[Entrevista] Amelia Tiganus: “La prostitución tiene rostro de mujer, pero es un mundo de hombres: es ocio y negocio masculino”

Imagen: Amelia Tiganus
Tomada por Tatiana Duque

 

Por Tatiana Duque

Twitter: @la_insumisa

 

Nació en Rumania. Tenía 13 años cuando la violaron cinco chicos a la salida del colegio. Después vino el acoso: la buscaban a la salida y las violaciones se volvieron sistemáticas.  “Algunos decidieron que yo iba a ser puta. La sociedad me puso la etiqueta y me cargó el estigma. Dije: ya está. Soy una puta. ¿Para qué resistirme si el resultado es el mismo?”[1] Aceptó viajar a España y trabajar en la prostitución. Llegó a Alicante con 18 años. La compraron por 300 euros y le prometieron una vida de ensueño que en realidad fue una tortura.

En el marco del I Congreso Abolicionista Internacional celebrado en Buenos Aires, Amelia Tiganus, sobreviviente de trata, combatiente, feminista, vegana y activista de feminicidio.net, comparte su experiencia y la convierte en una herramienta política y de lucha contra el sistema prostituyente, el loby proxeneta y el patriarcado

Tatiana Duque: El consentimiento ha estado en el centro del debate público y mediático cuando se habla de acoso y violación sexual, ¿por qué crees que no sucede lo mismo con la prostitución?

Amelia Tiganus: En el neoliberalismo la prostitución es el lugar donde se blanquea la violencia sexual y donde el intercambio de dinero hace posible que creamos que es asumible; como dice Graciela Atencio[2] “la prostitución es la excepción patriarcal”. Hablar de consentimiento en la prostitución es una trampa patriarcal porque se confunde con la resignación que asumen muchas mujeres para poder sobrevivir.

Es fundamental poner en el centro del debate el consentimiento en cuanto a la sexualidad de la mujer porque nos deja en un lugar inactivo, es decir, quien decide y propone es el hombre, por lo cual nos quedamos sin la posibilidad de ejercer nuestra propia sexualidad. Y sucede, en parte, porque los hombres  temen al deseo de las mujeres, temen que se les toque su hombría reforzada a través del dominio. Y ahora cuando está en el centro del debate la violencia sexual, en especial con el caso de La Manada, he leído muchos comentarios como “pero qué necesidad de violar, si se pueden ir de prostitutas” evidenciando la doble moral a través de la cual entendemos que tienen que haber mujeres que estén a disposición, poniendo el cuerpo, para que los varones puedan seguir ejerciendo su masculinidad hegemónica.

T.D.: Uno de los argumentos del lobby proxeneta y el regulacionismo es que la prostitución es una forma de liberación sexual, ¿tiene sentido?

A.T.: Hay que fijarse como la prostitución es el único lugar, simbólicamente, en el que se le permite a la mujer “tomar la iniciativa”, y es una falsa iniciativa porque quienes sí eligen libremente consumir cuerpos de mujeres son los hombres.  La decisión de las mujeres, supuestamente libre, que se traduce en el discurso proxeneta en liberación sexual, no es más que un espejismo que responde al patriarcado: si ellas “eligen” deben tener muy claro quién es el que tiene el poder. A los hombres les gusta que una mujer tome la iniciativa siempre y cuando no vean amenazada su virilidad.

T.D.: La necesidad de nombrar algo para que exista  y el poder de la palabra se ve reflejado cuando, por ejemplo, a la mayoría de nosotrxs nos nombran “Sistema prostituyente” y el primer sujeto que se nos viene a la mente es la mujer prostituida, y escasamente el proxeneta, pero el mal llamado “cliente” no, es como un ser invisible, ¿por qué crees que sucede?

A.T.: La prostitución tiene rostro de mujer pero es un mundo de hombres: es ocio y negocio masculino. El papel de los puteros está totalmente invisibilizado porque conviene: son los que sostienen toda la estructura prostituyente y  esa alianza tan firme que tienen el Estado, los proxenetas y los puteros no tiene fracturas, nuestro papel es visibilizar esos actores invisibilizados y buscar fugas para intentar quebrar ese poder.

Por otra parte, en Europa los medios de comunicación tienen mucho que ver con que el foco esté en la mujer y en la construcción de un estereotipo del proxeneta: encarcelado, con aspecto violento y siempre de origen extranjero, y en realidad,  los grandes proxenetas son  españoles,  tienen amparo legal y son llamados empresarios de ocio. En España la prostitución es alegal, sin embargo, no está penada punitivamente la tercería locativa ni el proxenitismo no coercitivo y aquí volvemos a la idea de consentimiento porque no se mira el estado de vulnerabilidad de las mujeres en situación de prostitución.

T.D.: ¿Qué papel juega el Estado en esa alianza?

