie de violencias que viví en persona y que venían de personas en quienes confiaba. Eso me desestabilizó. Luego, esas personas, encantadoras y con discursos encantadores para el mundo, comenzaron a correr rumores sobre mí. Al poco tiempo, yo no entendía muchas actitudes de las personas que me rodeaban y comenzaba a desconfiar de las personas en general, con lo que comencé a parecer, realmente, la loca de la historia.

Me sentía confundida porque ni siquiera sabía que estaba sucediendo en realidad. Sólo alcanzaba a percibir que algo había cambiado en el ambiente y que todo lo que yo hacía o decía se leía de una forma manipulada, pero ni siquiera entendía bien por quién, porque mis acosadoras seguían sonriéndome y afirmando que me estimaban.

Personas en quienes confiaba, feministas, actuaron como nunca imaginé. Mintieron descaradamente, engañaron, crearon perfiles falsos para poder ofender mejor, manipularon, se burlaron.

Hubo acoso por las redes y correos electrónicos ofensivos, pero, lo peor para mí fue cuando me fui dando cuenta de silencios, de puertas cerradas, de personas que tenían miedo de que se les viera cerca de mí porque temían disgustar o incomodar a mis detractoras.

No entendía yo absolutamente nada, venía hace tiempo construyendo en una especie de utopía feminista e imaginaba una ética mínima en respuesta, pero eso no pasó.

Me sentí dolida, confusa, sin ninguna certeza.

Hasta que alguien me hizo llegar a las manos un libro llamado: “acoso moral”.

Honestamente el libro no me llamó la atención y cuando lo empecé a leer no me hacía sentido porque hablaba del “perverso” que genera el acoso y yo no identificaba a esas feministas como “el perverso”. Así que lo dejé por ahí.

Por supuesto, el acoso se intensificó y crecía y crecía porque yo, en el dolor y en el miedo, actuaba muy desacertadamente. Es decir, me acusaban de loca controladora y yo me la pasaba alejándome de las personas que no me hacían sentir a salvo. Entonces, mis acciones confirmaban que estaba loca y era controladora. Aun cuando yo actuaba así por miedo a recibir más daño y porque mis acosadoras buscaban cada vez cerrar más fuertemente el circulo en torno a mí.

Fue un periodo difícil. Pensé en desaparecer de cualquier proyecto organizativo. Lloraba de rabia por la impunidad de las agresoras. Lloraba de rabia por todas las personas a mi alrededor que decían quererme, pero no se movían, no sacudían, no confrontaban a quienes me hacían daño. Lloraba de rabia, también, por quienes venían a decir que estaban conmigo, pero lo decían en privado. Lo peor de todo, es que ni siquiera tenía un por qué. No entendía cuál era el gesto o el momento real que había desatado todo eso. Muchas veces me pregunté si no sería yo la que estaba equivocada, si realmente era un ser tan horrible que merecía tanta violencia y persecución.

Sólo quienes han pasado por una experiencia así pueden ver cuando le está pasando a otras, así que, un día, una segunda hada madrina me mandó una liga para un grupo de sobrevivientes de acoso moral.

Eso sí ya tuvo sentido. Mi cabeza no lograba relacionar a grandes filosofas feministas con el papel de un agresor, pero si me reconocí yo en los discursos de las sobrevivientes. Sobrevivientes a acoso moral laboral, escolar, familiar, de pareja…

Me di cuenta que mucho de lo que vivían y sentían se parecía a lo que yo había vivido y sentido.

Ahí aprendí algunas cosas:

  • Quienes acosan moralmente pueden ser personas con talento, encanto, don de convencimiento y por ello es muy difícil detectarles y una confía en ellas (si no, no podrían hacer toda su maldad)
  • Una se pregunta mil veces el por qué lo hacen, si es por envidia, resentimiento, si es porque lo provocamos de alguna manera… pero sólo hay una razón real: lo hacen porque les da placer.

(Eso nos pone en una gran desventaja porque mientras lloramos, mientras nuestras cuerpas tiemblan, mientras pasamos horas tratando de reponernos o de responder a lo que han hecho y dicho, estas personas celebran y bailan porque nuestra reacción es justo lo que buscaban)

  • No importa si demostramos con datos duros, con pruebas legales, con grabaciones… Son muy hábiles para dar la vuelta a lo demostrado.

