Notas sobre la izquierda, la cultura de la violación y ser sobreviviente

Ilustración de Lisk Feng, http://liskfeng.com/when/dk1r48843v5x1jqo8answwxekzhaje

Por Montserrat Pérez

Hoy quería escribir sobre cómo el patriarcado está presente en todas partes y cómo da igual que un hombre sea un gran luchador social respetado o activista del ambiente o Gandhi, de todas maneras puede estar reproduciendo, ejerciendo y legitimando violencias misóginas, es parte de la cultura de la violación y, en muchos sentidos, esas “luchas sociales” jamás han tenido a las mujeres en la mira, no sino como objetos de uso: marchar, cocinar, cuidar y dar servicios reproductivos y sexuales, incluso ser reprimidas, pero sin que se reconozca su papel y su importancia.

Hoy quería escribir que a mí no me sorprende nada que todos esos activistas y luchadores defiendan las agresiones sexuales y hagan de menos las experiencias de las mujeres. Es decir, siguen teniendo un privilegio de género que no les interesa revisar y mucho menos rechazar. No es por nada que a las feministas, por ejemplo, en algunos espacios marxistas, se les tache de burguesas y se les diga en el tono más parternalista y condescendiente posible: “Compañera, la única forma de derrocar al capital y al patrón opresor es juntOs. La abolición de las clases sociales nos liberará”. Ajá, pero no toman en cuenta siquiera a sus propios autores cuando hablan sobre cómo las mujeres representan una clase social aparte, pues no sólo las trabajadoras son explotadas por el “patrón”, sino también por esos supuestos compañeros a quienes terminan limpiándoles la casa, pariéndoles hijes y que terminan con dobles o triples o cuádruples jornadas de trabajo. Sí, tú, “compañero”, eres parte de una clase opresora. ¡Sorpresa, sorpresa!

Sí, hoy tenía muchas cosas que decir sobre quienes se escandalizan porque no entienden cómo ese varón tan despierto, tan crítico, tan leído, tan comprometido, con una historia de represión y dolor en su propia vida, podría ser un misógino más. Y ahí es donde yo me siento confundida, pues muchas mujeres que hemos pertenecido a movimientos sociales mixtos ya lo sabíamos. ¿O qué no hay sinfín de denuncias por acoso, violación, feminicidio y demás contra integrantes de colectivos y okupas y profesores de universidades y periodistas (etc.) muy comprometidos con la causa ellos?

Nosotras lo sabemos porque lo vivimos, porque para nosotras no es un locutor de radio que un día vomitó al aire lo que siente, piensa y seguramente actúa.

Para nosotras no es un momento mediático ni una cosa de un día. Es una vivencia, es el recuerdo terrible, son las cicatrices en el cuerpo, son las náuseas incontrolables al ver las caras de los agresores, es sentir un golpe de adrenalina para correr, para proteger nuestra vida, son los flashazos de los rostros de las compañeras asesinadas por sus parejas, el saber que nos traicionaron aquellos en quienes confiamos.

Hoy quería escribir un texto largo, lleno de referencias (porque el rigor periodístico y las arañas), lleno de pensamientos muy profundos y palabras que yo misma a veces no sé para qué uso. Quería hacerlo así para que le dieran más importancia, para que ese rigor le diera validez a mi argumento. Pero después de ver mil veces el mismo rostro del mismo tipo en redes sociales. Después de escucharlo y leerlo y pensar en que además es profesor. Después del bombardeo que a mí misma me abre heridas que aún no termino de cerrar. Después de TODO, solamente me queda esto.

Así que escribo estas líneas, mientras respiro muy hondo y escucho respirar a mi perrita para tener algo del mundo que me ayude a sobrellevar el dolor. Me doy mis propias pausas mientras escribo, pensando en si siento rabia, como en otras ocasiones. Hoy no, hoy siento algo más profundo. Hoy escribo como sobreviviente. Con la certeza de que llamar “compañero” a cualquiera que se enuncie como lo que sea, es una trampa. Con el corazón latiendo con fuerza, diciéndome que nuestra justicia no está aquí, en el mundo de los hombres, que “autodefensa o fosa” no es una frase nada más, sino una sentencia.

No he mencionado siquiera nombres, porque no me da la gana nombrarlos. Porque ya hay quienes lo han hecho con todas sus letras y con toda su digna furia. No tengo siquiera un punto al cual llegar con este escrito. O puede que sí.

Sí, sí tengo un punto, y es para el resto de las sobrevivientes, para las pocas o muchas que me van a leer y es éste:

Compañera, eres amada, eres querida, eres suficiente.

Compañera, eres apoyada, eres acompañada, eres fuerte.

Compañera, yo te creo.

Compañera, yo te escucho.

Compañera, eres importante para mí.

Compañera, este mundo también es para ti.

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