¿Por qué necesitamos una pedagogía feminista?

Por qué necesitamos una pedagogía feminista

 

Por Laura Arauz

 

Este texto es para las mujeres que habitamos en la periferia, que hemos experimentado cómo este sistema de múltiples opresiones atraviesa nuestras cuerpas, es para las mujeres que dirigimos nuestras búsquedas con el fin de entender, analizar y erradicar su funcionamiento infligido mediante la pedagogía de la opresión. Nosotras, que elegimos luchar y resistir frente a las opresiones impuestas, las que no esperamos nada de las políticas del Estado para transformar nuestras realidades.

Crecí en la periferia de la Ciudad de México y aún la habito, aprendí cómo moverme en ella, a sobrevivir con las precariedades del día a día. Migré, porque creía que no contaba con las herramientas necesarias para sobrevivir en ese contexto, necesitaba migrar y construirme una vida lejos, salvarme. Por eso estudié, para moverme del lugar en el que había crecido. Regresé después de años, pero ya no es posible habitarlo de la misma manera. Estudié pedagogía, pero allí en la universidad encontré muy poco de lo que buscaba, así que me hice autodidacta, autogestioné mis contenidos y mis propósitos. El programa me lo fui armando en el transcurrir del tiempo a través de preguntas, de la sensación de carencia, de las búsquedas, del deseo de transformar la realidad sabiendo que una puede crear su presente y su futuro, fui encontrando lecturas, programas, cursos, conferencias, talleres, movimientos, luchas, personas. Una cosa se teje con otra, pero hay que estar atenta a las interconexiones y nunca conformarse con lo que se encuentra. Así, fui experimentando la escritura, la pedagogía y el feminismo como posibilidades de encuentros, de resistencias entre las mujeres.

Este texto es para mujeres que aman a otras mujeres, que están comprometidas con ellas, que se someten al escrutinio constantemente, desaprendiendo-se y creando-se otras, porque estamos deseosas por construir comunidades entre nosotras, desde nuestras propias experiencias y con nuestras propias herramientas, porque nos dimos cuenta, durante las prácticas hacia nuestra liberación, que las que nos fueron proporcionadas desde la pedagogía de la opresión, no contribuían a nuestra liberación. “Las herramientas del amo no desmontan la casa del amo.” (Audre Lorde)

Como mujeres tercermundistas, como nos nombra Anzaldúa, nos encontramos ante peligros al momento de autorreferenciarnos y definirnos otras, porque nuestra liberación no se queda en la enunciación, nos ha valido cambios materiales que tocan las estructuras sociales normativas. Somos mujeres que hemos venido cuestionando nuestra existencia, no porque la política internacional ni la academia nos invadiera con sus urgencias y necesidades, sino porque nuestros cuerpos han sido atravesados por opresiones que constantemente nos llevan a repensarnos y crearnos otras para nuestra sobrevivencia. Es justo aquí donde tiene cabida la pedagogía, que no se reduce al ámbito escolar ni académico, que se encuentra en todas y cada una de nuestras relaciones, todo el tiempo enseñamos y aprendemos. Sin embargo, si no apreciamos que esta es una relación dialéctica estaremos contribuyendo al fortalecimiento de la pedagogía de la opresión que nos ha vaciado de contenidos, de metodologías y de herramientas como potencialidades constantes para desaparecernos de múltiples maneras.

Una de nuestras principales tareas como feministas es nombrar el mundo, hacer que exista, crearlo. Es necesario hacerlo suceder porque sólo así materializaremos nuestro sueño de transformar la realidad a las condiciones necesarias de nuestro presente, al tiempo que reconozcamos la historia de las mujeres, es decir, que somos producto de esta historia, de esta genealogía.

Necesitamos reconocer que es una de nuestras tareas políticas el crear y definir nuestra propia pedagogía, una pedagogía feminista, desde las mujeres y para las mujeres. Desde nosotras y para nosotras. Así, nos encontramos frente al reto de tejer una pedagogía feminista que no está surgiendo dentro de la academia, que ha sido soñada desde nuestras propias realidades con la intención de erradicar y transformar las condiciones de opresión que nos atraviesan, que apuesta por otros proyectos civilizatorios, que nos invita a luchar desde las mujeres como clase, desde la cual construyamos nuestros lugares de resistencia.

