[Opinión] Decir no. Un asunto de género, raza y clase

Ilustración tomada de Pinterest

 

Por Laura Arauz

Decir no es un estado interno de quienes se habitan desde la certeza, quienes saben que todo está bajo control y que no se ponen en riesgo. A las niñas desde pequeñas se les domestica para aprender a tener miedo de decir no. Basta con hacer memoria sobre la educación que recibimos en nuestra infancia, para muchas de nosotras no habían explicaciones ni argumentos, la “filosofía para niños” o la educación activa no existían en nuestros espacios, nuestra educación carecía de ética y conciencia crítica. Teníamos que obedecer, no cuestionar, no holgazanear, no curiosear, se va configurando un ideal a seguir sobre cómo debemos permanecer siempre dispuestas. Educadas mediante  el conductismo, aprendimos a desear el premio y a evitar el castigo. La compatibilidad entre el racismo, el clasismo, el patriarcado, la heterosexualidad obligatoria con el condicionamiento introducen el miedo a ser abandonadas por no gustar ni agradar. Cualquier proceso de autonomía encontrará obstáculos mientras esperemos la aprobación.

El miedo no es imaginario, no se trata de una amenaza latente que nunca se cumple. Hace tiempo platicando con un psicólogo educativo me cuestionaba por qué me sentía insegura al salir de trabajar a las 10 pm, le expuse que la estación de metro más próxima me quedaba a 10 minutos caminando y el trolebús que pasaba en la esquina, a esa hora tardaba mucho, entonces era elegir entre caminar al metro o esperar el trolebús, en cualquiera de las dos opciones me sentía expuesta y por supuesto no podía relajarme. Él tenía aproximadamente mi edad, pero usaba el auto de su mamá y me dijo que el miedo es un estado mental imaginario, que provoca paranoia y no es nada sano.

Nuestra cuerpa tiene memoria, memoriza nuestra historia, no podemos olvidarla. Al ser sometidas a procesos de domesticación y al ser atravesadas por una educación autoritaria, conductista, colonial, clasista, racista y patriarcal, lo común es que recibiéramos castigos y chantajes emocionales y nos sintiéramos forzadas a decir que sí porque no queríamos que mamá o papá dejaran de querernos, ni que se separaran ni que dejaran de visitarnos. El miedo se va forjando a lo largo de los años mediante actos muy concretos, basta con recordar los hashtags  #24A y  #MiPrimerAcoso y la cantidad de mujeres que habíamos atravesado algún caso de violencia sexual antes de cumplir los diez años de edad.

Hace poco visité a mi sobrina Katy y platicábamos sobre cosas que nos dieran miedo.  Ella recordó cuando cayó del primer piso de su casa. Cuando sucedió tenía apenas un año, la dejaban subir y bajar las escaleras que aún no tenían barandal. En ese momento vivían cuatro personas adultas en esa casa. Una tarde se acercó a la orilla de las escaleras y cayó. Se golpeó la cabeza… Katy sobrevivió.  Ella era muy pequeña, pero me cuenta que le daba miedo que a su papá lo podrían haber metido a la cárcel por lo sucedido. Ahora tiene diez años y siente miedo y culpa por haber puesto en peligro a su papá. Mi sobrina carga con una versión distinta sobre cómo sucedieron los hechos, pero da igual si sucedieron así o no, para ella son reales, en cualquier charla pudieron haberle platicado la versión que ella cuenta. Así, mientras unos colocan un barandal y saben que todo ha sido solucionado, ella cuida cada uno de sus actos para no poner en peligro a los demás, aprendió a obedecer, a tener miedo de sus propios actos y de sí misma, aprendió a guardar silencio.

Nuestro pasado dejó marcas, a veces una preferiría olvidar, pero no puede. A veces una preferiría no recordar, pero no puede. El castigo, el golpe, la violación sexual, son actos muy concretos de un sistema de opresiones que ha hecho parte de un proyecto colonial civilizador durante 500 años. Se han utilizado específicamente para producir la obediencia, pero su función principal es implementar una sensación de silencio y de miedo.

Los castigos, los golpes y las violaciones no nos están dados a todas las mujeres por igual, hay diferencias que provienen de la clase y la raza que nos plantean preguntas al notar que no todas las mujeres son silenciadas de la misma forma, no todas aprendieron a ceder en todo, no todas aprendieron a decir que no. ¿Quiénes pueden hablar? ¿Quiénes no pueden hablar? ¿Quiénes pueden decir no? ¿Quiénes tienen opciones? ¿Quiénes no pueden decir no? ¿Quiénes aprendieron a no mirar opciones? ¿Quién habita la cuerpa desde la certeza y la seguridad? ¿Quién habita la cuerpa desde el miedo y la incertidumbre? ¿Por qué ellas permanecen en silencio? ¿Por qué ellas deben sentir miedo? ¿Quiénes pueden hacer las preguntas? ¿Quiénes tienen ya construidas las respuestas? ¿Por qué ellas deben aceptar lo que se les imponga? ¿Por qué ellas no deben negarse? ¿Por qué ellas no pueden negarse? ¿Quién pueden enojarse? ¿Quién puede golpear? ¿Quién debe ser castigada? ¿A cuántas cosas han accedido por miedo? ¿A cuántas cosas dirían no si no sintieran miedo?

