Feminismo

María Inés, Yamile y María Fernanda

Por Adriana García

María Inés, mi mamá, es increíble, la amo y la admiro por el valor que tuvo para defenderse y salvarse de una vida que la reprimía, condicionaba y condenaba al dolor, la tristeza e injusticia. Cuando yo era una niña, prefería estar con mi papá que con ella porque me regañaba, él no. Él me consentía, ella no. Yo creía que el amor es eso, que no te digan nada, que te dejen hacer lo que quieras, que no importe si actúas bien o mal.

Mi mamá me hacía ver que los actos tienen consecuencias, que las palabras duelen, que hay responsabilidades, que debía hacerme cargo de mi misma. Claro que también me hacía cuidar de mi hermano, me daba más tareas que a él, era más permisiva con él, le toleraba lo que a mí no. Yo no noté esos detalles, sino hasta mucho después.

Siempre pudimos platicar de todo hasta que comencé a crecer y cuestionar ciertas cosas. Como cuando tuvo un novio y lo llevó a vivir a casa sin consultarnos a mi hermano y a mí. Ella y mi papá dejaron de ser pareja y siempre pensé que mi mamá podía si quería tener otra relación, pero esa nueva en especial fue terrible. Él era el tipo doble moral más mustio que conozco, horrible, asqueroso, insoportable y mamá y yo discutíamos porque ella quería que lo aceptara y yo que él se fuera. Algo se rompió, ya no pudimos hablar, era incómodo estar en casa, sólo él ganaba.

Afortunadamente, se acabó. Terminaron la relación luego de que él solo se pusiera el pie, y con muchas horas de plática y lágrimas nosotras volvimos, nos curamos, nos perdonamos y fue un perdón de verdad, no nos recriminamos, nos dimos cuenta de que esa confianza que teníamos era sumamente valiosa y que no deseábamos volver a perderla, no queríamos pelear, no queríamos herirnos.

Desde ahí sabemos que contábamos una con la otra, que más que mamá e hija éramos amigas y juntas hemos llevado un proceso de aprendizaje y desaprendizaje, mi mamá creía que no podía hablarme de su vida sexual, temía lo que yo pudiera pensar, sentía que no podía externar que teníamos problemas económicos porque yo la vería débil y no como una mamá que lo puede todo. Yo le decía que, en efecto, ella no lo puede todo ni tiene por qué resolverlo. Juntas aprendimos que más allá del rol, somos mujeres que por ser mujeres la hemos pasado mal, y que es injusto que yo la vea como la que debe sacrificarse por mí y por mi hermano, la que nos debe anteponer a sus sentimientos, pedir, pedir, pedir y no preguntarle siquiera de su día, preocupaciones, emociones. Es injusto que ella crea que lo bueno o malo que hagamos es en función de lo bien o mal que nos educó.

Me encanta verla con sus amigas en el karaoke, dándose ese tiempo de charla hasta el desvelo, yendo a bailar, viajando, descansando. Nuestra amistad radica en confiar una en la otra, en respetar nuestras decisiones y no dudar de la capacidad de acción de la otra, apoyarnos y amarnos mucho.

Yamile es mi amiga, es lo que conocemos como -mejor amiga- aunque decir -mejor amiga- quiere decir que tenemos otras amigas que no cuentan con requisitos o parámetros para subir en nuestra consideración o en nuestra estima. En mi caso, Yamile es mi amiga de verdad, no la mejor, la única. La única amiga que tengo que no es de mi familia consanguínea, sino que nos elegimos para acompañarnos.

Nos conocimos cuando estudiábamos la preparatoria. Formábamos parte de un grupo de seis chicas, que andábamos juntas casi para todos lados. De ese grupo, Yamile y yo seguimos hablando, no nos perdemos la pista. Cuando estábamos en la preparatoria peleábamos mucho, constantemente nos dejábamos de hablar por algo que alguna de las dos había hecho o dicho y que le molestaba a la otra.

Pasaba algo interesante, cada una quería que la otra hiciera cosas que no quería; yo le insistía y procuraba que no se perdiera las clases, que hiciera las tareas, que no llegara tarde a su casa, que no hiciera enojar a su mamá, que no saliera con el chico que le gustaba porque yo estaba segura de que no le convenía, ni él ni las demás cosas. Quería que se esforzara en sus estudios (como yo), que tuviera una mejor relación con su mamá (como yo), que no se metiera en problemas con ese tipo, que no le hablara (como yo). Ella quería que yo me enchinara las pestañas y me pusiera sombras en los ojos (como ella), que me vistiera diferentes y me alaciara el cabello (como ella), que saliera por las tardes y fuera a fiestas (como ella).