Todo esto apunta a lo que es el objetivo del acoso moral:

Debilitarte para que puedan anularte, apagarte, desmentir todo aquello que hayas dicho. Acabar de mil formas contigo.

Es un plan perfecto, porque si alguien te mata o te lesiona, pues hay huella de la injusticia, pero si te convierte en la loca o en la detestable, entonces, todo lo que una ha dicho o hecho queda desprestigiado. Una forma perfecta de anular sin dejar huellas y la victima queda, a cada paso de este proceso, más sumida en la rabia y en la impotencia.

En los grupos de sobrevivientes he conocido gente que ha tenido que abandonar sus países, sus casas, sus negocios, sus estudios o proyectos de vida porque los agresores buscan despojarnos o apropiarse de lo que una ha construido, de lo que una más ama o llevarle a la renuncia de ser quien era.

Las personas expertas en acoso recomiendan dos cosas:

Contacto cero y no enganche, que quiere decir irse del trabajo o del lugar en donde se vive la agresión y no volver a responder ni para bien ni para mal a quien acosa porque si se responde para aclarar se hace un “enganche”, es decir, mientras más se trata de aclarar la verdad se le da más herramientas y vida a quien acosa y se desgasta una más en ese proceso (hay que recordar que la inversión energética y emocional la hacemos nosotras y las agresoras se divierten con ello)

Pasé 3 años encerrada a causa del estrés postraumático por la violación y por la revictimización y, mientras tanto, estas personas haciéndose cada vez más populares y encantadoras. Me costó mucho salir de ello, de la angustia en el cuerpo, de la hipervigilancia, del despertarme en la noche asustada, del terror antes de abrir un correo electrónico o del vació en el estómago cuando cualquiera te llama y dice: “quiero contarte algo” y una ya se está imaginando, ¿qué nueva forma de hacer daño han logrado?

Luego, aprendí:

-A asistir sólo a lugares seguros donde no dejan entrar a las violentadoras.

-Aprendí que la gente que salió corriendo, guardó silencio o se negó a “tomar partido” cuando todo estaba mal, al paso del tiempo, cuando la ve a una sobreviviente y fuerte, regresa con una sonrisa y un: “siempre creí en ti”.

-Hay gente muy cercana que no actúa como nosotras quisiéramos en el momento más difícil, pero aun así se queda cerca. Hasta muy, muy recientemente una de esas personas me hizo darme cuenta de que no actuaron porque se paralizaron de miedo y porque la violencia vivida por una también les toca a ellas y están tan heridas como nosotras, sólo que cuando somos la “victima directa” no lo vemos, no vemos que hay otras víctimas secundarias doliéndose por lo que nos pasa, están a nuestro lado y hasta nos enojamos porque no saben cómo responder, pero, ante esa violencia, nadie sabe cómo.

– Varias veces, las acosadoras han tratado de volverme a meter en su dinámica. Debo enorgullecerme porque al, parecer, soy suculenta presa ya que no se cansan y vuelven a mentir, a difamar o a manipular sobre mi o a pretender “seducir” a la gente que se me acerca. Está bien, ensucian algo, no sé bien qué. Vuelven a hacer el daño como saben hacerlo. Pero lo hacen sobre la imagen que pretenden de mí, porque a mí no pueden tocarme. Emocionalmente ya les soy inalcanzable.

-Respecto a quienes estimo, la gente que me sabe, aquí se queda. La que no, pues que se vaya, no se le necesita cerca a quien se presta a la maldad en ese tono. Hasta resulta beneficioso para mí el trabajo de “limpieza” que hacen.

En fin, el año pasado se levantó una nueva ola de acoso moral en mi contra.

Debido a la experiencia que acabo de narrar, escribí un cuadernillo sobre la violencia de lesbianas y la respuesta del entorno. En un intento por proteger a la comunidad lésbica de la lesbofobia para la que un texto así podría ser usado, lo traté de circular sólo entre lesbianas a quienes les fuera de utilidad. Eso exacerbó la curiosidad de algunas heterosexuales y la preocupación de quienes sabían de qué tema hablaría, así que tuvo una difusión y consecuencias que no me imaginaba.

