Lesbofeminismo

[Opinión] Tenía que ser un hombre trans, pero no fui

Ilustración tomada de Pinterest

 

Por Maricruz Bárcenas

Tenía casi veinticuatro años cuando supe que además de vagina, tenía clítoris y que junto a los labios mayores y menores conformaban una vulva. Para entonces, llevaba ya varios años de ser lesbiana practicante, era una lesbiana visible allá donde fuera, vivía el placer del sexo lésbico casi de forma «compulsiva», sin embargo, todo lo que oficial y racionalmente sabía de mi propia existencia como mujer y lesbiana se restringía a lo que la ciencia patriarcal definió.

Antes de poderle llamar vulva a mi vulva o a la de mis compañeras, «solo» era una vagina, un receptáculo en el que un hombre o varios podrían depositar todo lo que el patriarcado les permite: su descendencia y con ella, la responsabilidad de los cuidados, la obligatoriedad de la escucha, la atención afectiva y el sin fin de trabajos que se amplían o modifican según las demandas del entorno sociocultural.

Yo, como mi compañera afectiva y sexual de entonces, sabíamos que una falta grande estábamos cometiendo al prescindir del relacionamiento hetero-sexual, había gozo en eso, pero también mucho temor de ser expuestas sin posibilidad de defensa, lo sabíamos no por paranoia, sino porque aún sin ser feministas y sin tener estudios universitarios, vivíamos en la piel y hasta los huesos la violencia que se manifestaba a veces casi de forma imperceptible sobre nosotras, pero otras veces de forma muy directa y cruda.

Aquella mujer que tanto amé y con la que compartí muchos años fue mi primera referencia de quién es una lesbiana radical, pero ni ella ni yo no sabíamos que esas características se le atribuían a las radicales. Ella, nacida y criada en una comunidad rural del sur de Querétaro, infinitas veces me habló de cómo era un chiste nombrarse bisexual pues eso significaba «seguirle haciendo los mandados a ellos», decía. También decía que ser machorra era un orgullo siempre que una no olvidara que nuestro placer está en el vientre, que algunos de los orgasmos más intensos llegaban besando los senos y acariciando nuestro centro, el clítoris, todo eso sin recurrir a la introducción de nada a la vagina porque era invasivo, porque era un juego bélico que promovían hombres.

Pasaron años, durante ese tiempo sentí constantemente que había llegado tarde a algo. Llegué tarde a la universidad, llegué tarde a las clases de género, llegué tarde a la militancia del feminismo, y todo eso me lo recriminaba cada vez que no entendía de qué iban las discusiones teóricas, así que debía esforzarme el doble para leer a quienes decían eran indispensables, pero pronto me aburría, a veces desistía porque no sabía si lo que estaba leyendo era lo que realmente escribieron o eran erróneas interpretaciones mías.

Pasó más tiempo y llegamos a hoy, o a ayer, mejor dicho. Leí en las noticias que se había logrado en una sola cirugía la reasignación de sexo de una transmasculina. Fueron 17 horas en las que extirparon sus pechos y remarcaron los pectorales; extrajeron su útero y abrieron su vulva para construir a partir de la piel del clítoris el glande de su nuevo pene, para el resto se usó un injerto de piel de la parte inferior de su brazo que luego fue cubierto por piel de su muslo; también abrieron su cara para hacerle un mentón más cuadrado, más masculino. No es un capítulo más de Grey’s Anatomy.

Según datos ofrecidos en la conferencia de prensa donde se anunció que esta operación fue un éxito, sólo el 60% de pacientes logran sensibilidad en el pene, mientras que el 30% sufre una pérdida total o parcial. El peligro de tener cáncer de mama aumenta casi un 50% en transmasculinas por el permanente tratamiento hormonal, incluso si ya se han sometido a mastectomías.

A medida que leía todo esto, mi corazón se achicaba, me sentí compungida y agobiada. A muchas mujeres, generaciones previas a la mía, les tomó media vida saber que esa «colita» de niña, tenía nombre y su nombre es vulva. Muchas mujeres hoy, a pocos kilómetros de donde estoy escribiendo esto, tienen vedado hablar ya no sólo de su vulva que es tan parte suya como la nariz y las orejas, sino también de menstruación, de los dolores en sus senos y del palpitar de su útero. Nos dicen que es progresivo extirpar aquellas partes nuestras que nos anclan a nuestra historia, a esas partes físicas donde se narran los dolores y las luchas de nuestras abuelas, aquellas líneas donde el patriarcado también ha escrito sobre nosotras y donde también estamos resistiendo.

Luego de leer esa noticia, después de mirar la denuncia por violencia que está contra una conocida transmasculina, al mirar cuántas de las que antes se llamaron lesbianas hoy «transitan» a la masculinidad, cuando miro cómo las lesbianas idolatran tanto a los hombres concluyo que estas cirugías de reasignación de sexo de mujeres no es más que otra forma voraz en la que capitalismo y patriarcado nos aniquilan. Y pienso entonces que quizá, quizá, es que esas mujeres ahora hombres son verdaderas esquiroles que han traicionado a su clase. Qué bueno que llegué tarde a todo, qué bueno porque seguramente de haber llegado a tiempo, de haber tenido tiempo para empatizar con sus teorías coloniales, hoy el placer del sexo lésbico lo viviría con culpa y no le llamaría una acción radical, vomitaría sobre mi menstruación y sería también un hombre trans.

 

 

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