Análisis

Algunas palabras para mujeres que han vivido «traiciones» o «infidelidades»

Por Patricia Karina Vergara Sánchez

El fraude, el engaño y el abuso de confianza ocasionan daños profundos para quienes los reciben y, con fundamento, causan indignación tanto en quienes los padecen como en el entorno porque rompen los tejidos sociales y las posibilidades de confiar en otros seres humanos.

Se trata de situaciones en donde alguien miente, oculta o manipula una información para obtener una ventaja o una ganancia de la credulidad o de la confianza de otra persona.

Esta ventaja y esta ganancia pueden ser devastadoras para cualquier sujeto que las sufre, pero tienen implicaciones más complejas para ti porque te han mentido, ocultado o manipulado información cuando tenías depositados afecto y proyectos de vida al lado de quien te está dañando.

Esta forma de violencia ni siquiera tienen un nombre concreto. Coloquialmente se le llama “infidelidad”, “engaño,” traición”, “ruptura de acuerdos”, “los cuernos”. Sin embargo, ninguna de estas denominaciones alcanza para dar cuenta de la magnitud que este abuso de poder implica para quien lo padece.

Elijo para este documento utilizar, a modo tentativo, la designación de “traición”. Está muy en desuso, pero, me parece que pone en la mesa la dimensión ética y política de aquello que significa romper con las palabras ofrecidas a aquella persona con la que se comparte cama, casa y vida.

Me parece necesario aclarar que no me refiero a aquellas personas que tienen relaciones abiertas, propuestas poliamorosas o acuerdos diversos sobre sus relaciones. Esas situaciones ameritan otros análisis que no son de lo que me ocupo en este texto. Por si quedaba alguna duda, explicito que me estoy refiriendo a las relaciones monógamas en donde alguien manipula, miente, engaña o defrauda a la otra parte pasando por encima de los acuerdos implícitos y explícitos generados por el vínculo.

Lo primero que hay que señalar es que esta violencia te afecta en ámbitos de la integridad física, económica y psíquica.

Daño físico por padecimientos somáticos y el deterioro general del cuerpo sometido al estrés y al sufrimiento causado por la situación, sumado al riesgo cierto de infecciones de transmisión sexual. Eso, sin contar las situaciones de confrontación que pueden desencadenar en golpes u otras lesiones; daño económico/patrimonial por el desequilibrio en gastos en recursos, el costo de las separaciones, la repartición de bienes, el dinero del violentador usado como condicionante o castigo por cumplir o no cumplir sus peticiones; la estabilidad psíquica alterada por la pérdida de confianza en el resto de seres humanos, por la incertidumbre sobre el futuro o la capacidad propia de identificar la realidad y la mentira, el gaslighting (1), el estrés postraumático (2). Violencias que tienen secuelas que, generalmente, son duraderas.

La violencia de la “traición”, como otras violencias, es socialmente minimizada e, incluso, solapada. Tiene un énfasis en ser naturalizada cuando son mujeres las víctimas (3) de ésta.

Al respecto, creo que es importante tener en claro que la monogamia siempre ha sido impuesta únicamente a las mujeres, en las culturas occidentalizadas y heterosexualizadas.

Los hombres tienen permitido, legitimado y alabado tener un harem, o la “casa grande”, “la casa chica” y las que se puedan. Son las mujeres a quienes se refieren los dichos sobre que una es “la catedral” y otras son las “capillitas”. No hay, en la generalidad, un hombre que sea el marido “oficial” y se resigne a saber que la mujer tiene otras relaciones eventuales. Eso es risible de sólo pensarlo. La posibilidad de “infidelidad” o de poligamia es patrimonio de varones.

Por ello, cuando una mujer rompe el mandato de monogamia (o se cree que lo ha hecho) es severamente castigada en el mundo heterosexual. Desde golpes, aislamiento -porque es una “perra”, “una zorra”, “una puta”, “lo hizo por caliente”- incluso lo paga con la muerte. Legitimado socialmente, el castigo en los titulares del periódico: “la mató por celos”. En cambio, si un hombre es infiel, el discurso social es que: “así son los hombres”. Él no será llamado ni “perro” ni “zorro” ni “puto”. Por ello, la infidelidad, como ejercicio de poder, es una prerrogativa principalmente masculina. Esa prerrogativa es poder y se usa para controlar, amenazar o castigar.