Una mujer que conocí cuando tenía 25 años y que fue extremadamente violenta y celópata, comenzó a escribir a mis amigas y a los medios donde yo publicaba tratando de difamarme. Yo respondí a quienes me preguntaban que ella dijera lo que quisiera, que no le iba a responder porque no quería contacto con ella. Tardé meses en entender que esa aparición tenía relación con el cuadernillo, que hacía quién sabe cuánto tiempo esa persona me vigilaba, sabía lo que yo hacía y creía que el libro de violencia de lesbianas hablaba de ella. No sé si le habrá aliviado o decepcionado que, en realidad, el libro no era sobre ella, hacía mucho yo había sanado su presencia en mi vida.

De hecho, el cuadernillo no nombra personas, porque me interesa más politizar, pensar la experiencia en común para las mujeres que estar señalando a personas concretas y sus bajezas.

En fin, su enojo tocó fondo el día en que anuncié que se haría una segunda edición de mi poemario. En un par de horas, había en redes una “denuncia” en donde esa mujer, a quien no he visto en casi dos décadas, me acusaba de cosas terribles. Esa relación monógama terminó porque ella se había involucrado con otra mujer mientras yo estaba enferma. Se involucró con una mujer 20 años menor que ella y, sin embargo, como en una especie de juego perverso de espejos, me acusaba a mí de haberme involucrado con una mujer menor. Decía que yo, como maestra, me había relacionado sexualmente con una alumna de la que ella tenía celos, cosa que no sólo no era cierta si no que esa mujer acosadora hacía una manipulación del tiempo, para que pareciera que habíamos roto una relación recientemente y que yo, una mujer madura, me había relacionado con una joven menor de edad. Y, así, otras cosas desagradables que desmintieron de inmediato quienes estuvieron en aquella época y que podría desmentir yo también con fechas y lugares, pero que no vale la pena porque ya sé cómo actúan este tipo de seres.

Hace dos décadas, así era la estrategia de esa mujer para entrar en contacto conmigo: dar versiones distorsionadas de las cosas y presionar, presionar hasta que yo aceptaba encontrarme con ella por cansancio y para “aclarar las cosas”. El tema es que crecí, ya no soy la joven de entonces y no voy a caer en la trampa. Pedí a toda mi gente cercana que no me informara de las acciones ni dichos de esta persona para que no pudiera tocarme emocionalmente y que dejaran que expresara lo que ella quisiera, que, finalmente, estaba en su derecho de contar lo que quisiera contar y que, a quienes les hiciera sentido, estaban en su derecho de posicionarse.

Varias veces y en varios sitios ha insistido en hacer su “denuncia”. Supongo que piensa que en algún momento me sentiré tan presionada que la buscaré, pero eso no pasará. Aún así, Alice-Alison, mi alumna de aquella época, ha publicado en sus redes, yo he publicado en las mías, hemos publicado una foto juntas –ya que ahora somos amigas y adultas–, desmintiendo, pero, pues, la intención del daño logró su cometido, creó una de esas avalanchas de acoso:

1.-Mis perseguidoras políticas.

2.- La lesbofobia hace lo suyo: “¿ves cómo todas las lesbianas son malas-perversas?”

3.- Mujeres que se alimentaron del lesbofeminismo, pero a quienes algunas lesbofeministas rechazamos por sus prácticas o modos de tratar a las personas, y que llevan un par de años plagiándonos y diciendo que son una cosa distinta el lesbofeminismo, pero tomando y mal digiriendo lo que hemos creado, intentando despojarnos, por supuesto, que se sumaron a la violentadora en tres segundos.

Entonces, es un cóctel muy interesante: Una mujer violenta y celópata, las violentadoras del acoso anterior, algunas mujeres respirando por la herida del rechazo político, detractoras políticas encantadas de participar, aquellas violentadoras a cuyas víctimas he acompañado y europeas colonizadoras a quienes he llamado colonizadoras. Tremendo caldo de cultivo, aderezado con la lesbofobia generalizada. Todas esas tienen algo que decir sobre mí. El acoso moral resultante actúa a casi cada paso que doy. Taller, evento o artículo que llevo a cabo es devorado de muchas formas, ya sea en la descalificación, en la mentira o en la apropiación-plagio.

A todo esto, se suman a la avalancha del acoso moral, quienes no saben, no estuvieron, no vieron, pero actúan como si así hubiera sido para agradar o encajar en esos círculos sociales, volviéndose así alegres cómplices del acoso.

