[Cuento] La Compañera

Imagen tomada de Pinterest

Por Victoria

Casi al terminar el taller, ella se acercó. Me comentó que ya habíamos coincidido antes; yo la recordaba vagamente. Me platicó que se sentía nerviosa porque no conocía a todas las participantes y que el tema del taller era muy íntimo. Le dije que aunque las conociéramos, resultaba muy difícil abrirse de ese modo. Ella respondió confesándome que nunca había convivido con mujeres en ese tipo de talleres pero que se sentía muy liberada. Yo le dije que sí, que son espacios ideales para retroalimentar y después compartirlo con nuestras parejas. Me preguntó si estaba casada, le dije que no, que estaba soltera. Dijo que ella era divorciada, que por fin se había librado de su marido. Reímos.

Al salir del taller le comenté que había un café muy cerca y ella, encantada, dijo que tenía la tarde libre. Platicamos sobre lo que dijeron las facilitadoras: los hombres son unos pendejos falocéntricos, una tiene que instruirlos en casi todo para tener el mínimo de satisfacción. Reímos imaginando una escuela de educación sexual para machos en proceso de deconstrucción, y luego nos dio flojera de sólo imaginarlo. Nos dimos cuenta de que ambas creemos que lo fundamental es el autoconocimiento pero también soñamos con compartirnos. Hablamos y hablamos hasta que ella lo dijo, y a mí se me subió la sangre a las mejillas. Pronuncié: “Yo soy hetero”. Ella respondió: “Yo también”. Me sentí ofuscada. Pensé que ni siquiera me gustaba. Le dije que la verdad no me sentía atraída físicamente y ella comentó que tampoco sabía cómo debían atraerle las mujeres, pero que la plática la había hecho sentir en confianza y que, al parecer, nos habíamos caído bien. Tenía razón. Me sentía a gusto. Hablamos de temas que yo no abordaba con cualquiera. Al final sólo estaríamos practicando una técnica, dijimos casi al mismo tiempo. Volvimos a reír. Le dije que sólo era cuestión de ponernos de acuerdo. Me dijo que ella sólo podía los fines de semana y el siguiente saldría a Cuernavaca. Le comenté que el próximo yo debía trabajar, que entonces sería hasta el próximo mes. Ella dijo que tenía la tarde libre. Instantáneamente le dije que yo también. Le comenté que conocía un lovehotel a unos diez minutos. Me dijo que ella había visto una farmacia frente al taller. Pagamos la cuenta. Caminando rumbo a la farmacia nos preguntábamos qué era lo necesario. Recordé los guantes. Ella recordó que necesitaríamos lubricante para formar el pato. Comentamos sobre la colonización, a qué edad reconocimos nuestro cuerpo. Al llegar la dependienta ni siquiera nos miró raro. Eso disminuyó mis nervios. Fuimos en mi auto hasta el hotel. Ella no lo conocía. Le comenté que a mí me gustaba mucho. Después de pagar nos quedamos en silencio. Me sentí nerviosa. Ella entró al baño.  También se veía nerviosa. Yo miraba la habitación. Cuando salió comentamos sobre las lámparas. Ella me dijo que teníamos que recordar lo del taller, yo asentí. Lo primero era estar excitadas. Le pregunté qué la excitaba. Ella me dijo que los cariñitos que le erizaban la piel. Me preguntó. Le dije que las caricias por detrás de las orejas y la música suave. Pusimos música. Nos quitamos las chamarras. Empezamos a tocarnos. Sentí el puente de mi bóxer muy húmedo. Nos desnudamos. Reímos al comentar que nunca nos imaginamos en esta situación. Eran risas nerviosas, entrecortadas por la excitación. Recordamos lo que dijeron en el taller sobre cómo sentir el cuello del clítoris. Cada una sintió el suyo, y después nos animamos a tocar el de la otra. Nos pusimos los guantes. Con los espejos de la habitación, jugamos a ver nuestros orificios de las glándulas parauretrales y lubricadoras. Hablamos de la multiplicidad de las vulvas. Ahí le di un beso. Ella se sorprendió y luego me besó. Nos besamos y tocamos en la cama. Sentí el deseo y la excitación recorrer mi sexo. Y la sentí vibrar. Hicimos el ejercicio de medir la vulva externamente con el dedo para localizar el placer internamente. Estábamos extasiadas. Hicimos el pato sin necesidad de usar el lubricante, lamimos nuestras vulvas, recorrimos el placer de nuestros cuerpos. Nos sentimos satisfechas. Platicamos. Ordenamos comida. Volvimos a practicar. Nos abrazamos, y agradecimos el habernos compartido.

Al salir ella pidió un uber y yo me fui en mi auto. Ambas con una sonrisa. Ya quedamos que el próximo sábado la acompaño a Cuernavaca. Me gusta. Me atrae su conversación, me sedujo conocerla, me gustó su plática y cómo me sentí. Deseo lo que he sentido, el placer que experimentamos. Sé que le gusto y le atraigo por como soy, por lo que vivimos juntas. La deseo por las sensaciones, no por su apariencia. Me erotiza el placer de crear deseos en confianza y complicidad. El placer existe entre compañeras.

Ilustración de clach

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