Feminismo

[Vencer el miedo] Operadora telefónica

Maricruz Bárcenas

Salgo de la casa de mis amigas, son las 3:45 a.m. aproximadamente​. Tomo un taxi para ir a mi casa, me acomodo en el asiento trasero, de lado contrario del taxista; escucho que se cierran los seguros automáticos de las puertas. El conductor es un hombre joven, limpio, con el cabello engominado y manos libres puestos; se comunica por mensajes de voz en un grupo de whatsapp. Repetidas veces pregunta a qué colonia voy, mismas que contesto.

Llego a mi destino, como siempre hago, le pido que se detenga en una esquina cercana a mi casa, nunca afuera. Al pagarle, me dice que me faltan 50 pesos. Esa no es la tarifa, le digo.

Me dice que sí, una y otra vez. —No te voy a pagar esa cantidad tan absurda —insisto sabiendo que ya de por sí le estoy dando más del doble de la tarifa regular. Él se enoja, me llama puta entre dientes y sigue hablando por mensajes de voz con su pandilla de taxistas.

Discutimos. Que no, que no pagaré esa cantidad; que sí o me regresará a dónde me recogió. —Pues regrésame, pero si lo haces no te pagaré nada —advierto como si fuera yo quien controla el volante y no él. Se quita el manos libres y pone en alta voz a sus compañeros.

—Regresa a la perra donde la recogiste y que te pague el doble para que aprenda —le dicen. Me burlo. —Haz lo que quieras, te estoy pagando mucho más de lo justo.

Más mensajes de voz: —dile a la hija de su puta madre que te pague lo que le dices—. Empiezo a ponerme (muy) nerviosa. “No importa que me regrese, lo peor que va a pasar es que duerma lejos de mi cama”, pienso. “Si se quiere pasar, llamo a las chicas y me van a defender y harán un desastre para asustarlo y luego me abrazarán” sigo intentando consolarme a mí misma.

—Métele una chinga, cógetela y déjala por ahí —responde uno.
—Y le bajas el monedero —agrega otro. Él arranca el auto. Entonces tiemblo. Miro mis manos con la escasa iluminación del alumbrado público. De la pequeña bolsa externa de mi mochila, saco despacio el gas pimienta que hace poco me regalaron.

Con una tranquilidad que no sé de dónde sale me vuelvo a burlar mientras me mira por el retrovisor, tomo el teléfono y quiero llamar a la policía. “Que le den un susto, al menos”, pienso mientras trato de recordar cuál es el maldito número de la policía, por segundos que parecen siglos intento que aparezca en mi memoria.

911. Estos pendejos no harán nada.

Él sigue burlándose de mí con sus compañeros.

“911, ¿cuál es su emergencia?” La voz de una mujer al otro lado de la línea de repente me deja respirar; me doy cuenta que llevo conteniendo el aire por muchos segundos.

En una especie de disociación, logro aconsejarme como si no estuviera dentro de mi propio cuerpo o como si esa mente fuera la de alguien más “habla despacio, no le quites la mirada al tipo, con la otra mano quita el seguro del gas pimienta…”

La mujer, que adivino de mediana edad, me pregunta mi nombre, si el vehículo está en movimiento, si el seguro de las puertas está puesto, si puedo identificar el tarjetón de circulación y el número económico del taxi

—Sí, vamos sobre Av. Presidentes, casi llegando a Av. Pasteur. Sí, están puestos. No trae tarjetón a la vista… No trae numero económico… “¡Mierda! Yo siempre me fijo en esas cosas, ¿por qué hoy no?”

“No maldigas, concéntrate”, me vuelve a aconsejar esa que no soy yo, pero que sí era antes de subir al taxi.

El conductor acelera, sigue atento a lo que le aconsejan por teléfono. Creo que me comienza a temblar la voz, la operadora sigue escuchándome.
—Está acelerando, Señorita.
—Dígale que se detenga.
—¡Detente!
Me da más indicaciones que no logro entender, tengo miedo.
—Estoy hablando con la policía, ¿sí escuchas, no? —digo intentando sonar amenazadora

Ella sigue hablando, no entiendo qué dice, es como si me hablara en otro idioma que nunca he escuchado, pero su voz de mujer me conforta y evita que llore.

