Yo, feminista

Imagen: http://brigetteb.com

Por Daniela Michelle Caballero García

Antes de llegar a esta versión, escribí mucho, muchas hojas de todo lo que reflexioné sobre mi pasado. En las terapias te piden escribir sobre ti, yo siempre lo he hecho. He escrito diarios desde que tengo 9 años, no sé escribir de otra cosa que no sea sobre mí.

Estos últimos meses siento que me puse unos nuevos lentes, unos que me permiten verme con mucha más claridad; observar mi pasado, mi contexto y a las personas que me rodean.

Escribí un montón, pero esto es lo que decidí compartir, entre un ir y venir de recuerdos que me explican a mi misma, que me muestran lo que aprendí y ahora necesito desaprender.

Mi acta de nacimiento dice que mi sexo es femenino. Nací a inicios de la década de los noventa. Soy la hija más chica de lo que fue un matrimonio de clase media, cuando eso existía; hermana menor de 3 mujeres. Nací privilegiada al hacerlo en una ciudad y en un ambiente que hasta hace poco creí el menos machista.

Crecí entre muñecas, canciones pop, música disco, salsa, cumbia y la irreverente –para mi familia –música de una de mis hermanas. Crecí entre vestidos de crinolina que picaban y coletas que dejaban la cabeza adolorida.

Crecí entre las etiquetas que mis padres, mis hermanas, mis tías, tíos, primas y primos me otorgaron: Daniela la niña buena, la educada, la callada, la tranquila, la obediente.

Crecí entre las resistencias de las mujeres que me rodeaban y también entre sus opresiones. La mayor resistencia con la que me crié fue la de la mujer más importante en mi vida: mi madre.

Siempre admire todas las “cualidades” que más recuerdo de ella: levantarse en la madrugada a hacer desayunos, almuerzos, comidas y cenas; alistarnos, alistarse con un cuidado casi obsesivo, ir a trabajar, recogerme de la escuela, servirnos de comer y hacer la limpieza, todos los días.

Desde lo que yo viví con mi madre, nunca me enseñó o vi que les enseñara a mis hermanas a servirle a otra persona o a hacer quehaceres como cocinar. Ahora entiendo que ella lo vivía por nosotras, para que nosotras no le sirviéramos a nadie, salvo a nosotras mismas.

Mi padre no es un macho, no, no, no. Jamás les pidió a sus hijas atenderlo, lavarle la ropa o nos privó de ir a la escuela. Mi papá siempre ha dicho estar orgulloso de SUS viejas, como nos llama y nótese el posesivo.

Mi papá sólo ejerció opresión sobre mi madre, en especial durante su separación, al despojarla de su casa, sus cosas y sus hijas. Después de su divorcio mi padre se ocupó de mí, o eso intentó. Empezó a lavar, cocinar, limpiar, cosa por la que lo llamaron y aún lo llaman mandilón.

Después vería a mis hermanas hacerse cargo de sus hijos desde muy jóvenes. Vi, a partir de entonces otro tipo de resistencias, en su forma de actuar y de educar a sus hijos. Son mujeres de las que admiro su inteligencia, su trabajo, su personalidad y sobre todo su fortaleza.

Para mi familia siempre fui “rara”. No me gustaban las mismas cosas que al resto de mi familia. Ellos decían que era porque fui prematura, no sé si eso sea científicamente posible o comprobable. Sí, desde niña fui muy tímida, reservada, es más, mi tono de voz es más bajo, eso sí, chillón. Por esa razón mis primas me molestaban diciendo que yo estaba “chiqueada”. Así empecé a odiar mi voz.

Conviví más con la familia de mi padre, tengo más primas que primos y ahora me parece hasta irónico que, en una familia donde casi toda una generación es de mujeres, nuestro apellido sea Caballero.

Me crié alrededor de muchas mujeres gritonas, que entre ellas se decían histéricas o locas. La mayoría de ellas extrovertidas, coquetas, fiesteras. Yo no era así, y me molestaban tanto por eso que era como si lo repudiaran. Nunca supe cómo defenderme.

“Daniela es rara, nunca habla, no baila, no se ríe, no le gusta la fiesta, no sale, no tiene amigos, ¿qué hace? ¿qué tiene?”, eran comentarios rutinarios en las reuniones familiares.

Sentí ahí el primer rechazo, increíblemente de parte de mujeres. Otra cosa curiosa de vivir con mujeres era que nadie conocía su cuerpo. En mi casa jamás se mencionó la palabra vagina y cuando me llegó la regla nadie se tomó la molestia de explicarme nada. “Ponte esto”, me dijeron al darme una toalla femenina.

