Elegí al feminismo radical por encima de mi novio usuario de porno y recuperé mi humanidad

Ilustración de Anuska Allepuz vía Pinterest

Tomado de: Refuse to date men who use porn | Traducido por: Joanna Bartolomé Polo

 

Él sabía cuánto yo deseaba tener una hija. Él decía desearlo también. Teníamos todo planeado. Él estaba listo para mudarse a Estados Unidos conmigo. Yo iría a estudiar a Boston y él trabajaría. Nos íbamos a casar en noviembre. Todo eso fue antes de verla: su rostro estaba retorcido y contorsionado.

Podría haber oído su voz con un solo clic, pero me quedé fría. Ella era la “estrella” de “Korean Slut Gets Pounded by Huge White Cock”. Lo leí en alto con la voz apagada, casi demasiado silenciosa para oír el tono de mi propia incredulidad. Él se rió nerviosamente y dijo “no, no, no, no, no…” y me quitó su teléfono, que me había dado para googlear algo. Enterré mi cara en mis manos. Me dijo que lo sentía, pero era una disculpa a la defensiva, temerosa, una disculpa tipo: “por favor no te enojes conmigo”.

Levanté la mirada e inhalé profundamente: “No entiendo cómo puedes hacer eso”. Él vaciló, luego dijo: “Es natural para los hombres”. Vi venir esa respuesta, pero no cedí. “Las mujeres en esos videos están siendo violadas”, dije con asco y rabia. La conversación siguió. No creo que él se diera cuenta que con cada débil frase de defensa que arrojaba, me hería más.

Traté de ser indulgente. No quería ser difícil. Él decía que me amaba y yo estaba agradecida. Estaba tan temerosa de perderlo que me dije: “necesito pasar por alto los signos de un posible problema”. Cuando él admitió tener “cosas de hombre” almacenadas en su computadora y en su móvil, me reí embarazosamente.

Pero ver ese video fue una llamada de advertencia. Sabía que yo tenía que mantenerme firme por lo que era correcto, y traté de ayudarlo a terminar con eso. Le envié recursos que, yo esperaba, le ayudaran a entender los efectos negativos de la pornografía en sus usuarios, sus parejas, la sociedad y esas mujeres. Le dije que él no era una mala persona, sólo tenía un mal hábito. Le dije muy claramente que está bien pajearse, pero que el cerebro es el órgano sexual más poderoso. No hacía falta la pornografía. Le dije que creía en él, y sobre todo, que lo amaba.

“Déjame”, respondió él. Dijo que yo no entendía, y después, que yo sonaba como una loca. Toda la experiencia me dejó sintiéndome devastada y con náuseas. Claramente él no quería cambiar sus maneras. Yo no quería controlarlo, pero sí quería que él se diera cuenta por qué la pornografía estaba mal, y que luego él modificara sus propias conductas. Más que nada, seguí pensando en nuestra futura hija. Yo no podía criar hijos, mucho menos una hija, en una casa donde se consumía pornografía. Yo no dejaría que ninguna mano que se procura ultrajes sexuales en línea, tome los pequeños dedos de mi hija de camino a la escuela en la mañana.

Cuando lo dejé dos días después, él no objetó. Por última vez, eligió la pornografía antes que a mí. Lo extrañé de inmediato. Tenía problemas para aceptar que el hombre que era en otros aspectos tan benigno, tomara parte regularmente en las violaciones de mis iguales -mujeres- sistemáticamente grabadas. Lloré por 7 horas seguidas. Recibí simpatía. El habitual “está bien sentirse mal por ahora”, “sé lo que él era para ti”. Sin embargo, la comprensión más profunda que esperaba por el “porqué” estaba tan triste, sorprendentemente no la tuve.

Cuando planteé la situación como un DILEMA ÉTICO, explicando por qué no podía tolerar el uso de pornografía, encontré “hmmm…” y silencios incómodos. Las amistades que llamé son buenas personas, quiero resaltar eso. Se interesaron y fueron pacientes cuando les llamé; hicieron su mejor esfuerzo para ser de ayuda. Aunque sus respuestas se sintieron inadecuadas, no los culpo, porque sus respuestas reflejaban un problema más grande.

Culpé a la sociedad que enseña a las mujeres a tolerar todo tipo de mierda de los hombres. Se nos enseña a priorizar y luchar por el amor heterosexual tanto que la vara para los hombres está casi en el suelo. Muchas mujeres sienten rechazo por el porno, pero aceptan resignadas que sus novios consuman. Es un tópico vergonzoso, discutido en voz baja, si es que lo es, y sólo con las amigas en que más confían para que un conocido no las tache de puritanas.

Pero el porno es una epidemia maliciosa. Internet ha facilitado el acceso y, a la par, la normalización ahora más que nunca. Descubrir material violento en la computadora de un hombre mayor (un hermano o un padre, por ejemplo), es básicamente considerando un ritual de iniciación para chicos adolescentes y pre adolescentes. Se ha vuelto un tema común en comedias. Después de mi ruptura, alguien me dijo: “no creo que vayas a encontrar ningún chico que no vea porno.” Bien, si todos los hombres que conozca en el futuro creen que necesitan del porno para estar satisfechos, entonces al diablo con ellos.

Nadie nació con la inclinación o necesidad por el porno. No, ni siquiera los hombres. No es natural ni saludable encontrar estimulante la degradación de las mujeres. Éstas no deberían ser afirmaciones controversiales, pero mucha gente simplemente no cuestiona eso. Desafiar injusticias normalizadas es atemorizante y oneroso. Apenas te das cuenta que hay un problema, no puedes tronar tus dedos y dejar de darte cuenta.

Nosotras, las que desafiamos a la pornografía, específicamente desafiamos un dogma fundamental de la supremacía del hombre: si los hombres no pueden subyugar a las mujeres, ¿qué clase “opuesta” de gente “podrían” ellos subyugar? ¿A quién pueden controlar, cosificar y utilizar? La respuesta es “a nadie“. ¿Podemos imaginar un mundo semejante? Tristemente, la mayoría de nosotras no puede. Las mujeres que están relacionadas con un hombre, comprensiblemente, tienen miedo de ver a “sus” novios y esposos como complacientes en un sistema de abuso.

Los movimientos sociales son una gran fuente de estrés y una manera segura de tener menos diversión. Si nunca hubiera leído los trabajos de Andrea Dworkin, Gail Dines, y otras feministas radicales anti-porno, podría estar felizmente casada ahora. Pero no cambiaría ni una cosa. Perdí a alguien que amaba, pero gané algo más importante: El feminismo radical me devolvió mi humanidad.

Les imploro redescubrir su propia humanidad también. Un tipo profundo de empatía yace dentro, enterrada bajo años de socialización. Desentiérrala, aún si solo es por las niñas y mujeres que vienen después de ti. Lee. Piensa. Reacciona profundamente, desvergonzadamente. Habla con otras mujeres, y siente por ellas. Pelea: no tengas miedo de señalar los crímenes de los hombres.

Y a aquellas que ya ven la pornografía como lo que es, una cloaca de abuso, explotación y misoginia, hoy es un buen día para dejar de tolerarla, incluso si implica dejar a tu novio. No hay vergüenza en demostrar tu humanidad. Demasiada dignidad humana pende del balance.

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