Opinión

[Opinión] “Deja de cuestionar tanto”, dijeron

Baile

Mariana C. Bertadillo

Hace dos o tres años, cuando recién me decidía a dejarme habitar el feminismo, hubo una vocecilla, en el ciberespacio y en la vida fuera de, que me ayudó a replantearme muchas cosas. Le llamó “bizarro” a mi caos de ideas porque dijo que para concretarlas, primero tenía que ordenarlas. Publicaba videos y fotografías que, por sí solos, cuestionaban el conservadurismo rampante de mucha gente, incluyéndonos a nosotras, muchas morras de mi edad que la veíamos raro porque nos provocaba miedo. ¿Miedo a qué? A soltar las certezas de las que veníamos: familia, noviazgos, interacciones violentas, incapacidad para organizarnos y proyectar propuestas ambiciosas. Aventarse.

Me atreví a conocerla de cerca, de verdad, después de que la aborrecía por tanta franqueza y lucidez que no se podía callar (patriarcado detected, vol. 1). Un día fui por pulque con ella y acabamos llorando al hablar de historias familiares, del racismo que traíamos cargando en la mochila y del que habíamos podido hablar tan poco. Otro día me ofreció su casa para irme allá cuando la novia de cuatro años me dijo que regresaba a la heterosexualidad. La morra a la que yo tanto aborrecía en algún momento, pasó de ser una incipiente referencia epistemológica por su capacidad para criticar las estructuras y no las actitudes, a una de mis mejores amigas.

Vino el #Lesboterrorismo y con él la serie de cosas que se han dicho, desdicho, hecho, criticado y transformado. Eran pocas, fuimos más. Hoy son un chingo. Las reflexiones que se propusieron como premisas en aquellos momentos iniciáticos del 2013 pasaron a construirse en procesos colectivos cada vez más amplios: discusiones profundas en twitter, publicaciones con respuestas hostiles en facebook, un manifiesto en tumblr… luego vino Rebeca Lane​ a enseñar a rapear y, con ello, más música (además de la que ya hacía otra grande del Lesboterrorismo, doña Sari), ¿quiénes son las lesbianas conversas? ¿cómo abortar con misoprostol? ¿quiénes son los machicuirs que se sienten con la legitimidad discursiva de nombrar “revista de chismes” nuestros espacios de disidencia desde la palabra? Los novios de mis amigas pegaban gritos en el cielo con lo que estaban comenzando a escuchar; una que otra se cuestionó de manera profunda su heterosexualidad. Hubo truenes, rupturas, llantos y MUCHA ALEGRÍA. No imagino la cantidad de gente que ha podido llegar a leer sobre el Lesboterrorismo de manera profunda, sin prejuicios basados en prenociones básicas, y no replantearse incluso la necesidad de sonreír a partir de las muchas ironías con las que desde ahí se escriben: “es invitación, compañeras… HOY ES UN BUEN DÍA PARA SER LESBIANA”.

Y frente a toda una bacanal que le ha dado sentido a la emblemática frase DEFENDER LA ALEGRÍA, ORGANIZAR LA RABIA, vinieron las hordas de machirrines, con pene o sin él, que quisieron cuestionar incluso si dentro del grupo era posible que existieran los celos: “¡qué horror! ¿ellas?”. Gente metida en espacios feministas, juzgando, violentando, midiendo siempre.

Hace unos días, no tantos, pero tampoco tan pocos como me gustaría, me hicieron una invitación: “deja de cuestionar tanto”. Salí llorando de ahí. Lloré de rabia, porque de inmediato detecté que la única -y mejor, para mí- manera de salirme de todos los lugares comunes donde estaba inserta, incluyendo relaciones de pareja violentas, un espacio doméstico plegado de machismo que comenzaba por violentarme económicamente, vivir la universidad de manera pasiva y muchas veces desde la abnegación, sólo había podido comenzar a transformarse CUESTIONANDO, CUESTIONÁNDOLO TODO, incluso los espacios feministas. No ser esencialista y aun más importante, tener claro que las inconsistencias están presentes casi en todo lo que hacemos, pero que lo rico de situar los análisis es crecer desde su identificación y trabajo constante para desanclarnos de las cosas que nos han enseñado como correctas.

Mi forma de llegar a esta etapa de reflexión que pasaba por emociones, memoria y “logos”, no fue en las aulas de la unam, aunque incluso con toda la mierda que existe allá dentro, hay profes y compañeres harto rescatables. No fue en casa, donde un par de varones me enseñaron que la misoginia es la forma “natural” de vivir y las mujeres del grupo a asumirlo. Tampoco en mis relaciones de pareja, donde entendí que la compulsión por estar-con es bien dañina y reproduce, además de codependencia, relaciones violentas con nosotras mismas. Aprendí a ser crítica leyendo a otras que, como yo, comenzaban a plantearse la necesidad de no sólo pensarlo, sino compartirlo… y por eso, mucha gente se burló, desdeñó y puso en sacos aparte sus posturas de lo que les parecía “demasiado radical”.

Con dos años de distancia de esos primeros acercamientos a una propuesta para vivenciar el feminismo, puedo decir que sí, #TodasSomosMenstruadoras. Cuando más ganas he tenido de gritar que no se trata de que yo “cuestione demasiado”, sino que a la gente TANTAS VECES LE CONVIENE CUESTIONAR TAN POCO, que el problema no es una, sino las estructuras que aprendemos a ver como normales… recuerdo que mis ideas bizarras necesitan organizarse para proyectar cosas distintas a las que ya veo y no me gustan. Pienso en Luisa, pienso en su enorme capacidad para crear y accionar y siento también, en el fondo de mis entrañas, que una compañera de lucha que no fue mi mamá, alguna profesora, mi abuela o una líder autonombrada, la que con chocolates y música respaldó mi decisión de afrontar cambios necesarios.

Sé que ella es un ejemplo de esto para el contexto en el que vivimos y estoy convencida de que es imprescindible que después de lo que estamos viendo, seamos capaces de unir los puntos que tenemos en común. No por ella: por todas nosotras, por lo que viene después de turbulencias como lo son las propuestas radicales. Por el derecho y la necesidad de tomar como nuestros los espacios que el sistema encarnado en nuestras morales coloniales, adultocentradas y heterosexuales nos niegan…

Abandonar los cuestionamientos que llegan en forma de torrente cuando una tiene voluntad de tirar prácticamente todo y empezar porque aprende a mirar de otro modo, es ceder lugar nuevamente al sistema: es orillarnos y asumir, de forma abnegada, como nos enseñaron desde chicas en la iglesia, en la casa, en las relaciones de pareja y con otras como nosotras que no tenemos la capacidad, que NO PODEMOS cambiar las cosas. Que no cambiamos nada. Si cuestionarlo todo implica incluso cuestionarnos a nosotras mismas con todo el dolor que eso conlleva, no tengamos miedo. Si cuestionarlo todo implica que un montón de gente de distintas latitudes haga todo por defender la podredumbre en la que vivimos y hemos aprendido a ver como normal, no nos abandonemos en las luchas y por el contrario, reforcemos nuestra actitud de verlas compartidas. Es hoy, frente a toda esta vorágine de resistencias, que nuestros ecos necesitan hacerse más audibles. Tengamos la fuerza de seguirlos haciendo explotar.

“El acoso a Luisa Velázquez Herrera ha sacado su voz de las redes sociales, una voz inmensamente importante, valiosa y provocadora. Velázquez Herrera nos obliga a cuestionarnos a pensar y a tener ideas. Su presencia en redes es invaluable.” La Sangrona, de @Catalinapordios

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