Tanto de la pedagogía como del feminismo, arbitrariamente se ha hecho creer que conforman un bloque único de conocimientos que la academia habrá de proporcionarnos. Ambos provienen de espacios coloniales, capitalistas y patriarcales de poder que no queremos seguir habitando a “falta” de herramientas para el análisis, la reflexión y la transformación de las condiciones de opresión de las mujeres. Es necesario saber que se han creado otras pedagogías y otros feminismos en otras geografías frente a ese gran proyecto civilizatorio. Que no existe una única pedagogía ni un feminismo y que es no sólo posible, sino necesario crear nuestra propia pedagogía feminista.

La enunciación del horizonte de una pedagogía feminista es muy reciente, el primer texto nombrado Hacia una pedagogía feminista, comenzó a difundirse allá por 2007 en Buenos Aires, Argentina con Pañuelos en Rebeldía[1] desde su área de género. Así, la pedagogía y el feminismo comenzaron a ser dos paradigmas que adquieren sentido político, social, cultural y existencial, como apuestas accionales. Claudia Korol se da a la tarea de compilar diversas experiencias, prácticas y búsquedas feministas para hacer aportaciones a la creación de una pedagogía que genere procesos de reflexión y nuevas prácticas que atravesarán las batallas contra la cultura patriarcal. Este primer texto, nace en el contexto de la educación popular hacia la emancipación de “todos los sectores explotados, subordinados, silenciados, oprimidos, deslegitimados”[2], desde una pedagogía de los oprimidos que se organiza para comprender la opresión y para enfrentar la explotación capitalista e imperialista en América Latina. Este primer referente nos aporta indicios, pero no nos sujetaremos a ellos porque esa pedagogía feminista se sujeta a un proyecto civilizatorio dentro del cual dejamos de leernos.

Mujeres que nos asumíamos como pedagogas críticas y decoloniales, así como educadoras populares, estuvimos colaborando en trabajos de educación popular, educación crítica, educación alternativa que aunque, se posicionaban fuera del sistema educativo del Estado, contribuían a la repetición de patrones que no estaban siendo cuestionados y que en la práctica atravesaba nuestras cuerpas. En las asambleas ¿Quiénes eran los que tenían voz y eran escuchados? ¿Quién definía el programa? ¿Quiénes habrían de hacer que se llevara a cabo? ¿Quiénes cargaban con la responsabilidad del éxito o el fracaso de las acciones emprendidas? ¿Quién tenía la posibilidad y el derecho a disentir? ¿Para quién estuvimos realizando ese trabajo?

La pedagogía es una posición desde la cual nos colocamos y leemos la realidad para destejerla y tejerla nuevamente. Para desarmarla y rearmarla. Lo mismo el feminismo. Como mujeres que nos posicionamos desde el feminismo, el lesbofeminismo, anticoloniales, antipatriarcales, anticapitalistas, antirracistas, anticlasistas y contra la heterosexualidad obligatoria, hemos estado creando la propia pedagogía feminista al conformar cursos y talleres para hacernos de armas y herramientas para nuestra sanación y sobrevivencia. La pedagogía no tiene que ver con la utilización de ciertas metodologías y herramientas para implementarse en los procesos de enseñanza aprendizaje en las aulas como si se tratara de una herramienta metodológica o instrumental más para hacer llegar los contenidos importantes. Configurándolos desde nuestros propios puntos cardinales, a la vez que conformando otras referencias cartográficas. El sistema de referencia cartesiano que aprendimos en la escuela primaria nos mostró una única configuración cartográfica, representación de una orientación incuestionable, el norte ha sido legitimado colonialmente, fuimos testigas de un epistemicidio ¿Quiénes han construido el conocimiento? ¿Quiénes han hablado? ¿Quiénes han sido escuchados? ¿A cuáles geografías pertenecen la pedagogía y el feminismo que aprendimos? ¿Quién nos ha dado permiso para crear nuestra propia pedagogía feminista, nuestros contenidos, nuestras metodologías, nuestros propósitos?

No existirá una única pedagogía feminista, porque se sujetará al posicionamiento feminista desde el cual partamos. De ello dependerá el programa, los contenidos, los objetivos, las metodologías, las referencias bibliográficas, la evaluación, las evidencias. Así es como configuramos nuestra propia coordenada cartográfica dentro de esta constelación pedagógica.

