Mi relación conmigo misma, apuntes sobre heterosexualidad obligatoria

Por Laura Arauz

¿Y cuántas muertes más

habremos de vivir cada día

pretendiendo que estamos vivas?

Audre Lorde

Hace unos días abrí una libreta en la que escribí varios pensamientos que me venían atravesando durante el verano pasado. Encontré esto: “la mayor violencia será la que inflijas contra ti misma”. Pensé en lo mucho que me ha costado recuperar mi cuerpo, mis pensamientos y mis emociones. Mi relación conmigo misma ha sido durante toda mi vida autodestructiva, antes no tenía consciencia de que mucho de lo que pensaba-sentía-hacía me provocaba o había surgido de algún daño. Hoy lo sé y cada día me implica una lucha por no sentir ni culpa, ni vacíos, ni miedo, ni tristeza.

Una frase que me marcó de la mujer poeta lesbiana negra Audre Lorde fue “tus silencios no te protegerán” ¿Cuántas veces me había silenciado? ¿Cuándo había transformado algo al silenciarme? No recuerdo desde qué momento comencé a silenciarme, a dejar que otros eligieran y decidieran por mí. Aunque para ser honesta ninguna de nosotras lo recuerda porque es un acto que nos antecede. Desde antes de nacer hemos sido nombradas y definidas desde fuera. Cuando comenzamos a hablar ya hemos sido domesticadas para articular un lenguaje que no nos es propio, desde la obediencia, así que toda nuestra vida nos implicará una lucha por romper silencios, por nombrarnos y autorreferenciarnos. En muchas ocasiones nos traicionaremos bajo cualquier justificación y descuido que nos vendrán del miedo instalado muy dentro de nosotras.

La lucha por romper mis silenciamientos no debe ser reducida a lo terapéutico, es, al menos, un acto político por nuestra sobrevivencia, pero sobretodo, por la posibilidad de crearnos, nombrarnos y escribirnos desde el propio cuerpo.

Atrevernos a narrar lo que pensamos y sentimos, darle sentido dentro de un sistema que invisibiliza y patologiza cualquier “síntoma” ligándolo a una falta de autoestima o depresión, despolitizando nuestras experiencias, es una desobediencia y una posibilidad para mantenernos vivas.

Todas las mujeres hemos sido construidas para mantener una relación autodestructiva con nosotras mismas. Al nacer somos instaladas en la heterosexualidad obligatoria, ese régimen que se inscribe de forma obligada sobre el cuerpo de las mujeres, que nos construye como clase sexual para la competencia entre nosotras mismas y para identificarnos con lo masculino, en la que se efectúa “la interiorización de los valores del colonizador y la participación activa en la ejecución de la colonización de una misma y de su sexo”.[1] Internalizamos este ser en la percepción de nosotras mismas, nunca nos sentimos completas ni suficientes.

Cuando somos pequeñas nos enseñan a mirar con vergüenza nuestros cuerpos, nos repiten constantemente cómo debemos vernos para gustar a los demás, hasta convencernos, internalizamos lo que debemos sentir y hacía quiénes debemos dirigir nuestras energías. Ninguna de nosotras llega a sentirse satisfecha consigo misma, porque lo que hacemos no es para nosotras.

De pequeña me desagradaba mi cuerpo, mi mamá a diario me hacía ver que no debía comer tanto o que debía hacer ejercicio y cuando me crecieron los pechos me compraba ella misma los brasieres y me decía cómo debía hacer para que no se vieran caídos, los colores que debía usar y los que no y tantas cosas más. Aún ahora veo fotografías mías de aquéllos momentos y me desagradan. Me cuesta mucho relacionarme conmigo, comer a mis horas, no saltarme comidas, no sentir culpa por comer un poco más o un poco menos, porque no tuve ganas de salir a correr o hacer ejercicio, porque la pancita creció, porque a mis 35 años mi rostro ya no es el mismo y podría sumarle cada vez que me miro al espejo, también me cuesta dejar fluir mis emociones, no querer perderme a mí misma sin parecer egoísta. Ha sido doloroso llegar a amar mi cuerpo y desterrar de mis pensamientos-sentimientos-prácticas todos esos fantasmas autodestructivos. Esto no es casual, pues para perpetuarse, “toda opresión debe corromper o distorsionar las fuentes de poder inherentes a la cultura de los oprimidos de las que puede surgir energía para el cambio”.[2] A las mujeres se nos ha arrebatado lo erótico como poder y se ha tergiversado. Nos hicieron creer que lo erótico es una especie de placer que se limita a lo sexual y siempre al lado de un hombre y además reducido a lo genital. Desde esta perspectiva nuestros cuerpos tampoco nos pertenecen, porque incluso, en esas prácticas, el otro cree saber qué es lo que nos hace falta y qué es lo que nos satisface.

¿Por qué es tan doloroso encontrarnos con nosotras mismas y amarnos? ¿Por qué llega a ser tan difícil encontrar en nuestra memoria rastros de momentos en los que fluimos tan libremente y fuimos totalmente creadoras?