Parecería que el peso es abrumador, sumado a que también acosan con acusaciones muy similares a otras aliadas mías y sumado a que las lesbofeministas somos algunas de las más odiadas de la radicalidad feminista porque, bueno, porque tenemos posturas que incomodan a mucha gente.

Como la gran parte de los espacios del feminismo están tomados por acosadoras, debería desconectarme de ese mundillo de injurias, de odios y de personas muy, muy, pero muy malvadas. Por supuesto, lo he imaginado.

Sin embargo, malas noticias: no lo haré.

No lo haré porque hay demasiadas víctimas de acoso moral teniendo que irse, teniendo que renunciar y porque absolutamente todos los materiales sobre este tema dicen que lo mejor es alejarse y que si no puede alejarse una, que entonces hay que fingir ser una “piedra gris” que no tiene nada interesante que las personas malvadas puedan desear para, así, contener el acoso. Es lo que ahora hay respecto al tema, pero a mí me resulta insuficiente.

Entonces, pienso que el feminismo y el lesbofeminismo no son un empleo, ni una casa, ni una pareja. Estamos hablando de un lugar sin precisión física, pero que se da en contextos donde algunas de las personas que sueñan con mundos mejores y más justos se encuentran y se organizan.

Es en el feminismo y lesbofeminismo donde las mujeres nos encontramos para deshacer el mundo contaminado por el patriarcado y poder retejerlo de nuevo.

Por lo tanto, no voy a irme a causa del acoso, aunque sea tan doloroso y tan abrumador.

Así, mujeres, mi propuesta lesbofeminista, concretamente dentro de lo que sucede en los movimientos sociales, es que voy a desoír las técnicas que invitan a ser una piedra gris, a la moderación o al silencio.

A las prietas, a las mujeres, a las lesbianas ya nos han silenciado demasiados años.

Pueden seguir las injurias y habrá hordas que las crean. Pero, por desgracia para mis acosadoras, tengo 500 años de silencios acumulados en el pecho y, más peso que el horror que pretenden sembrar en mí y en la lección que pretenden dar destrozándome para destrozar sobre otras, es la necesidad de no callar más los temas que “nadie toca”.  

Esta es mi apuesta porque el “enemigo”, el patriarcado, no está afuera solamente, está adentro de las organizaciones y, también, dentro de psiques y se convierte en prácticas como el acoso moral.

Entonces, es necesario ser tan ruidosas, tan escandalosas, decir lo que nadie está diciendo, que los y las acosadoras morales aprendan que se terminó su era de maldad y de amedrentamiento. Respecto a mí, mis acosadoras tendrán que enterarse de algunas cosas:

1.- Llegaron tarde, ya me pasó antes y ya sé que a estas cosas se sobrevive. No seré una muerta política.

2.- Sé perfectamente que no todas las mujeres son buenas, ni éticas. No importa, no aspiro a organizarme con todas las mujeres ni con las grandes masas, me bastan para hacer mis batallas las cuatro gatas que han querido quedarse desde hace tanto y, ahí, los odios no alcanzan a llegar, aunque lo intenten.

3.- Sé, también, que esas personas que trabajan tanto por ser públicamente encantadoras, que se alimentan de la otra, son literalmente vampiros, parecen inmortales porque, aunque se les logre desenmascarar con mucho trabajo, la desmemoria, el servilismo, y la estupidez de muchas personas, hacen que queden impunes, que les sigan aplaudiendo y alcanzan grandes puestos, dinero y poder y desde donde llegan no se olvidan de a quien han querido chuparle la sangre y siguen tratando de depredar.

También, porque entiendo que las acosadoras, si bien son producto de este sistema, no son mis compañeras porque son quienes han elegido aliarse al sistema, aunque usen mis mismas palabras, aunque repitan mis gestos, aunque traten de fingir que son una de nosotras.

4.- Entonces, permanecer aquí, en el sitio desde donde hablo, es porque creo que todavía tengo algo que decir, porque hay muchas otras, que no son las acosadoras morales ni sus cómplices, con las que puedo ir construyendo, conociéndonos de día a día.

5.-No importa lo que me inventen, no importa lo que me roben, no importa las puertas que me cierren.

Porque no tienen puertas reales que cerrarme, porque hace tiempo que yo me construyo castillos donde hasta caben todas aquellas que necesitan refugio.

