[Entrevista] Migrar para salvar la vida

Fotografía por Angélica Jocelyn Soto Espinosa

 

Por Angélica Jocelyn Soto Espinosa

Ciudad de México, abril 2018

 

Yamilet, de 20 años, es una migrante hondureña que lleva tres meses fuera de su casa. Hace dos días llegó en caravana a la Ciudad de México. Su camino es la historia de las mujeres que migran –a pesar de las prohibiciones en las fronteras- para poder poner fin a una larga cadena de violencias.

El pasado 25 de marzo llegó al sur de México una caravana de más de mil personas provenientes de diferentes países de Centroamérica que planeaban llegar a Estados Unidos. En ella vinieron casi 400 mujeres (jóvenes, solteras, embarazadas, con hijas e hijos, en pareja o con amigas) que fueron desplazadas de sus países de origen por historias de violencia, delincuencia, pobreza y falta de oportunidades.

Yamilet –que viaja con esta caravana- salió del barrio Rubí, en el municipio de Choloma Cortés, Honduras, por una amenaza de muerte. Una pandilla sentenció su vida por presenciar, de manera involuntaria, un asesinato. Este municipio es uno de los más peligrosos de San Pedro Sula, una ciudad que fue considerada en 2014 la más violenta del mundo.

Una noche de 2017, Yamilet salió a jugar fútbol con un equipo de puras mujeres. En pleno espacio público, frente a las jugadoras, una pandilla de los llamados “maras” se llevó a un vecino de la comunidad para matarlo. Esto, narró Yamilet, es el pan de cada día en varias colonias urbanas y rurales que desde la década de los 90 están tomadas por estos grupos del crimen organizado que se formaron a raíz de las políticas de deportación masiva en EU.

Durante las últimas dos décadas, Honduras ha visto un incremento significativo de personas afiliadas a maras y pandillas, así como en la actividad delictiva y la violencia que se deriva de éstas. Tan sólo en San Pedro Sula los diferentes grupos de los maras están presentes en 33 colonias, de acuerdo con un reporte de InSight Crime, una fundación que investiga el crimen organizado.

Luego de que Yamilet presenció el homicidio, los asesinos le hicieron llegar a ella y a sus compañeras un mensaje para que abandonaran la colonia. Yamilet dudó de la amenaza, pero 15 días después asesinaron y violaron a una de sus compañeras del equipo de futbol. Entonces supo que salir del país era un tema urgente.

Fotografía por Angélica Jocelyn Soto Espinosa

Las historias se repiten 

La historia de vida de Yamilet está marcada por la migración y la violencia. Su hermano mayor vive en San Luis Potosí porque tuvo que salir de Honduras tras negarse a formar parte de una pandilla. Su hermano menor corrió la misma suerte y también salió de la colonia.

Sin embargo, lo peor ha sido para Yamilet y sus hermanas. “A nosotras nos quieren (las pandillas) para que seamos mujeres de ellos. Siempre que a mí alguien me enamoraba, me piroteaba o me decía algo, yo me le quedaba viendo y le decía que era lesbiana para que me dejara. Una vez uno de ellos me dijo: ‘Sea como sea vas a  ser mi mujer, te guste o no te guste, después vas a ver en qué zanja vas a aparecer’”, relató la joven.

Ocho años antes, su hermana mayor fue obligada a irse con el jefe de la pandilla M18 y luego la mataron. Tenía 17 años y dejó una bebé que ahora tiene 12. La historia quiere repetirse con Yamilet, a quien antes de migrar los de la pandilla la amenazaban de matar a su mamá, si no se iba con ellos. La hondureña recuerda que nunca se quedó callada y hasta llamó a la policía

Yamilet dejó la escuela por falta de recursos. En Honduras trabajó en un restaurante y después se dedicó a cuidar a sus sobrinos y ayudar a su mamá en los trabajos del hogar. Su mamá trabajaba como comerciante para hacerse cargo sola de cinco hijos, ya que su esposo estaba preso en EU acusado de conducir en estado de ebriedad.

