[Reportaje] Defensa animal: otra forma de resistir al patriarcado

 

Por Angélica Jocelyn Soto Espinosa

Imágenes cortesía de las resctatistas

Ciudad de México, julio 2018.-

Cada día, miles de animales mueren en México en granjas o mataderos para el consumo humano, víctimas del abandono, o a causa de tortura y malos tratos en las calles y los hogares. Tan sólo en lo que va de 2018, la Procuraduría Ambiental y de Ordenamiento Territorial de la Ciudad de México ya recibió más de 800 denuncias por delitos relacionados con los animales.

Aunque no hay cifras oficiales sobre quiénes son los principales perpetradores del maltrato, el testimonio de diferentes rescatistas, mujeres que laboran en fundaciones o refugios y expertas consultadas por La Crítica, coinciden en que la violencia que se ejerce contra los animales es consecuencia de la misma lógica patriarcal y capitalista que oprime la vida de las mujeres.

Conscientes o no de ello, expresaron las entrevistadas, las mujeres son quienes más se organizan y destinan dinero, tiempo y creatividad para defender a los animales, pero no para contribuir a mejorar la vida humana sino por la convicción de que todas las y los seres vivos tienen derecho a la existencia y a gozar –sin sometimientos de ninguna índole- de este mundo que también les pertenece.

 

Cambiar el orden de lo que importa

 

“Existe una relación entre el feminismo y la defensa de los animales. Esto viene desde la corriente ecofeminista que aplica una perspectiva de género al problema de la crisis ecológica y la forma en la que se relaciona la humanidad con la naturaleza. La hipótesis es que hay una conexión entre la dominación de las mujeres y la dominación de la naturaleza no humana”, explicó en entrevista Rubí Olvera Torres, coautora (junto con Sofía Jiménez Chacón) de la investigación Derechos de los animales y políticas públicas, de la Universidad Autónoma Metropolitana.

Esta dominación –explicó la también activista- es consecuencia de la construcción dicotómica del pensamiento occidental que contrapone lo social o cultural con la naturaleza. Este alejamiento ha traído como consecuencia el desarrollo de relaciones de apropiación sobre lo que no se considera humano, racional, político o social. “Es justo en este espacio en el que estamos encasilladas las mujeres y los animales, somos despojadas de derechos sólo por tener procesos relacionales o cognitivos diferentes a los hombres. Ese sólo argumento pretende justificar la acción del hombre sobre la naturaleza y sobre la mujer”.

Olvera expresó que la defensa de los animales es también una forma de resistencia al patriarcado porque cuestiona un orden establecido por la filosofía antropocéntrica y androcéntrica. Éstos, dijo, ponen en el primer lugar del orden social a los hombres, alrededor de los cuales se construye un sistema de vida social y política en donde se establecen jerarquías bajo el supuesto de que las características del hombre son cualidades positivas y únicas, lo que justifica el dominio, la apropiación y la explotación de la naturaleza, los animales y las mujeres. Por ejemplo, observó, el consumo de carne son valores altamente identificados con la masculinidad, el hombre consume grandes cantidades de carne para mostrar su superioridad frente a otras especies.

Por el contrario, el animalismo y el feminismo señalan que la naturaleza no está por debajo del ser humano sino que las personas estamos dentro de la naturaleza, es nuestro lugar de origen y esto no conlleva atributos de inferioridad. La defensa de los animales y el feminismo también cuestiona el modo de producción capitalista y la organización de la vida económica al denunciar que no existen argumentos suficientes para explotar o esclavizar a la naturaleza y los animales. “Los animales no son objetos ni fines para el hombre”, precisó. Ambas posturas proponen una forma distinta de interpretar las otras formas de vida, y proponen nuevas actitudes de asociación y de cuidado hacia el resto de las y los seres vivos, basadas en la libertad.

La investigación de Olvera concluye que las políticas públicas y las leyes actuales a favor de los animales siguen teniendo como punto céntrico al hombre y plantean que el bienestar de los animales traerá bienestar a la humanidad. Esto, dijo la politóloga, no considera que las y los humanos deberíamos respetar a los animales únicamente por el hecho de que también tienen derecho a la plena existencia.

En esto coincidió Daniela Guidarelli Mattioli Gutiérrez, integrante de Defensoría Animal A.C, organización que contribuye al rescate, esterilización y búsqueda de hogar para animales. Ella señaló que la idea de que las y los humanos son más importantes que el resto de seres vivos permea las leyes y la política, ya que en la distribución del recurso público no es prioritario asignar recursos para la implementación de las leyes de protección animal. Asimismo, las asociaciones civiles que se dedican a este fin enfrentan muchos más obstáculos para adquirir un permiso como donatarias que las organizaciones que defienden los derechos de las personas.

“Una lo hace porque cree en ello y literalmente pones tus recursos, tiempo, creatividad, energía y dinero. Yo personalmente he salvado 10 perritos a quienes pagué todo el protocolo de salud, operaciones médicas y manutención”, observó la activista.

Daniela también criticó que las defensoras de animales sean tan cuestionadas por la labor que realizan, ya que detrás de ello persiste el estigma de que es más importante trabajar y defender la vida de las y los humanos porque las otras son menos valiosas. Además, dijo, las personas piensan que al reconocer derechos a los animales les vas a quitar a ellas los suyos y eso es falso. Este estigma la llevó a salir de una organización que luchaba contra la pobreza y la desigualdad.

“Creemos que los animales tienen derechos, el simple derecho a la vida, y el derecho a tener una calidad de vida digna. Los animales dependen de nosotros, los humanos, nosotros luchamos por los derechos de los animales porque si sufren es responsabilidad de nosotros porque todos tenemos la obligación de respetar su vida. No todos tenemos que amarlos, pero sí debemos ser conscientes de que tienen exactamente el mismo derecho a la existencia digna que nosotros”, expresó.