Porque, aunque me roben mil textos y los regurgiten, no cambia el hecho de que soy quien escribe esto primero; aunque traten de asesinar epistémicamente el lesbofeminismo… tengo un secreto y es que yo sí sé lo que estoy construyendo y en dónde va cada ladrillo, sé qué es eso que escribo y sé para qué lo escribo. Cómo no saben cuál es el puerto de llegada, ni tienen el instructivo ni el mapa de esa utopía, seguirán caminando y regurgitando sin encontrar la respuesta porque no saben cuál fue la pregunta de partida.

6.- Sé que, después de este documento que no dice nombres, pero que incomodará, probablemente me acusarán de cosas más terribles- No alcanzo a imaginar de qué, pero siempre superan mi imaginación-. También, sé el poder que tiene alguna de mis más asiduas perseguidoras y sospecho quiénes le pagan por ello. Así que, aviso, no pienso atacar ni matar a nadie, ni a cometer ningún delito, no voy a suicidarme ni morir pronto, no torturaré animales ni soy espía de los gringos, ni me venderé a Televisa o TV Azteca o cualquier otra cosa que pudieran decir.

Incluso, si hoy mismo yo desapareciera, lo que he hecho y escrito, ya está hecho y no pueden borrarlo de la memoria y del corazón de aquellas mujeres con las que me he compartido y con las que nos hemos sentido.

En cambio, mientras más mientan, más distorsionen y más difamen, me obligan a soñar más, a gritar más alto y hasta a construir documentos como este que dejen respuesta y testimonio histórico de quiénes somos y cómo actuamos en esta tierra en que pisamos.

7.- Ensuciarme o deformar mi rostro no va a cambiar el sonido en el viento de lo que he dicho antes. No pueden vengarse de mi rechazo con ensuciarme, porque seguiré sin recibirlas en mi entorno.

8.- Líneas arriba conté que trataron de alejarme de una de mis maestras o de deformarla ante mis ojos, “acusándola” de paciente psiquiátrica. Yo decidí que en un mundo donde las mujeres siempre somos condenadas por brujas o por locas, esa no era razón para no escucharla y ese fue mi gran acierto, porque vi como ella, a pesar de todo ese acoso moral, de todas esas descalificaciones, se mantenía en su centro, estudiando, pensando, escribiendo.

A veces, la imagino como un gran árbol que no se inclina ante los ventarrones y que, una y otra vez, sigue elevando sus brazos hacia el sol. Ahora tiene 70 años y, si bien, lograron aminorar el que habría sido su impacto, lo que no sabían es que ella se mantendría décadas más, firme como la vieja ceiba que es, digna y repitiendo sus verdades que han sido escuchadas por quienes fuimos capaces de saltar el descrédito y de atrevernos a aprender de sus reflexiones. Entonces, pues, no seré la primera, tengo ancestras.

Finalmente, quiero expresar que sé que yo estoy en condiciones de levantar muros simbólicos que dificultan el que lleguen emocionalmente a mí quienes intentan dañarme, eso me permite elegir no irme de un espacio intangible, más bien simbólico, pero de ninguna manera quiere decir que esté proponiendo a víctimas de otras formas de acoso moral que se queden en lugares en donde están en peligro físico o psíquico.

Más bien, a todas aquellas que padecen acoso moral en el feminismo o en otros movimientos sociales, en sus trabajos o en otros entornos, les quiero pedir que sean estratégicas, astutas, que se mantengan a salvo. Hay mucha maldad, una maldad tremenda habitando entre nosotras. Mucha gente vampirizando o tratando de vampirizar a otra.

Los recursos legales, organizativos, sociales, psicoterapéuticos, aún están en desarrollo y por eso parece que hay una desprotección total, pero que tengan paciencia y desarrollen su astucia porque la maldad, el odio no pueden ganar.

Un día sabremos cómo clavar la estaca a los vampiros o, soñando, hasta cómo desvampirizarles.

Ilustración: Miranda Sofroniou

Mientras tanto

Algunas cosas que aquellas que quienes me leen deben saber:

1.-Existe acoso moral en el feminismo y en otros movimientos sociales y hablar de ello no está mal, es sano. Mientras se silencie en nombre de no sé qué lealtades, sólo estamos sosteniendo el acoso en lugar de enfrentarlo.