La pedagogía de la opresión nos ha dificultado el pensarnos como creadoras de nuestro presente, de nuestros procesos liberadores, nos hace creer que no somos capaces de hacerlo, que para lograrlo hay expertos que dictaminan el programa y los currículums de las universidades y los centros de investigación. Por otra parte, se ha hecho creer que para crear nuestro presente, antes debemos comprometernos con la lucha por la liberación humana, la liberación de los pueblos y, posteriormente, llegará automáticamente la liberación de las mujeres. En esas luchas ¿Qué tendríamos nosotras para contribuir a la transformación de la realidad si no es adhiriéndonos a otras luchas? Si no es ofreciendo nuestros servicios de alimentación y cuidado de los hombres que las encabezan. Para legitimarnos, incorporamos sus programas, sus teorías, sus ideologías, sus términos, sus prácticas, sus metodologías. Al mismo tiempo que negábamos la posibilidad de que otras formas de construirnos desde nosotras fueran posibles. Al crear nuestro propio programa rompemos con las cadenas de nuestra opresión definiendo lo que para nosotras es importante construir.

Como creadoras de nuestro presente, la pedagogía feminista insta por liberarnos de nuestras cadenas opresoras como un acto de desobediencia, rebeldía y resistencia frente a todo lo legitimado y lo naturalizado por un sistema de múltiples opresiones. Los feminismos desde los que nos posicionamos aquí, no son aquellas gafas violetas para leer el mundo desde la relación genérica que impacta y afecta las dinámicas relacionales heterosexuales. Acá, nos convertimos en sujetas en el proceso del cual nos liberamos, por lo cual, tenemos la obligación de decidir nuestro propio programa y nuestros fines sin buscar la posible conciliación en la situación de opresión. No buscamos la conciliación entre opresor y oprimidas.

La pedagogía feminista es como toda pedagogía un acto político y como tal, requiere leer la realidad desde la multiplicidad de opresiones. La pedagogía feminista  será para las mujeres esa coordenada que nos guíe hacia esas otras posibilidades de ser y estar en el mundo, pero no este mundo que se instaló como un sistema social y cultural gestándose, sustentándose y enriqueciéndose sobre nuestra explotación y anulación histórica,  sino otro mundo, el que nos soñamos para nosotras, porque no pretendemos dejarnos desaparecer.

 

Ilustración de Josefina Schargorodosky

 

¿Por qué sentimos esta necesidad de crear nuestra pedagogía?

 

Porque nos han robado el lenguaje, nos han vaciado de contenidos, porque nos han impuesto un programa a seguir, porque las herramientas que nos proporcionaron no contribuyen a nuestra liberación. Porque deseamos reconciliarnos con nosotras mismas. Porque necesitamos sobrevivir, porque no nos dejaremos desaparecer. Porque no hay tema que sea trivial ni innecesario.

Al crear nuestra pedagogía, el peligro radica en no tejerla a nuestra vida propia, a nuestra experiencia personal y a nuestra perspectiva del mundo con la realidad social que vivimos, nuestra historia, nuestra economía. Esta pedagogía feminista es para nosotras quienes sentimos esta necesidad de otra pedagogía, la nuestra. Nosotras quienes vivimos al límite, en la periferia, que nos quedamos con nosotras mismas, que nos vimos obligadas a destruir nuestras anteriores formas de vida para dejar de sujetarnos de la mano del opresor, que hemos extendido nuestras herramientas entre nosotras para interrumpir las formas como veníamos habitando los espacios de la opresión. No es para todas las mujeres porque como señala bell hooks el pensamiento feminista moderno plantea que “todas las mujeres están oprimidas” pues el sexismo como un sistema de dominación está institucionalizado, sin embargo, no está determinado de forma absoluta al destino de todas las mujeres de esta sociedad.

Estar oprimida quiere decir que hay una ausencia de elecciones. Y este vacío no se experimenta por voluntad, es sostenido por un sistema que pone las condiciones para que así sea dado. El término “opresión” es social no individual, tiene un origen político, de tal forma que para experimentar la posibilidad de elegir debe haber una lucha para ganarse ese derecho. No todas las mujeres están oprimidas, no todas las mujeres carecen de la posibilidad de elegir en todos los ámbitos de su vida.

El opresor intentará todo por hacer imposibles los sueños de las oprimidas. Los intereses de las feministas blancas de clase media y burguesas, de las académicas, han sido formar parte de la política feminista, pero esto ha sido un engaño, pues se ha hecho creer que el acceder a ciertos cargos de poder es una lucha contra su opresión y una contribución a su liberación. No hay ninguna cooperación ni buena voluntad de los opresores. Las batallas en este escenario serán interminables, pues no se desligan del opresor, piden que una parte les sea otorgada. Se encontrarán continuamente en el proceso de negociación por su liberación.