Fuimos negadas para experimentar la vida desde lo erótico, es decir, desde nuestro ser creador que sólo es posible cuando sentimos, cuando disfrutamos, cuando no tenemos miedo, cuando tenemos esa consciencia de nosotras mismas desde la que nadie podrá jamás decirnos quiénes somos ni qué nos debe causar placer. “Siento, luego puedo ser libre…” el otro día, en un taller que compartió una bruja escritora lesbofeminista, haciendo varios ejercicios de escritura desde el placer, recordé varias de mis actividades favoritas a lo largo de mi vida, andar en bici, correr en el bosque, respirar, sentir y mirar la lluvia, los besos, leer, escribir, caminar sin rumbo, charlar, mirar el cielo, sentir el aire, mirar y escuchar el mar, dibujar, soñar, imaginar, crear… ¿Cuántas veces nos miramos desde lo erótico?, pero sobretodo ¿Cuántas nos vivimos desde él?

Como habitamos un cuerpo, inevitablemente éste pasa por la experiencia (acuerpamos). Pero en este sistema de muerte de Necropolítica nuestro cuerpo pasa por la experiencia de la guerra, nos trastoca, se nos instala, nos cambia la consistencia, nos desteje, nos avería y nuestro cuerpo aprende, para sobrevivir, formas de pararse frente a la guerra, frente al otro que le exige qué ser, qué sentir, qué desear, qué hacer… frente al otro que se beneficia mediante la tergiversación y el miedo convenciendo de que otro mundo no es posible, sólo es lo que es.

Crecí sintiendo que nunca era suficiente, mi ser se llenó de vacíos que he tenido que aprender a llenar, durante mucho tiempo he percibido mi existencia como una lucha por mi propia sobrevivencia, por construir nuevas formas de pensarme y sentirme desde la posibilidad de crear. Allí miro lo erótico, en el soñar y hacerme posibles otras formas de vida desobedientes y creadoras.

Como mujeres contenemos una ira interior contra nosotras mismas, alojamos la rabia que durante nuestras vidas adultas tenemos que aprender, necesariamente, a transformar en amor. Yo aún lucho por desterrar de mi esos pensamientos y emociones que me llevan a la autodestrucción. ¿Cómo mirarme al espejo cada día sin percibir mis cambios ni mis rasgos de una forma negativa? ¿Cómo mirar mi cuerpo sin recordar el dolor a través de las cicatrices? ¿Cómo perder el miedo a envejecer, a engordar, a adelgazar, a elegir ser otra para mí misma? ¿Cómo dejar de sentir miedo por el “abandono”? ¿Cómo dejar de mirarme como víctima y construirme como ser consciente de que libra una guerra contra las mujeres, pero de la que debemos hacernos responsables para terminar con nuestra propia opresión?

Nos es necesario “identificar la liberación de cualquier forma de dominación y opresión como una búsqueda espiritual” (bell hooks). Sabemos por experiencia propia, que cualquier emoción contenida en nuestros cuerpos, al final, termina por hacernos daño. Cualquier emoción negativa la experimentaremos en forma de dolor directo, en forma de enfermedad. Contener la ira es encontrarnos en un estado de constante alerta porque percibimos el mundo desde la desconfianza, desde el miedo de saber que en cualquier momento nos puede suceder algo por el solo hecho de ser leídas como mujeres. Nuestra presente lucha es por construir puentes entre lo político y lo espiritual.

El momento cúspide de mi autodestrucción sucedió cuando me negué a relacionarme sexualmente con un hombre que me había invitado a colaborar en un proyecto de educación alternativa, luego de esto, de la manera más ecuánime, y como si realmente nada hubiera sucedido y sin dar ningún argumento, me echó del proyecto, sólo arguyendo que éste había cambiado de rumbo. Meses después me encontré con la sorpresa de que mi trabajo había sido utilizado sin consentimiento alguno ¡claro! Llegué a sentir mucha rabia, dolor y tristeza contra él, pero también contra mí misma, me culpaba por haber permitido que la situación tomara ese rumbo y se saliera de control, me responsabilizaba a mí misma por no haber actuado “más profesionalmente”. Sentía demasiada culpa y no lograba entender por qué me invadían esos pensamientos. Me llegué a sentir, nuevamente, pero ahora en lo profesional, insuficiente. Pero como todo en el mundo sucede mágicamente, llegaron a mi vida varias lecturas para recordarme la politicidad de las emociones. Lo que yo estaba sintiendo era válido y necesitaba nombrarlo, politizarlo y transformarlo. Dimensioné mis emociones y la tristeza y el dolor contra mí desaparecieron, quedando la ira necesaria para seguir sobreviviendo, para mirar conscientemente cómo hemos sido construidas para autodestruirnos incluso por acciones que no cometimos y para exterminar de nuestro propio ser al opresor internalizado.

Habitemos nuestro cuerpo desde la consciencia política y espiritual, nuestro cuerpo como territorio lucha, pero también de creación.

[1] Vergara Sánchez, Patricia Karina. (2015) Sin heterosexualidad obligatoria no hay capitalismo. México.

[2] Audre Lorde. Usos de lo erótico. Lo erótico como poder. La hermana la extranjera.

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