[Opinión] Los hijos sanos… del patriarcado

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Por Montserrat Pérez

A Concepción, con quien sigo aprendiendo a ser libre

Hace unos días fui a cierta escuela del Poli a dar una conferencia sobre maternidades con perspectiva de género. A diferencia del año pasado, en esta ocasión tuve una audiencia joven: estudiantes de diferentes carreras, tanto hombres como mujeres. Decidí cambiar la presentación y hacerla un diálogo, pensando en que sería un buen momento para intercambiar experiencias entorno a la figura materna y el reconocimiento de su trabajo. Oh, gran decepción y gran dolor que me llevé.

Inicié hablando sobre los derechos sexuales y reproductivos, planteé preguntas sobre las maternidades obligatorias y el aborto. Hasta este momento todo iba muy bien. El problema y la indignación surgieron cuando hablé sobre el trabajo doméstico y la explotación de las mujeres cuando se convierten en “amas de casa”.

Hablé sobre cifras, sobre los cálculos que se han hecho con respecto a cuánto debería ser la remuneración anual de una mujer que se queda en el hogar. Comenté que, en realidad, la maternidad en sí, físicamente ya implica trabajo y sobre las jornadas de trabajo inequitativas. Ahí fue cuando empezaron los cuestionamientos.

Un chico alzó la mano, claramente molesto, en el momento que mencioné que también debería ser labor de los hombres la limpieza y tareas básicas de cuidado. “¡Pero es que no puede ser igual! Si el hombre sale a trabajar, ya aporta, llega cansado, debe poder descansar”. Sí, ésa es una de las grandes justificaciones para que las mujeres sigan en una situación precaria a raíz de la maternidad: él ya trabaja, él se pasa ocho horas fuera, entonces ella que haga todo lo demás, desde la crianza hasta lavarle la ropa al marido.

Decidí escuchar y dar cifras. Expliqué que ya había estudios hechos y que hablaban, por ejemplo, de cuánto debería recibir una mujer por todas las labores fuera de la crianza de sus hijos e hijas. En 2003, por ejemplo, se hablaba de una remuneración de 30 mil pesos para las amas de casa por todas sus labores. Para este punto ya había cuatro o cinco manos alzadas. Escuché a un par: “Es que, sí, mi papá trabaja mucho, 8 horas y dos de ida y vuelta”. “Mi papá trabaja mucho”. Yo no estaba hablando sobre sus padres.

Una chica pidió la palabra y se la di. Les dijo que hablaban desde un contexto específico, que no podían hablar por otros contextos porque no sabían cómo eran y fue cuando decidí hablar sobre privilegio. Mi audiencia eran principalmente hombres y mujeres de los 18 a los 28 años, universitaries, en su mayoría (por lo que dijeron) heterosexuales. Por supuesto que señalé otros contextos: contextos en los que las mujeres que se atreven a salir a trabajar son golpeadas o humilladas por sus parejas, contextos de violencia, de pobreza, en los que las maternidades no son una elección, sino una obligación… contextos nada lejanos, pero que al parecer no les hacían sentido.

Hablé también de las cifras de madres solteras y de las abuelas y su papel en la maternidad. Sobre cómo algunos estudios señalan que, cuando las mujeres dejan de trabajar y llega un divorcio, abandono o muerte inesperada de sus parejas, quedan en una situación vulnerable porque no tienen forma de sostenerse.

Aquí fue cuando sucedió uno de los episodios más dolorosos de la charla. Le di la palabra a una chica. Muy molesta dijo: “En esta época, las mujeres no se pueden dar el lujo de no tener dinero o hacer algo extra. Si las dejan, tienen que estar preparadas”. Lo decía como si fuera algo lógico, como si toda mujer debiera y pudiera tener un ingreso extra, como si todas debieran estar preparadas para que las dejen, para que las abandonasen.

Regresé al tema del privilegio y los contextos, de cómo hablar así era hablar desde una situación muy específica y era peligroso continuar ese discurso. Una mano más, un hombre: “Es que lo que dice usted es sensacionalista…”. Ahí lo frené. Jamás había hecho eso antes. Nunca había impedido que alguien terminara una frase o una opinión, pero no pude. ¿Sensacionalismo? En primer lugar, creo que el término era erróneo. En segundo lugar, les estaba dando cifras, datos, números, les hablaba de las múltiples realidades de la mujer mexicana como madre. Estaba hablando de derechos humanos básicos. Pero eso les ofendió mucho.

Apenas leo un poco del libro de Katherine McKinnon Hacia una teoría feminista del Estado. Leo que el papel del ama de casa dentro del capitalismo ha sido tan debatido como la misma existencia de las categorías de género y que dentro del marxismo también existe un debate intenso al respecto.

