[Opinión] A mi barrio se lo tragan las inmobiliarias

Por Montserrat Pérez

De una vez aviso que yo no soy experta en el tema. Esto es más bien una narración de lo que veo, de lo que experimento y lo que siento desde hace un tiempo. Ahora ese recelo y desconfianza se vuelve más profundo, porque es por dinero que se perdieron vidas.

Vivo en un barrio de la Ciudad de México que hasta hace unos años se consideraba “peligroso”, incluso la gente tenía motes para burlarse de la inseguridad de la colonia. Había zonas a las que no nos acercábamos cuando era pequeña y sabíamos muy bien sobre los conflictos entre bandas rivales.

De pronto se vinieron algunos cambios de imagen. El parque principal fue remodelado, introdujeron más seguridad y atrajo la atención por sus sitios históricos. También pasó otra cosa: las colonias cercanas que ahora estaban de moda (la Roma, la Condesa, la Juárez) comenzaron a encarecerse. Las rentas subieron al cielo y, con eso, la gente empezó a buscar nuevos lugares.

En esos momentos ya observábamos algo: de pronto, edificios viejos de la colonia eran reemplazados por lujosos edificios de departamentos, mucho más pequeños, sin una arquitectura que respetara la identidad del barrio, pero que ofrecían una serie de servicios: mantenimiento, gimnasio, roof garden, balcones, estacionamientos y demás.

Poco a poco, el rostro de la zona comenzó a transformarse. Surgieron negocios nuevos, más vanguardistas, y aún más caros. Los edificios nuevos se multiplicaron, especialmente en las calles que antes se consideraban más peligrosas, ahí, donde había más vecindades o construcciones multifamiliares viejas.

Los artículos en revistas y periódicos hablaban (y aún hablan) de mi colonia como la nueva colonia Roma, un lugar “in”, una “oportunidad inmobiliaria”. Y, sí, se dio una oleada de compras y rentas en los últimos dos o tres años, como jamás había visto. Algunas personas llegaron atraídas por la belleza de la zona, otras por lo bien comunicada que está y otro grupo porque no le quedó de otra: “Acá en la Roma ya está carísimo, goey”, dijo el dueño de una galería de la Roma antes de mudarse, según me contaron.

Por cierto, mi colonia tiene una riqueza arquitectónica e histórica vasta. Por eso yo me preguntaba, cuando pasaba delante de algunos edificios, por qué los delegados de la ciudad no se fijaba en ellos, por qué los dejaban caerse, por qué, cuando había tantas familias ahí, no se preocupaban los gobiernos por reforzar las estructuras o por qué no se usaban los edificios abandonados como casas de cultura o centros de recreación para quienes habitábamos el barrio.

Otra pregunta que me rondaba la cabeza era cuál era la urgencia de construir. Un día se tiraba un edificio y al otro ya entraban las excavadoras y desaparecían cualquier rastro de lo que había existido antes. Todo para erigir monstuosos cubos de concreto, muy modernos ellos. ¿Y las familias que antes vivían ahí? ¿Desaparecieron mágicamente?

En alguna ocasión me explicaron que, obviamente, las personas no se desaparecían por arte de magia, sino que los predios dañados se compraban muy baratos, le daban el dinero a la gente y se quedaban con él. Otros espacios, grandes espacios abandonados como el Cine Ópera, que está en una colonia cercana, han sido usados únicamente para grabaciones de películas, comerciales y demás, a cambio de dinero, claro. Ahora se encuentra en riesgo y con él quienes habitan sus alrededores.

Hace dos años exactamente escribía en mis redes sociales: “Con tanto edificio vacío en la ciudad, los proyectos sociales deberían tener derecho a ocuparlos y no que se pudran ahí por siempre jamás o hasta que los derrumben para hacer departamentos del tamaño de una caja de cerillos”. Hoy es un pensamiento que no me abandona. ¿Quién se hace rico a costa de la vida de la gente?

Porque se trata de eso, no son las cosas, no son los edificios. Son las personas que son desplazadas, son quienes perdieron la vida ante el descuido y la avaricia de unos cuantos. Es la corrupción de quienes permiten que estas grandes inmobiliarias se adueñen de todo sin mirar a quienes afectan, el riesgo en el que nos ponen por vender en precios estratosféricos propiedades que no valen realmente ni la fracción.

A veces me quedo pensando cuánto le queda a mi propia casa, cada que tiembla revisamos todo, esperando que resista y resiste como un roble fuerte, pero la vida cambia, tampoco sé hasta cuándo podremos mantener el ritmo de la ciudad: el tránsito, las violencias, la impunidad. Nos tragan las inmobiliarias, nos traga el capitalismo. Pero es un excelente momento para pensar cómo podemos defendernos de este embate, cómo podemos generar estrategias de resistencia y de cuidado de nuestros espacios.

Asimismo, tenemos que señalar la responsabilidad de estas empresas en la desgracia que ahora embarga la Ciudad de México y la que han ido gestionando por años. Tienen las manos manchadas de sangre y no podemos dejarlo pasar. Ni un peso a las inmobiliarias asesinas. Ni un centavo a estos negocios hechos para separar a quienes sí tienen de quienes no. ¡Justicia para nuestros barrios y para nosotras!

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