2.-No son lo mismo las denuncias concretas sobre violencias, o la mención de un desacuerdo o enfrentamiento, que son acciones políticas y necesarias, que el ejercicio de intento de destrucción psíquica de la otra mediante ridiculizaciones, críticas al aspecto físico, deshumanizaciones llamando a la otra con palabras despectivas, plagios, rumores, difamaciones o exacerbación de clasismos, racismos y capacitismos. Ni la organización de esos ataques en grupo.

3.- No importa con qué brillantes argumentos lo justifiquen o lo acomoden, hay crueldades que están sucediendo y no podemos hacernos las ciegas ante ello.

4.- Sobre los plagios o robos de ideas, hace unos días, Nadja Alicia Milena Ramírez , una mujer que realiza una columna sobre maternidades, escribió sobre acoso moral que ella ha vivido:

“he visto como otras madres roban las empresas de sus amigas, el sustento de los hijos de sus amigas”. (2020)

Yo también lo he visto.

Empresas, ideas, iniciativas, documentos, proyectos. En una lógica muy cómoda de “nadie es dueño de una idea”, vemos cómo se despoja a quienes han trabajado, creado, construido a base de prueba y error, y nos desentendemos, sin ver que esa tolerancia nos despoja de nuestra propia genealogía de las ideas y, sobre todo, hiere emocionalmente a quien lo padece y eso significará otra muerte política pues, lentamente, dejará de participar y de crear.

4.- Absolutamente todas las mujeres que hemos vivido en el patriarcado tenemos mucho por sanar en nuestras emociones y hay quienes, a pesar de poder discursar teoría feminista, deciden encontrar satisfacción haciendo daño y no podemos fingir que no sucede.

5.- Simplificar el conflicto con aquello de “todas se pelean con todas” es invisibilizar que hay quien violenta y quien recibe agresiones. Si bien es cierto que la trama es compleja, negarse a posicionarse, termina siendo injusticia.

Entonces:

Si estás viviendo acoso moral, debes saber que nada que hayas hecho lo provocó ni estaba en tus posibilidades evitarlo. La violencia siempre es creada por quien violenta.

Quien acosa moralmente y quienes replican ese acoso no desean entendimiento, ni que les demuestres con pruebas, ni que les expliques, su objetivo emocional, o pagado, es dañarte para anularte. Por ello, no te mantengas en la inocencia o en el deseo de conciliar, no hay explicaciones posibles, ponte a salvo.

Si te difaman o mienten sobre ti, no te desgastes en demostrar o aclarar nada, apostemos al criterio del entorno y quien tenga que quedarse, se quedará cerca.

Si tienes oportunidad o condiciones para marcharte, hazlo sin vergüenza. Es como soltar una cuerda tirada para dos lados. Si tanto la quieren quienes acosan, que se la queden, lo importante es proteger tu psique y, siempre, se puede empezar de nuevo.

Mientras tanto, no te rompas por dentro, resiste, no eres la única. No es algo que te pase individuamente, aun cuando te sientas sola. Es el patriarcado adentro de muchas y de todas, de alguna forma. Sin embargo, ya estamos comenzando a hablar de esto, es un primer paso. Por lo tanto, hay que sobrevivir, no dejar que nos maten por dentro. Es sólo una de las tantas batallas que nos toca dar para poder construir esa otra cosa, que no sabemos cómo se llama, pero que va a ser y va a ser muy hermosa, con sabor a mejores tiempos y a utopías posibles.

El ácido del acoso moral que lanzan contra ti no te destrozará, te volverá mucho más fuerte, sólo resiste. El dolor pasará.

Karina Vergara Sánchez
Verano 2020

Referencias.

Edreira, M. (2003). Fenomenología del acoso moral. Anales del Seminario de Metafísica. LOGOS. PP.131-151

Hirigoyen, M. (1999). El acoso moral. España. Paidos.

Ramírez, N. (01.06.2020). Cuando la violencia viene de otras madres Criando Consciencia. Recuperado de: https://www.milenio.com/opinion/nadja-alicia-milena-ramirez-munoz/criando-consciencia/cuando-la-violencia-viene-de-otras-madres

 

Ilustración portada: Jupsin

Comments

comments

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡NO sigas este enlace o serás bloqueado en este sitio!