La mamá de Yamilet no sabe la verdad de dónde está su hija. Es diabética y cayó en el hospital poco después de que la joven migrara. Una de las hermanas de Yamilet que están en Honduras le pidió que no volviera, sólo así podía evitar la muerte.

De una violencia a otra

Esta caravana llegó el pasado 8 de abril a la Ciudad de México y se hizo visible en el Ángel de la Independencia. De cara a los vehículos y personas que transitaban por la avenida Paseo de la Reforma, Yamilet sostenía una bandera de Honduras y pedía, junto a sus compañeras de viaje, que ningún gobierno les obstaculice su paso para que ellas puedan mejorar su futuro y el de sus familias.

“Nosotros andamos buscando lo mejor para uno mismo y echarle ganas, ir para adelante, para sacar a nuestras familias de esas colonias de ahí. Si fuera una colonia sana, yo creo que a nadie le gustaría dejar su país. Ahora pienso quedarme en México en lo que pasa toda la bulla de Donald Tromp”, declaró la joven.

Yamilet viene sola en esta caravana. Se unió a ella en Tapana, Chiapas. Logró salir de Honduras porque viajó con un amigo que también huía de las pandillas. Juntos llegaron a la frontera entre Guatemala y México, pero ahí se separaron y ella siguió sola.

Como sucede a gran cantidad de mujeres migrantes, Yamilet fue explotada en un bar en Chiapas. Llegó ahí para ofrecer su trabajo como mesera a cambio de un lugar dónde dormir y al menos un tiempo de comida. Sin embargo, los empleadores del lugar la obligaban a alcoholizarse, “le daban mala vida”, y le impedían salir sola.

Yamilet logró escapar de esta nueva violencia. Le dijo a su cuidador, un mototaxista que la llevaba y traía a todas partes para evitar su huida, que la llevara a una tienda donde compraría zapatos. Yamilet salió sin ninguna pertenencia más que lo que llevaba puesto. Luego le dijo al conductor que se diera una vuelta porque iba a tardarse, y ahí fue como pudo irse.

Llegó de raite a otros lugares de Chiapas, y luego encontró la caravana de personas migrantes, para ella una oportunidad de llegar de forma más segura al país del norte o a Monterrey, donde vive una de sus primas.

Sin embargo, en esta caravana –donde hizo redes con otras migrantes- la discriminación, el odio, la represión y la política de “seguridad nacional” en la que insiste México contra la población migrante centroamericana se hizo evidente. Según narró Yamilet, en Veracruz algunos policías estatales quisieron llevarse presos a dos jóvenes migrantes. También golpearon a quienes intentaron defenderse. La joven increpó a los policías, pero éstos le dijeron que ella no tenía derechos por no ser mexicana y no traer papeles. Este control migratorio, más la amenaza de una persecución en redadas en la frontera con EU, hizo que la caravana empezara a disolverse en los estados del centro de México.

Sin embargo, esta situación aumenta la incertidumbre, dijo Yamilet, para las otras mujeres migrantes con historias similares. Por ejemplo, Guadalupe de El Salvador, de 22 años, que vino sola con su hijo en brazos porque una pandilla mató a su esposo y amenazó con volver por su hijo sólo porque la familia cambió de domicilio; o el caso de Rosa, una mujer de 44 años, que la pobreza la hizo salir de su país para mandar dinero a sus cinco hijos.

Yamilet hoy ya está en la Ciudad de México y permite que se le tome una foto de frente porque “ya está a salvo”. Planea asentarse, busca un trabajo y luego –cuando esté más establecida y tenga las condiciones para hacerlo- llamar a su familia para decirles que está bien y que por ahora está segura.

Fotografía por Angélica Jocelyn Soto Espinosa

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