Para nosotras, las otras mujeres, nuestro sueño no se llevará a cabo negociando con el opresor, de tal forma que el acto pedagógico y el proceso educativo como actos de conocimiento y transformación de las mujeres y de su realidad serán continuamente espacios de lucha. Pensar lo político es posicionarse en una coordenada específica que inevitablemente nos coloca frente al opresor, aunque en condiciones desiguales de opresión, de violencia, de silencio, de explotación, de dominación y de anulación. Uno de los puntos de la pedagogía feminista será el tomar consciencia de la situación de opresión para transformar la realidad opresiva. Desde nuestra pedagogía feminista la batalla será partiendo de las mujeres como una clase.

Nos encontramos frente a una pedagogía de la opresión que es capitalista, patriarcal, colonial, racista, heterosexual. La pedagogía de la opresión es una oportunidad para funcionar como campo de lucha, Pensar en una pedagogía feminista para nombrar las opresiones y generar procesos para liberarnos de ellas, para transformar nuestras realidades conformando comunidades de mujeres que comparten un mundo en común partiendo de una lectura de la realidad que la reinventa. La comunidad se plantea como un proyecto político de trabajo hacia adentro, la comunidad es ese lugar que transformamos en territorio, en el que podemos construir y diseñar nuestra historia.

Las mujeres con las cuales compartimos esta pedagogía no son mujeres vacías a las cuales debamos llenar de conocimientos, ni son mujeres que necesiten ser recuperadas ni rescatadas. Como Freire anunciaba, la pedagogía no puede ser la misma de los opresores, no puede existir una mujer feminista que posea los contenidos ni otra que deba recibirlos. El proceso de conocimiento es dialógico y es político, no hay posibilidad de una educación neutra, toda educación enuncia contenidos que desmantelan la realidad a la que nos enfrentamos. De allí que los contenidos del programa de una pedagogía feminista no pueden ser los mismos que incorporan las instancias de poder como la academia o las oenegés. La pedagogía feminista no puede enarbolar una educación opresora ni domesticadora, propicia la acción política involucrando a las mujeres como clase para la reinvención de la sociedad. Por otra parte, como proyecto anticolonial, requiere desaprender todo lo impuesto asumido por la colonización tanto externa como internamente. Para que el proyecto pedagógico feminista sea posible, es necesario que sean las mujeres involucradas quienes lo lleven a cabo, autoliberándose. Por ello, el programa entiende la necesidad de la capacidad activa, de la práctica de la libertad, del nombrar, del crear, del romper con los silencios impuestos. Nuestra pedagogía no pretende estudiar a las mujeres con las cuales se ha comprometido, surge como un proceso compartido, no impuesto. De lo contrario, seguiría siendo una pedagogía colonizadora, intervencionista, domesticadora.

La pedagogía feminista la realizamos en nuestras propias comunidades de mujeres, una pregunta nodal sería ¿Cómo generar comunidades de mujeres (no colectividades)? Comunidades de mujeres que se trabajan hacia adentro y responden al propio programa, al deseado, que se autolegitiman. Mi experiencia en la construcción de una comunidad de mujeres inicia en 2014 cuando varias mujeres vinculadas por distintas razones charlamos acerca de nuestros miedos a nombrarnos y a escribirnos y sobre todo a autopublicarnos. La lectura compartida de ciertos textos elegidos para nuestra formación política nos permitió publicar nuestros primeros textos propios en mayo de 2015. Nos hemos reunido semanalmente desde entonces, conformando nuestro propio programa, nuestra metodología, propósitos, autopublicándonos y en ocasiones publicando a otras mujeres. Sabemos que es posible compartir nuestras experiencias como un referente, sin embargo, no conformaríamos comunidades de las que no seríamos parte, porque creemos en la capacidad autoorganizativa y creadora de las mujeres y en los vínculos. Desde esta pedagogía cada comunidad se crea a sí misma. Sin embargo, es posible compartir esas experiencias que orienten en la conformación de otras comunidades de mujeres, porque es una forma de propiciarlas, de detonarlas.

[1] Pañuelos en Rebeldía es un equipo de educación popular que desarrolla su práctica pedagógica con distintos movimientos populares en América Latina y del que su objetivo es la formación política de los movimientos sociales, contribuyendo desde la educación popular a sistematizar la dimensión pedagógica de su praxis.

[2] Korol, Claudia (comp.). Pañuelos en Rebeldía. Hacia una pedagogía feminista. Buenos Aires, 2007. pág. 3- 4.

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