A.T.: De la ecuación prostituyente el Estado, también invisibilizado, permite y se lucra con el dinero que produce la trata, la prostitución, la pornografía y todo lo que genera la “industria del sexo” que no es más que un eufemismo de proxenitismo. Y me parece importante señalarlo porque si queremos plantearnos qué Estado y qué tipo de sociedad queremos, donde los derechos de las mujeres sean garantizados, la existencia de la prostitución discrimina a todas las mujeres poniendo a disposición de los hombres lugares físicos para que algunas de ellas, generalmente empobrecidas, vulnerables, migradas y que han sufrido violencia sexual desde pequeñas, se conviertan en meros receptáculos de semen. Ayer en mi conferencia hablé de cómo algunas mujeres nos convertimos en una mercancía en la que los hombres pueden verter el miedo a la mujer sin miedo, como diría Eduardo Galeano.

T.D.: ¿Ese nombrar lo invisibilizado para que exista jugó algún papel en el momento de quiebre en el que te diste cuenta que estabas siendo explotada?

A.D.: Hace 11 años salí del sistema prostitucional después de sobrevivir 5 años a ese campo de concentración. Pasé por más de 40 prostíbulos en España y salí en silencio sin el menor apoyo y reparación estatal porque estaba colapsada, había llegado al límite y no podía dar más de mí.

Yo no me identifiqué como víctima de trata hasta hace 4 años cuando comencé a estudiar protocolos sobre la trata. Cuando leí el Protocolo de Palermo aparecieron los términos captación, traslado y acogida a través de medios engañosos o aprovechándose de la situación de vulnerabilidad de una persona para obtener su consentimiento. Comencé a atar cabos y dije,  claro, todo esto pasó porque estaba en una situación muy vulnerable y aprovecharon ese momento para obtener mi consentimiento. Fue allí cuando tomé conciencia de hasta qué punto había vivido un sin número de injusticias sin saber que se me debía una reparación.

Es muy difícil separar  la trata de la prostitución porque desde el punto de vista de la demanda, si la mujer no tiene las herramientas para darse cuenta que es víctima de trata cómo lo va a hacer un putero con la cartera en la mano. Hay que dejar de pensar que hay una prostitución buena y una mala, es quedarse en lo superficial.

T.D.: ¿Cuál era tu posición antes de esa toma de conciencia sobre tu situación?

A.T.: Pensaba que era algo que había elegido, que me lo había buscado y que tenía que asumirlo, porque no tenía ninguna herramienta. Ni siquiera sabía que existía la trata porque en mi imaginario una víctima de trata era una mujer encerrada y encadenada, hasta a mí me daban pena las víctimas de trata y en parte eso pasa como mecanismo de supervivencia porque no nos queremos identificar como víctimas: ser víctima mujer en el imaginario colectivo es alguien inerte y que no es capaz de luchar, cuando realmente ser víctima no quiere decir más que una persona inocente ha sufrido la vulneración de sus derechos y que existe un victimario que es responsable y debe pagar por ello. ¿Para qué sirve la imagen de víctima perfecta? Para invisibilizar al victimario.

T.D.: ¿Qué incidencia ha tenido el feminismo en tu vida?

A.T.: El feminismo y la sororidad me salvaron la vida: me dieron las herramientas para analizar y sacar mi experiencia de lo personal y asumirla como política. Me sentí en la obligación ética de actuar, dije “todo esto que sé es poder y lo voy a ejercer”. Se habla mucho de la dignidad en la prostitución y para mi la dignidad es utilizar el poder, sea mucho o poco, para crear un mundo mejor. Entonces me vi en la dicotomía de o hacerme cómplice guardando silencio o convertirme, por fases, de víctima a sobreviviente, y de sobreviviente a combatiente. Elegí la segunda.

T.D.: ¿Qué te llena de alegría?

A.T.: A nivel personal estoy muy orgullosa de no haber perdido la capacidad de amar y de tener esperanza. Me produce mucha alegría ver como hombres se suman para pensar su masculinidad y después inciden en los círculos en los que se mueven. Entienden que no necesitan un espacio en el feminismo sino que necesitan hacer de su espacio uno feminista.

También  me da mucha alegría cuando mujeres, que no han pasado necesariamente por la prostitución, se acercan después de mis charlas y me dicen “Yo te creo, pasé por lo mismo”, en ese momento siento que se rompe la dualidad entre mujeres buenas y malas, y creo que el camino través del cual podemos romper con ese estigma es empatizando y queriéndonos como hermanas.

 

 

[1]https://navarra.elespanol.com/articulo/sociedad/amelia-tiganus-superviviente-prostitucion-y-trata/20160621165050050767.html

[2] Periodista y editora feminista. Dirige el portal www.feminicidio.net

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