Las parejas de mujeres también podemos repetir estos ejercicios de poder. Los repetimos con frecuencia, aunque las implicaciones son distintas. La violentadora suele ser alentada por heterosexuales como una forma disimulada de lesbofobia y por lesbianas con lesbofobia internalizada en donde, con un placer perverso, se apoyará la traición, como una forma de demostrar que las lesbianas somos “malas” o de convencerse de que las relaciones lésbicas no funcionan. En tanto, la que padece el daño, sí recibe las mismas consecuencias en lo físico, psíquico y económico que una mujer heterosexual, sólo que acrecentadas por la lesbofobia del entorno social que señalará: “Así son todas las lesbianas” o que implicará que ella se lo buscó por relacionarse con una mujer.

En la “traición”, como en otras violencias patriarcales, socialmente se responsabiliza a la víctima. Así como a muchas mujeres se les culpa de la violencia sexual por salir a una cierta hora, por usar determinada ropa o por comportarse de alguna forma, a ti cuando has vivido la violencia de traición de pareja se te le señalará: “porque te dejaste engordar o adelgazar, porque descuidaste la casa, porque la sopa siempre estaba fría o muy caliente, te faltó autoestima, mañas sexuales, ser más divertida, porque hiciste o no hiciste…”

En este punto quiero señalar que la violencia siempre es responsabilidad de quien violenta.

Te digo a ti que me lees con interés especial:

Nunca fue por tu apariencia, por tu humor, por tus prácticas sexuales, por tu autoestima o por tu forma de bailar. La persona que te traicionó, lo hizo porque eligió hacerlo. Porque eligió pasar por sobre lo que tú sintieras, pensaras o sobre lo que habían acordado. Ese es un abuso de poder y no es tu responsabilidad. Nunca lo ha sido.

Otro punto que me interesa señalar es que, recientemente, he visto publicaciones en redes y artículos que acusan de poco sororaria o de tener poca autoestima a la mujer que está molesta con aquella que se ha prestado a jugar el papel que coloquialmente llaman “la otra”. Una mujer que se ha relacionado con un hombre que tiene una relación previa. Te llaman misógina por tu enojo.

Déjame contarte que me parece desalmado negar tu derecho al dolor, misoginia es cerrar los ojos al lugar de vulnerabilidad de las mujeres que ven roto su proyecto o construcción de pareja, su estabilidad cotidiana e incluso de crianza; viéndose sometidas a una situación en donde no tuvieron oportunidad de elegir si estar o no estar.

Por supuesto, el violentador es responsable del daño hecho. Sin embargo, no es posible ignorar el papel cómplice de aquella quien sabiendo que su actuación hará daño a otra mujer, elige tomarlo.

Para ser cómplice de la traición fue necesario que se hiciera un ejercicio psíquico de deshumanización de ti, es decir, se te niega reconocimiento a tus sentimientos, necesidades y dimensión humana para permitirse acompañar en mentirte, en menospreciarte o a confundirte respecto a la realidad. Se te niega empatía cuando se acompaña el discurso de quien te denosta, se te niega empatía cuando se prestan los oídos y los actos para acompañar a aquél que te hiere. Eso, en la mejor de las situaciones, porque hay otras situaciones en donde la competencia de esta mujer contigo culmina en llamadas, encuentros, insultos y otras violencias que se acumulan.

No te falta autoestima ni sororidad, es desconsiderado acusarte de eso. Sí, tienes derecho a estar enojada con ella porque fue cómplice de un daño que te han hecho, fue cómplice de una injusticia.

Ella estaba en una relación de poder respecto a ti al tener información que tú no conocías y eligió no ser empática contigo. Si ha elegido servir al sistema patriarcal aliándose con un hombre que te hiere, nadie puede exigirte ser empática con ella por el sólo hecho de ser mujer.

No se trata de que la persigas o señales –no vale la pena, tiene sus propios infiernos-, pero tampoco de que se te exija sororidad con ella. Si a alguien le toca romper el entramado de competencia entre mujeres, revisar su misoginia interiorizada, romper la alianza con el tipo patriarcal, intentar resarcir el daño cometido es a ella. Ojalá lo haga, sanaría a generaciones enteras.

Ponerte esa carga a ti es cruel y es injusto.

En cuanto al sujeto que decidió traicionar aquello que habían acordado, no merece tu desprecio. Merece que sepas su precio. ¿Qué ventajas obtenía de ti, manteniéndote a su disposición? ¿Cuánto de tu vida extrajo para alimentarse de tu trabajo, de tus cuidados, de tu alegría, de tu cariño? ¿Cuánto vale quien no es capaz de sostener las palabras de convivencia y los proyectos elaborados con otra persona?