Cuando trabajamos en equipo para alguna actividad escolar, era pelea segura, ninguna aceptaba llegar a acuerdos, ambas queríamos mandar y que la otra nos diera la razón. Cada que peleábamos pasaban días para que nos volviéramos a hablar y seguíamos prometiendo que no volvería a pasar. Nunca se me va a olvidar ese día en el nos sentamos una frente a la otra a hablar largo y tendido, nunca me había dicho lo necia que le parezco, lo mandona y entrometida que me había portado con ella. Yo nunca le había dicho que me parecía inmadura e irresponsable, vanidosa.

Luego nos dijimos lo bueno que veíamos en la otra, lo que nos hacía querer estar juntas, eso que hacía que volviéramos a hablar: apoyo que encontrábamos cuando contábamos nuestros problemas, consuelo. Admirábamos la inteligencia de la otra, su valentía, la forma de ser. Ella me dijo que, en el fondo, quería llevarse con su mamá como yo con la mía y yo admití que a veces no quería estudiar tanto, que ojalá un día pudiera sin sentir culpa faltar a clase y regalarme un momento, descansar de querer ser la mejor. Ese día acordamos que no nos juzgaríamos, que no era nuestra tarea lograr que la otra fuera como queríamos sino respetar sus decisiones. Eso sí, ser críticas, no criticonas, ser abiertas, cariñosas, no condescendientes, sinceras. Yamile y yo nunca tuvimos los mismos intereses, luego de la preparatoria nunca tuvimos de nuevo amistades en común, pero ella y yo somos amigas a pesar de donde estemos, con quien estemos y lo que hagamos, mantenemos la comunicación y cuando volvemos a vernos parece que el tiempo nunca pasó porque podemos hablar de todo con plena confianza y sin temor de nada.

María Fernanda es mi prima, hija de un hermano de mi mamá. Nació dos años después que yo. Dos mujeres, ¡qué mal!, si no llegan nietos, ¿quién va a pasar el apellido de la familia? Las mujeres pierden el apellido cuando se casan– decía mi abuelito. Cuando éramos niñas, tíos y tías siempre nos comparaban, y mi mamá y mi tía, es decir mi mamá y su mamá, comenzaron una especie de competencia que se reanudaba en cada reunión familiar: quién sacó mejores calificaciones, quién realiza más actividades, quién esta más alta, quién come menos, quién parece más bonita. Tremendo, porque en algún momento de nuestra vida nosotras dimos seguimiento a esa competencia, lejos de darnos gusto vernos, al menos en mi caso, se sentía una presión porque no sabía si en el lapso que no nos vimos, ella habría hecho algo increíble, que a los ojos de la familia me dejaría en el último lugar (tal cual, «último lugar», era una competencia).

Cuando estudiábamos la universidad, nuestras escuelas quedaban cerca, comenzamos a vernos de otra forma, dejamos de competir, descansamos, nos quisimos. Lejos de sentir presión por superar a la otra, comenzamos a preguntarnos cómo estás, cuál es tu sueño, quién eres, qué quieres. Nuestras mamás descansaron también. Y es que ellas no se llevaban mal, nosotras no nos llevábamos mal, la familia dice querernos mucho a ambas, pero algo tenebroso pasa al interior de las familias que muchas veces son las personas que más te hieren y más te juzgan a pesar de ese amor y esa unidad que predican. Y aunque no te lleves mal hay una serie de cosas que hacen las personas para incomodarte o herirte, así era en estos casos, podían platicar ellas y podíamos jugar nosotras, pero en otra dimensión sabíamos que comenzaban las comparaciones y entonces sí, -ojalá sea yo la que gane-.

Fernanda y yo superamos eso, nos volvimos confidentes. Hoy nos llamamos hermanas, compartimos todo y nos hemos ayudado a sortear momentos difíciles. Sabemos que, aunque no nos vemos seguido, siempre estamos juntas.

Estos casos son amistad política porque María Inés, Yamile, María Fernanda y yo superamos fuertes estructuras invisibles que nos causaban dolor, que nos hacían juzgarnos y esperar de la otra perfección. Los corazones sanan cuando el alma descansa de esas múltiples reglas que nos presionan para exigirnos y obligarnos a la indolencia, a la invisibilización; a la misoginia interiorizada que nos impide alegrarnos por otras, dolernos acompañadas y como sea siempre sentirnos menos.

 

*Nota: Este texto es resultado del Taller de Escritura Feminista para elaborar Columnas de Opinión impartido por Luisa Velázquez Herrera en Ímpetu Centro de Estudios, A.C.

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