—¿Cómo te llamas? ¿dónde está tu tarjeta de circulación? —lo interrogo con miedo que parece salir en forma de enojo.
—No cuelgues, por favor. Sígueme diciendo qué hace y hacia dónde se dirige. Sigo contigo en la línea, una unidad está en camino.
—Detente. Las patrullas te están ubicando. Av. Pasteur… dirección sur…

Con la velocidad a la que vamos, en menos de tres minutos podríamos llegar al libramiento sur-poniente, ahí, donde puede desviarse hacia cualquier carretera, hacia cualquier camino. Estoy más ansiosa, quiero llorar, pero tengo que pensar y mirar bien. ¿Cómo rompo la ventanilla?

Me mira por el retrovisor, lo veo dudar y de golpe se detiene. Mi corazón se paraliza… o no. Muy, muy a lo lejos se ve una torreta encendida. Es mi imaginación.
— ¿Qué pasa?
— Se detuvo justo en la esquina de Av. Pasteur y Blvd. del Cimatario, en el semáforo.
— ¿Ves alguna unidad cerca?

Intento mirar hacia dónde podría correr. La agencia especializada IV, la de Justicia para Mujeres, está como a 500 metros… pero todo es oscuro, la gasolinera parece que no está en funcionamiento todavía, el canal está en medio de todo y lleva aguas negras… pero si lleva la suficiente y me lanzo, podría sobrevivir; o podría correr hacia la agencia, pero ahí, entre los camiones de volteo hay hombres borrachos… del otro lado nada, no hay nada, yerba frondosa que podría esconder cualquier cosa entre su espesura. Esto parece el fin del mundo. Y no, no hay ninguna patrulla cerca.

— Una unidad está cerca.
—¿Cómo te llamas? —insisto. Él se baja del taxi rápidamente.
— ¿Qué fue ese ruido?
—Acaba de abrir la cajuela, está buscando algo. —Intento abrir la puerta pero nada, esfuerzo infructuoso.

No entiendo nada de lo que dice, pero le pido que no me deje de hablar. Él regresa al asiento y me dice que fue por el tarjetón para enseñárselo a la policía.
—¡A ver! —Exijo como si fuera yo quien sigue teniendo el control de la situación. Lo levanta a la altura de su espejo. Es su licencia de conducir lo que me enseña.
—Se llama José Benjamín. No alcanzo a leer sus apellidos.
—Anotado. Dile a José Benjamín que la patrulla está llegando.
—Toma el pasaje y déjame bajar. La patrulla está cerca. —Intento disuadirlo una vez más.

Se coloca de nuevo el manos libres. Ya está nervioso, pero no tanto como lo estoy yo.
—Bueno, te cobro 70 y ahí muere.
Le vuelvo a dar el billete. Me pendejea, que no ande de noche porque por eso nos pasa lo que nos pasa, dice.
—Cobra y cállate.
No me da el cambio que sigue siendo más del doble. Mis manos tiemblan.

Quita el seguro. Bajo tan rápido como puedo.
— ¿Ya bajaste?
Apenas termino de bajar, arranca a gran velocidad. Las llantas rechinan. En efecto, va rumbo al libramiento Sur-poniente
—El número económico es TZ1927.
—¿Las placas?
— No las alcancé a ver. Va rápido por Av. Pasteur en dirección Sur.
—Bien. Tengo los datos. Se llama José Benjamín, maneja la unidad con número económico TZ1927.

Ilustración: Kathrin Honesta

Me pregunta si estoy lejos de mi casa, hasta que llegue se mantendrá en la línea; su voz me calma. Corro en dirección contraria al sentido de los autos aunque no hay ninguno cerca, miro bien por si él decide regresar. Voy con el teléfono en una mano y el gas pimienta en la otra entre calles pequeñas, solas y oscuras, pero las sé de memoria.

Ella sigue hablando, comienzo a entender lo que me dice… que los policías de tránsito lo buscarán. Llego ¡por fin! a la puerta de mi casa, abro y entonces me pide que anote los datos que le dije.

Gracias, le digo después de asegurarle que estoy bien. No sé si ese es el protocolo, pero ella de nuevo me pregunta si estoy bien. No estoy bien, sólo quería dormir en mi cama y no en la de mis amigas como me ofrecieron.

El plan de dormir en mi cama se vio frustrado, no puedo dormir, estoy muy asustada, para mitigar el miedo escribo paso a paso todo lo que acaba de ocurrir. Ahora sí estoy bien, desde mi casa puedo asegurar que hoy no me tocó a mí.

Querétaro, madrugada del sábado 14 de octubre de 2017.

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