 

Las mujeres al frente de la defensa 

 

Ambas defensoras observaron que en los movimientos animalistas son las mujeres quienes más deciden identificarse y solidarizarse con los animales no humanos, encabezan marchas y resistencia contra el orden antropocéntrico, y además proponen nuevas conductas y cambios en la forma de vida, alimentación, el vestido y cómo se relacionan con los animales.

Solas, en pareja, en redes, en colectivas o en refugios y fundaciones, miles de mujeres en este país se dedican al rescate, cuidado, protección y defensa de los animales; esto es: recoger o dar aviso de que hay un animal que necesita ayuda, esperar la ayuda o proporcionar cuidados inmediatos, trasladarse a una veterinaria, pagar o realizar el protocolo de salud, dar seguimiento al animal, pagar o sostener su manutención, darle servicios de cuidado, ofrecerle asilo en casa o en refugios, solicitar apoyos, buscarle hogar y garantizar que en adelante tendrá condiciones de vida más digna.

Por ejemplo, Mónica Arellanos, responsable de Desarrollo Institucional de la Fundación Antonio Haghenbeck y de la Lama, dedicada a mejorar la calidad de vida de animales en condición de abandono y maltrato en la Ciudad de México, informó que 100 por ciento de las personas que les donan dinero de manera continua para su trabajo son mujeres. Asimismo, 98 por ciento de quienes participan como voluntarias en la fundación son también mujeres. Ellas, dijo, demuestran más sensibilidad, capacidad de empatía y compromiso por la vida de otras y otros seres vivos.

En su opinión, el origen del maltrato animal está en la “egolatría” de creer que las personas son superiores a otros seres vivos y que pueden hacer uso y desuso de los recursos de la naturaleza; por el contrario, el involucramiento de más mujeres en las tareas de defensa de los animales es consecuencia de su capacidad de empatía por otros seres no humanos así como por su voluntad de transformar el estado de las cosas. “Somos iguales y tenemos que aprender a respetar el transitar de las y los seres vivos en este planeta porque los seres humanos no somos los únicos”.

Todas coinciden en que el trabajo de las rescatistas es más difícil cuando no reciben ingresos ni del gobierno ni de personas donatarias, pero que de todos modos hay muchas mujeres que trabajan en otras cosas, pero se organizan en redes y con sus recursos salvan la vida de las y los animales.

Un caso es el de Adriana Martínez, maestra de primaria, quien de manera individual ha rescatado al menos a cuatro animales; sin embargo, apoya con alimento, medicamentos o tiempo de cuidados a la veterinaria y el refugio de animales con quien hace alianza.

El rescate más reciente fue el de Oliva, una perra pitbull que encontró en una calle con la oreja mordida, una pierna gravemente lastimada y varias cicatrices en la piel. Una hipótesis sobre su sufrimiento pasado es que era usada como perra de pelea y padeció mucho tiempo en la calle. Adriana la llevó al médico el mismo día que la encontró y pagó los servicios que derivaron en la amputación de su pata. Oliva se quedó a vivir con ella porque por su condición sería más difícil que encontrara un hogar. Ahora se recupera con la compañía de tres perros más, aún le tiene miedo a algunas personas, no le gusta la lluvia, pero se le ve más tranquila.

Adriana no gana nada por esto, al contrario, pone dinero de su bolsa y muchas horas de trabajo para el cuidado; sin embargo, ella coincide en que el maltrato animal está relacionado con la lógica de poder que oprime a las mujeres. Y recordó el caso de un entrenador de perros que, además de ser misógino con ella, le pedía que enseñara a su animal a través del castigo y maltrato, le indicaba que no alimentara al animal y que “lo sometiera”.

“Esta experiencia me volvió más consciente de lo que hacemos con los animales, de no comprar animales, no reproducirlos, no venderlos, porque no sabemos las condiciones en las que terminan, si viven en condiciones dignas o en la calle. Es muy triste que no podamos entender que los animales también sienten, sufren o padecen lo que se vive en la calle. Es muy triste verlos hurgando en la basura, sucios, malolientes porque un día antes llovió y que las personas los rechacen. El peor maltrato que podemos ejercer es no mirarlos, ignorar su condición”, dijo.

Otro ejemplo es el de Priscilla Pomeroy, cineasta y artista que rescata animales, junto con su madre, desde los 11 años. En la actualidad logró formar una línea de apoyo entre mujeres que opera en la Ciudad de México y en Cuernavaca, y que le permite recibir camadas de perros y gatos en su hogar, darles alojo y luego buscarles una vivienda más digna.  Ella intenta transmitir este posicionamiento ético a otras personas a través de las diferentes expresiones artísticas que realiza, sin embargo le gustaría poder generar más dinero para dar más a los animales.

Luego de años de experiencia en la defensa de los animales, Priscilla piensa que el patriarcado está acabando con las otras vidas que hay en el planeta, principalmente las más vulnerables como son los animales y los niños, y explicó que es a través de esta violencia, que pretende expandirse.

Por ejemplo, dijo, el gobierno antepone la construcción de autopistas para que “la sociedad se vea bonita”, pero son proyectos que derivan en la muerte de cientos de perros en condición de calle. Otro ejemplo es la cría masiva de animales para venta y explotación, lo que enriquece a unas cuantas personas. Por el contrario, observó, el trabajo de las mujeres en este tema ha sido el de cuidar y preservar las otras vidas pero desde la creatividad y sin matar ni aniquilar a nadie.

 

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