No hablo de amor romántico y promesas de amor rotas. Hablo de la dimensión humana de quien decide defraudar, mentir, engañar, enturbiar la realidad a la persona con la que convive, para seguir teniéndola bajo su control.

Quisiera llenar estos párrafos de calificativos para este sujeto traicionero, pero no quiero que digan que exacerbo tu odio. A las víctimas siempre las acusan de odiadoras y de resentidas, aunque el odio y el resentimiento sean justos y una etapa importante en el proceso de sanar, entonces no haré más que señalar que tu enojo es justificado y que tu tristeza es comprensible y que está bien que te tomes el tiempo que a ti te sea necesario para aminorarla.

También te deseo, sobre todas las cosas, que te mantengas a salvo. Mantenerse a salvo es mantenerse lejos de quien nos hiere. Quien nos ha herido una vez, siempre puede herirnos dos veces más.

Para finalizar, quiero señalar que la traición dentro de una pareja no debería ser un asunto de lo privado. Si una persona defrauda a aquella con la que comparte la cama cada noche, entonces no puede ser confiable para nadie. Con más facilidad engañará a otras personas que le rodean. El engaño y el abuso de confianza a una mujer por parte de su pareja deberían causar la misma indignación que causa un fraude financiero, por ejemplo. Que un sujeto violente así a su compañera es una señal de alarma para todo el entorno social respecto a su confiabilidad y, además, creo que debería ser compromiso ético, de ese mismo entorno, el acompañamiento emocional, económico y físico necesario para el restablecimiento de quien ha padecido tal violencia.

No querer reconocer, mirar el daño o apelar a las “dos versiones” para evitar una toma de postura no es objetividad, es ser parte del abandono social a quienes padecen. La neutralidad es otra forma de complicidad.

Sé que el tema aún está en pañales, que muy apenas hay un par de voces que señalamos la traición como la violencia que es, que hay muchos intereses en su ocultamiento, que por años ha sido una forma muy efectiva de controlar y de desestabilizar emocionalmente a las mujeres y de dejarlas sin patrimonio, pero también sé que hay cientos de mujeres viviendo esta herida en solitario, con la revictimización vergonzosa realizada por quienes las rodean, que hay otros cientos de mujeres que han pasado años tratando de superar sus secuelas y que esas secuelas resultan inexplicables porque nadie sabe cómo nombrarlas. Sé que todo esto es muy doloroso y no sé si unas cuantas líneas alcancen a aliviar tu dolor. Sin embargo, quiero decirte que hay quienes sí miramos lo injusto que es y quienes estamos dispuestas a solidarizarnos contigo.

No estás sola.

Yo te creo y te acompaño.

 

Ilustración de Sacreé Frangine

 

Notas:

  1. Es una forma de maltrato psicológico que consiste en modificar las cosas o las palabras o dar información inexacta para que la persona dude de su memoria o de su cordura.
  2. Trastorno de ansiedad causado por un acontecimiento que hace perder la sensación de seguridad vital.
  3. Utilizo la palabra víctima porque significa: “quien padece un daño”. Si bien estoy consciente de que socialmente existe un desprecio hacia quien reconoce haber padecido un daño, es decir, hacia quien se reconoce víctima y se le trata como quien ha perdido en relación con quien le ha dañado, por lo que la palabra pudiera parecer despectiva, estigmatizaste. En realidad, me parece necesario señalar que alguien ha padecido un daño, porque invisibilizar la existencia de la víctima, sirve bastante bien para invisibilizar que hay asimetrías y poder, y para negar la existencia de quien ha hecho el daño, del victimario, de quien violenta, y eso es abonar a la injusticia. Asimismo, reconocerse víctima no implica una identidad, implica una condición sobre la que es necesario actuar para poder desvictimizarse, es decir, para obtener justicia y sanar las heridas.

 

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3 thoughts on “Algunas palabras para mujeres que han vivido «traiciones» o «infidelidades»

  1. Gracias por publicar esto, necesitamos hablar de esto a mí se me jodió el cuello cuando me engañaron, me dió como una parálisis facial memoria de dolor y tristeza y ella me llamaba y decía que nos apoyarnos entre mujeres negando lo que yo presentía me ofreció irme a su casa porque yo me iba a quedar sin casa mientras a él le decía todo lo que yo sabía lo que sospechaba la información que me sacaba para disimular mejor, ella anda por ahí haciéndose la feminista 😞

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