Hay varias citas que me llaman la atención, pero creo que ésta da en el clavo: “La idea de pagar a la mujer dinero por trabajar en la familia, que equivale a admitir que las tareas domésticas son trabajo y por tanto alienan, implica que es un servicio a quien paga por él –el hombre—y que el amor no compensa. Este análisis implica que las mujeres, por otra parte, dan más de lo que obtienen. Negar esto ha sido la idea de la familia desde que el liberalismo creó lo privado y puso ahí la familia”. P. 137

En este sentido, me recuerda a una de las profesoras que estaban en el público, quien dijo: “Es que lo está poniendo de una forma muy fría, porque también existe el componente del amor. Una hace estas cosas también por afecto, están los lazos familiares y la equidad, ante todo, la equidad”. Fue cuando sentí como si me cayera un balde de agua fría: SE USA EL AMOR Y EL DISCURSO DE LA FAMILIA Y LA EQUIDAD PARA JUSTIFICAR UNA OPRESIÓN.

Entiendo, por lo que dijeron que, si yo amo a alguien, decido reproducirme, parir y entrar en este tipo de familia heterosexual monógama liberal, entonces por ese amor no debo exigir nada. Que la gran recompensa es ser LA MADRE, sea lo que sea que signifique eso, pero que todos mis demás derechos no importan.

La última participación que escuché fue en la que dijo… una mujer: “Es que si te quedas en tu casa, pues es tu decisión y te debe gustar, ya lo que te den extra, pues será para tus cosas, pero eso ya es extra”. Porque, de acuerdo a otro comentario similar, una mujer debe sentirse plena sólo con la maternidad y las labores domésticas porque “es su casa, eso la debe tener satisfecha”. Ah.

¿Qué familia y de qué amores hablamos? Para este punto cuestioné las familias heterosexuales, la estructura familiar tradicional y fue cuando nadie dijo nada. Hice una pregunta: Imaginen que ustedes, después de la universidad, trabajan 10 años, después de los diez años deciden embarazarse y tener hijes, ¿cómo se sentirían si después de gastarse su dinero y hacer lo que quisieron, llegara su marido y les dijera: paga esto, lo otro y lo que quede es para ti y para tus cosas?”. Yo, en lo personal, estaría furiosa.

Al final decidí recordar el contexto de violencia general contra las mujeres en este país. Mueren casi 7 mujeres al día solamente por ser mujeres. Los salarios siguen siendo desiguales entre hombres y mujeres y el punto no es ir corriendo con la madre a darle dinero (que podría ser una forma de reconocer su labor), sino justamente ver cuánto trabajo realizan las mujeres y cómo éste se torna invisible.

La Liga de Amas de Casa en Uruguay lo enuncian mejor que yo: “Tenemos muchas preguntas y muy pocas respuestas. Somos un grupo ignorado, desplazado, y que siente que no encuentra reconocimiento dentro de la sociedad.

¿Parecen palabras duras? Es seguro que cuando nos miran a los ojos nadie puede negar el papel fundamental que jugamos dentro de la sociedad. “Ama de Casa” es sinónimo de compromiso, de lealtad, de afecto y muchos etc. ¿Por qué somos invisibles?”

Estas mujeres se han organizado para lograr una serie de cosas, entre ellas la jubilación para las amas de casa y obtener casas, entre otras. Además de celebrar que exista una organización de este tipo me pregunto lo mismo que ellas: ¿por qué son invisibles?

¿Qué es lo que ofende de pensar en las madres y amas de casa como personas sujetas de derechos?

Después de la conferencia

Salí de la conferencia como si me hubiera atropellado un tráiler. No sabía bien lo que había pasado y estaba en shock, más que enojada o molesta. En esa hora que hablé, también me di cuenta de muchas cosas. Por fortuna, ese día me acompañó mi madre y ella tampoco creía mucho de lo que escuchó.

“Hija, pero es que es impactante cómo se enojan porque les dices que sus madres tienen derechos”. Y sí. Yo le contesté que me parecía sintomático de una sociedad enferma, pero fue cuando ella dio en el clavo: “Date cuenta de que quien tiene el poder no lo quiere soltar. Es como en la política, ¿cuándo van a querer dejar el poder quienes lo tienen?”. Y sí.

Yo no me siento experta en el tema de maternidad ni trabajo doméstico. Pero sí observé las opresiones hacia mi madre y hacia mis abuelas. Lo vi, me enojó, me dolió saberme parte de la explotación de esas mujeres. Por esto mismo cuestiono. Y ahora cuestiono más. Miro con horror, por ejemplo, que la equidad como discurso sea: “Ellos salen a la oficina y ellas se quedan en la casa”. ¿De dónde es eso equitativo? Es lo mismo que hace un siglo.

Miro con horror que el amor pueda usarse para mantener a toda una población sometida: si eres madre, por amor a tus hijes y a tu marido, no exiges, limpias tu casa y te sientes bien. Cuestiono estos sistemas familiares, ¿por qué piensan que sólo eso es una familia? No sé, tanto como no sé cómo los hombres jóvenes con quienes estuve se enfadaron tanto por hablarles de un tema necesario. Peor aún, me dolió en el corazón que las mujeres jóvenes me dijeran cuál es el lugar que piensan que merecen dentro de una sociedad.

Lo que sí sé es una cosa. Ellos no están enfermos, como pensaba. Son todos hijos sanos, hijos sanos del patriarcado y hasta que no cuestionemos y cambiemos los sistemas de género, vamos a seguir igual y yo me voy a seguir sintiendo como una loca cuando me pare a decirles: “Tu madre también existe y merece ser feliz”.

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