Cada una de nosotras puede hacer un mapeo de la propia cuerpa que nos confrontará con una narrativa de nuestras opresiones. Siempre es más sencillo hacer una lectura de las cuerpas de otras mujeres porque nos implican un distanciamiento emocional, en realidad una misma tiene certeza de los propios procesos de opresión, lo que hay es el silencio, lo que hay es la falta de lenguaje, lo que falta son las palabras para nombrar. Podemos leer los procesos que han atravesado nuestras cuerpas a través de las estructuras óseas, el color, brillo y textura de la piel, el tono muscular,  el brillo, el largo y el color del cabello,  la postura al caminar, al sentarse o al realizar alguna actividad, las cicatrices, el punto hacia donde se dirige la mirada cuando se habla, el volumen de la voz, la forma como camina, como se sienta. Cada una puede reconstruir su propia narrativa.

Aprender a obedecer es aprender a ceder. Obedecer es el convencimiento de la imposibilidad de la autodeterminación. Al autodeterminarnos narramos otra versión de la historia, no la del opresor, sino la propia. Estas otras narrativas no tienen cabida, el opresor elige no escuchar, pero cuando tiene qué hacerlo no necesariamente se confronta con las otras verdades, el opresor negará, se encubrirá, producirá una narrativa de esas otras narrativas, se justificará. Simplemente, no se hará cargo, nunca asumirá su propia responsabilidad. Para muchas de nosotras esto lo aprendemos con el tiempo. Sin embargo, tenemos suficientes referencias históricas para no caer en ingenuidades ni ilusiones. Debemos aprender a hacer uso de ellas.

El miedo a decir no ha sido irracionalizado, se dice que es una simple fabricación de la realidad, una alucinación femenina. He escuchado historias sobre mujeres que salieron a trabajar en los noventas y cómo eran toqueteadas en el transporte público y se quedaban paralizadas, he escuchado historias sobre cómo mujeres acosadas y violadas se responsabilizaron a sí mismas por haber provocado al agresor, he escuchado historias sobre mujeres que luego de ser violadas por algún familiar fueron expulsadas de sus “hogares”, he escuchado historias de mujeres que fueron obligadas a no interrumpir un embarazo, he escuchado historias en las que las mujeres fueron forzadas a vivir con el esposo. Pero, también, en determinados contextos, he escuchado las voces de las mujeres blanqueadas decir que simplemente esas otras mujeres pudieron haber dicho no o alejarse o evitarlo. Es la muestra de la complejidad de la intersección de raza, género, clase y poder.

¿Quiénes somos nosotras que estamos escuchando? Dice Grada Kilomba que escuchar es un acto de autorización frente a quien habla. Cuando comenzamos a escucharnos a nosotras mismas, cuando comenzamos a escuchar a otras mujeres nos estamos autorizando para hablar. Una solo puede hablar cuando la propia voz es escuchada. Cuando hablo, ¿quién me escucha? Cuando hablo ¿quién no quiere oír?  Habito muchos y muy distintos espacios, aún habito espacios mixtos, cada vez son menos, pero aún los habito, comparto encuentros con mujeres que no habitan espacios mixtos, pero también tengo encuentros con mujeres que sólo habitan espacios mixtos. Cada espacio mixto habitado implica una confrontación, luego de que aprendimos a leer el mundo desde nuestros propios ojos, desde nuestras propias experiencias, sabemos por qué en esos espacios unos son quienes saben qué y quienes no y por qué. Es una cuestión epistemológica, lo que se reconoce como conocimiento, quién se ha apropiado de él, quién puede producirlo y desde dónde y quién no. Es una cuestión política de relaciones de poder raciales, clasistas y de género. Si el psicólogo dice que tu miedo es irreal, tu experiencia será percibida como tal y nunca serás tomada en serio. Incluso después de una violación pueden sacarte datos estadísticos para intentar convencerte de que ya pasó, de que los datos duros te dicen que no volverá a suceder así que es hora de que te vayas relajando.

Existe una jerarquía que funciona en la construcción del conocimiento, esos supuestos binarios que en la realidad tienen la función de violentar, lo que es objetivo/subjetivo, racional/emocional, parcial/imparcial, hecho/opinión que definen ¿Quién puede hablar y quién no? ¿Quién será escuchado y quién no?

Cuando hablamos de cosas que no deben ser dichas se produce una incomodidad, estamos mirando algo que no debe ser visto, estamos visibilizando algo que ha permanecido invisible, que no tiene cabida en sus narrativas, estamos fuera de lugar, en realidad yo no me creo la idea de que ponemos en peligro al opresor, lo que pienso es que al hacer visible nuestra percepción de la realidad, nosotras nos estamos haciendo visibles, nos ponemos en la mira. No quiero caer en la romantización de la rebeldía de quienes creen que han accedido a otro nivel por sobre sus compañeras al haber alzado la voz. Si en algo puede alertarnos Lorde es que nunca estamos a salvo hablemos o no, así que es mejor aprender a nombrar porque el miedo siempre estará latente, pero podemos domesticarlo.

¿Algún día estaremos a salvo? Al menos no pronto, aún hablamos desde un lenguaje del trauma, aún lo necesitamos para producir conciencia. Creo en el impacto que produce el lenguaje del trauma, en la escritura terrorista que no es ni universal ni neutral, que habla en nombre propio, que narra su propia historia que es también cultural. Dejemos de usar la psicología new age para afirmar que la autoestima es el problema de las mujeres que les imposibilita decir no. Preguntemos a nuestra propia historia y a nuestras cuerpas si realmente nos sentimos liberadas de nuestras opresiones, entonces sabremos que en algún punto estamos imposibilitadas para decir no.

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