Hace un tiempo atendí a una señora de setenta y tantos

Por Vivosa Solanas

Hace un tiempo atendí a una señora de setenta y tantos que consultaba por que hacía un mes que sentía dolores y sensaciones raras en el cuerpo. A veces le dolía la cabeza, a veces sentía que le hormigueaba un brazo, a veces sentía las piernas pesadas, otras veces se hinchaba después de comer.

El médico que la vio antes que yo le había pedido un montón de exámenes, todos dentro de los límites normales. Le dijo que no se preocupara, que todo estaba bien, que no tenía nada.


Le pregunté si estaba durmiendo bien, me dijo que no, que se quedaba hasta tarde mirando tele y que se despertaba varias veces en la noche. Le pregunté cómo se sentía de ánimo, si estaba triste o alegre o con ganas de llorar. Me dijo que se sentía triste. Le pregunto si ha pasado algo en este tiempo que la pueda tener así , triste y durmiendo mal. Me mira y con los ojitos llorosos dice: “puede ser porque hace un mes se murió mi amiga”. 


Hablamos de su amiga. La amiga tenía cancer al pulmón, ella la acompañaba a los controles en el hospital y en las largas esperas aprovechaban de conversar. Eran amigas hacía muchos años, tantos que no me supo decir. Hablamos de la  importancia de las amigas, “con ella conversaba cosas que no podía hablar con nadie más, porque con los hijos por ejemplo, no es lo mismo”. Me dijo que no lo había contado antes porque el otro médico era hombre, “me dio vergüenza decirle, los hombres no entienden de estas cosas”. 


No pudo despedirse, supo de su muerte por casualidad. Un día camino a la feria, se cruzó con la sobrina de su amiga y le preguntó por ella, llevaba semanas sin verla; la sobrina dijo: “pero si ya se murió po, el funeral fue la semana pasada”.
Llora y dice: “ella me había pedido que yo hable en su funeral, pero sus hijos ni siquiera me avisaron”.
Llora más, yo me callo. De pronto levanta la cabeza, me mira y dice: “llevo todos estos días pensando en por qué no me avisó, por qué no vino a despedirse en sueños. Pero ahora entiendo que ella me la mandó a usted para que yo la pudiera llorar tranquila”. 


Se seca la cara, se acomoda, y yo pienso en cómo sería la vida sin amigas. Se despide con un abrazo largo, y yo pienso en cómo se siente llorar frente a una desconocida. Me deja invitada a su casa, “a tomar once, porque esta tan flaquita”,y yo pienso en lo mucho que la medicina tiene de soluciones y diagnósticos, y lo poco que ofrece de consuelo.

Comments

comments