[Relato] Mi historia de racismo y clasismo

Por Laura Myriam Arauz

Nací con el color de la piel clara bajo un techo de lámina. Soy la primera hija de mi madre prieta que se disfrazó de hombre para no ser violada nuevamente y escapó a las calles para que mi abuela, su madre, no le robara su libertad ni su alegría.

A mi madre la obligaron a trabajar desde muy chiquitita, todo el día, a las 5:00am ya estaba levantada  haciendo cajitas de cartón, a veces iba a la escuela, no le gustaba, porque las maestras la castigaban y la golpeaban, reprobó años y no terminó la primaria.

La recuerdo diciéndome todo el tiempo que ella quería que yo “fuera alguien”, que estudiara, que trabajara, que tuviera mi dinero y mi casa y la llevara a viajar. Cuando era pequeña ese sueño era posible en mi mente, me imaginaba dándole lo que me pidiera. La escuela se convirtió para mí en la única posibilidad de “llegar a ser alguien” de no depender económicamente de hombres que abandonan como mis dos padres.

A mis dos años de edad, nació mi primer hermano, hijo del segundo compañero de mi mamá. Mi hermano, hombre y prieto. Dicen que una vez me encontraron tapándole la cara con una almohada. No es que no lo quisiera, porque incluso, cuando murió sentí el peso de su ausencia en la tristeza de mi madre. Tengo recuerdos sobre él, uno muy presente es que me golpeaba las piernas con una cadenita y me dejaba moretones.

Mi hermana nació cuando yo tenía seis años, la recuerdo poco de bebé, porque poco después de que llegó al mundo me operaron de las anginas y por negligencia médica casi muero vomitando sangre a mitad de la noche y de un paro cardiaco. Ella era mi hermanita, la negrita, desde siempre la nombramos así, con ella aprendí la diferencia del color de la piel. En mi familia hubo una exotización, a sus tres años le regalaban minifaldas de lycra porque les gustaba mirarla con sus piernitas gordas y carnudas y su cinturita. Karla soñaba con ser prostituta.

No todas las opresiones se experimentan por el color de la piel. Yo era hija de otro hombre, además era bajita y gorda a diferencia de mi madre, mis tías y mis primas. De mi mamá y su pareja se tenían pocas expectativas porque habían sido los vagos de la colonia, no terminaron los estudios, no tenían un empleo seguro y vivíamos en casa de mi abuela.

Recuerdo la forma como me miraban mis tías y tíos y sus comentarios acerca de mí, no entendía por qué llegaba a sentir vergüenza y asco de mí misma, por qué odiaba a mis primas y al mismo tiempo deseaba ser como ellas, tener lo que tenían, hacer lo que hacían. Me recuerdo lastimándome en varias ocasiones y yo no tenía más de diez años de edad.

Hasta este momento en que me encontré todo el tiempo con mi familia, no alcanzo a mirar el racismo contra mi hermana y mis privilegios por haber tenido la piel más clara. Lo único que tengo en la memoria son los comentarios sobre nuestro color de piel “La güerita” y “La negrita”. Hasta entonces ella era la hija de la pareja presente de mi madre casi todo lo que pedía le era concedido.

Hui de casa a los 17 años, mi hermano acababa de morir y mi hermana tenía unos 10 años. Su padre no quería que yo siguiera estudiando. Dejaba de darle dinero a mi mamá para asegurarse, de entre otras cosas, de que yo no iba a ir a la escuela. Mi madre casi a diario pedía dinero prestado para mis pasajes. Yo podía pasar casi todo el día sin apenas probar bocado, pero no faltaba a clases, era mi única opción, siempre lo fue. ¿Qué más puede desear una chica que ha conocido tan de cerca lo que es relacionarse con hombres carentes? Yo no deseaba tener una familia, ni si quiera soñaba con llegar a tener hijos. Deseaba comerme el mundo.

Durante un año viví con mi tía y mi prima, con ellas supe que se puede vivir haciendo cosas teniendo menos culpa. Porque haber crecido en la carencia y luego tener un poco más te hace sentir culpa, porque siempre sientes que no mereces, sientes que traicionas una parte de ti. Fue a partir de ese momento que me sentí separada de mi madre y de mi hermana. Tuve acceso a cosas que no hubiera imaginado. Practiqué danza folclórica, entré al taller de teatro, iba al CCH y podía dedicarme a leer y a estudiar sin que me dijeran que estaba de “huevona” o que perdía mi tiempo. Mientras estuve con ellas los vestuarios y las presentaciones, los pasajes y las comidas nunca fueron un problema.

Al crecer, mi hermana se encontró con otro mundo: una hermana que huye, un hermano muerto, un padre agresivo, lleno de culpas y remordimientos y una madre depresiva. Creo que ese fue el momento en que ella conoce verdaderamente el mundo, ya no un mundo dulcificado para ella, sino uno lleno de vacío, abandono, ausencias y dolor. Mi hermana se llenó de miedo y entonces, tuvo novios y subió de peso y luego de terminar la secundaria no quiso seguir estudiando. No le gustaba salir, le causaba pánico la simple idea de tener que hacerlo. Se quedaba dentro, encerrada en su casa, supongo que se sentía a salvo, como si allí dentro no la hubiera encontrado ya el dolor hace tiempo. Se embarazó y ahora repite historias, claro, hay similitudes con la historia de mi madre. Ella no sale de ese mundo, ella es forzada a repetir patrones, se lo exigen: mi madre, su padre, su esposo, la madre de su esposo y sus cuñadas.

Yo hui. Me siento a salvo de ese mundo. Antes no me preguntaba si había sido un privilegio haber mirado a la escuela como una salvación, como mi única salida. Para mí ha significado una lucha por sobrevivir, para poder transformar mi vida, sí, en lo económico; sí, en el acceso a la palabra, a la cultura, pero no sólo eso, porque siempre me miré como oprimida, como carente, como no merecedora ni si quiera de amor, de alegría o de disfrute. Cuando experimenté que podía ser otra, que podía soñar más allá de lo que me había permitido, ya no quise soltarme. Y por eso estudié aunque luego salté del barco al mirar más críticamente cómo mis sueños estaban impregnados de racismo, de clasismo y de sexismo.

No soy la misma, he sido muchas yo. Mis carencias me han mantenido siempre en búsqueda y no hablo de lo económico y el deseo de tener más o de ser más a partir del trabajo desempeñado y el dinero y el reconocimiento social que se obtiene de eso. Me refiero al saber que muchas veces me faltaron herramientas para habitar espacios, para defenderlos, empezando por mi propio cuerpo, mis emociones y mis pensamientos. Herramientas que, por supuesto, la academia nunca me dio ni dará a nadie. Y que he buscado por fuera y me han traído hasta aquí, porque sigo creyendo que leerme en el mundo, armarme y hacerme de herramientas me permitirá seguir sobreviviendo.

¿Soy privilegiada por estar viva? ¿Estoy a salvo? ¿Debo mirarme como privilegiada al lado de mi hermana y de mi madre por haber tomado todas estas decisiones, por no querer conformarme, por haber creído que otro mundo es posible e intentar destruir-me y construir-me constantemente? ¿Debo sentir culpa por haber huido, por no repetir historias, por no tener que haber pasado por lo que vivió mi madre y mi hermana?

Quizá sea necedad mía, pero prefiero llamarles luchas y no privilegios, porque nadie creía que yo iba a poder ser otra, ni siquiera que fuera a sobrevivir, incluso yo misma durante mucho tiempo no lo creí. Hay cicatrices en mi piel que evidencian el maltrato autoinflingido y constantemente me lo recuerdan.

Las llamaré luchas y no privilegios, porque no daré gusto al sistema al creerme la historia de que me está otorgando algo. Sé que no estaba destinada a sobrevivir, como ninguna de ustedes. Sé que le arrebaté cosas al sistema desde la periferia, desde la frontera, por eso nunca me encontré en los feminismos blancos, por eso siempre me leí  en otras luchas. No todo lo que sé me provino del feminismo, este me llegó recientemente, no hace más de 5 años. Pero cuando llegó a mi vida lo que hizo en esos primeros encuentros, con esas primeras lecturas fue darle sentido a mis luchas, un cobijo que nunca antes había sentido. Cuando era estudiante de escuelitas allá por los noventas y durante los primeros cinco años de los dosmiles nadie hablaba de feminismos ni de las luchas de las mujeres. Me alegra que no todo sea absorbido por la academia, que la vida entera y que cualquier espacio sea una posibilidad pedagógica y saberme cobijada por tantas mujeres detrás de mí construyendo memoria, recuperando historias, leyéndose distintas en el mundo, nombrándose  y escribiéndose.

Ahora sé que pasaré el resto de mi vida arrebatando y reapropiándome de saberes, reconstruyendo mi historia, mi historia arrebatada, tergiversada, intentando mirar en mí al opresor internalizado para dejar de autodestruirme constantemente.

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