Era como si nos avergonzáramos de nosotras mismas, de nuestro cuerpo y, con todo, había que agradarle a todo el mundo. Mi padre le prohibía a mi madre que me cortara el cabello. “Las niñas no se ven bien con el cabello corto”, me decía y casi me deja de hablar el día que mi madre me llevó a cortarme el cabello muy corto cuando tenía 16 años.

Crecí insegura de mí y de mi apariencia porque cuando vives entre mujeres escuchas las quejas interminables sobre su aspecto físico. Que si su espalda, su pecho, su cabello, sus piernas, sus dientes, su todo.

En mi experiencia, desde bien pequeña mi padre, sobre todo, hacía chistes sobre mi estatura, así que aprendí a odiar mi baja estatura. Mi madre me levantaba la punta de la nariz e incluso me llevó a ver a un cirujano plástico, entonces aprendí a odiar mi nariz. Y así, aprendí a odiar mi cuerpo desde la cabeza a los pies, desde mis lunares hasta mis ojos.

Desde que recuerdo he tenido un pánico por hablar con gente desconocida, sobre todo cara a cara y, sobre todo con niños en su momento y con hombres ahora.

En la escuela le hablaba más a las niñas. Entablé amistades, todas con mujeres, no tengo amigos o al menos no de la misma forma en la que comparto y me desenvuelvo con mis amigas. “Qué lástima”, me dicen algunas de ellas, porque, dicen, las mujeres somos tan severas unas con otras que somos pésimas amigas, en cambio las amistades con hombres son mejores.

Algunas de ellas me han dicho que yo soy la excepción, que soy con la única mujer que se han llevado bien. Yo siempre creo que la “rivalidad” entre mujeres también es una construcción del patriarcado. Quizá soy la excepción porque no me interesa tenerles envidia, juzgarlas, criticarlas, asfixiarlas, son las mujeres que me han acompañado y a las que quiero en mi vida.

Por el contrario, nunca entendí por qué siempre me costó trabajo siquiera, tener una conversación con niños y luego con hombres. En realidad, nunca sentí la necesidad de hablarles, tampoco creí tener nada en común con ellos.

Con mis amigas podía ser yo, como fuera, me sentía segura y en confianza. Si un niño llegaba a ese círculo, mi seguridad se rompía. Cuando un niño se acercaba o me hablaba me incomodaba o me ponía nerviosa.

En general y ahora que lo reflexiono, creo que la forma en la que se acercaban los niños me parecía violenta. Como la vez que un niño en la secundaria me dio un beso en la mejilla sin mi consentimiento, o cuando otro me acorraló contra la pared para, supongo, besarme. Nada de eso me pareció romántico o halagador.

En esas situaciones, sólo escuché comentarios como: “qué aburrida, qué ñoña, qué exagerada, por eso no le gustas a nadie, ni les caes bien”.

No recuerdo haber crecido con princesas, es más, dejé de jugar con muñecas desde muy chica. Mis muñecas no tenían “Ken”, eran pareja entre ellas. Nunca les cambié el sexo o les corté el cabello para que tuvieran un aspecto masculino, aunque seguramente le asigné un rol de género a cada muñeca.

Mis padres se divorciaron cuando era muy chica, prácticamente conocí a mis hermanas con pareja y aún así, lo que aprendí del amor romántico fue a través de películas que nadie veía y de canciones que nadie en mis grupos de la escuela escuchaba. Eso todavía me hacía más “rara”.

Nunca participé en esos juegos de adolescente donde niñas y niños acababan besándose. No me interesaba, ya había aprendido de mis películas y música “alternativa” que nadie de ahí era correcto para mí.

Tampoco me preocupé, al menos no para hacer algo al respecto, de mi apariencia. Sí, odiaba mi cuerpo y verme al espejo, pero al irse mi madre y mis hermanas de la casa, no hubo ninguna mujer que me instruyera en el arte del maquillaje, el buen gusto y el uso de tacones.

Lo más cercano a “arreglarme” era un poco de bálsamo de labios. Las peleas con mi madre sobre mis tenis sucios, mis playeras holgadas o mis sudaderas eran interminables. Mi apariencia trajo otros comentarios que decían que tal vez por eso los chicos no se fijaban en mi. Mi papá me decía “es que si te pusieras vestidos, si te arreglaras más”.

Yo era el guardaespaldas de mis amigas, sobre todo de aquellas que eran más bonitas o sabían utilizar un rímel y lápiz labial. A mi se me acercaban los chicos a preguntarme el nombre de mi amiga.

He estado rodeada de mujeres todo el tiempo, de vez en cuando ellas intentaban enseñarme algo de maquillaje. Apreciaba más a aquellas que preferían no insistir con el tema de verme más “femenina”.

En la universidad, un tipo que molestaba a una de mis amigas para llamar su atención me dijo “pinche lesbiana” cuando le señalé su actitud infantil. Vaya, pensé que a esas alturas, estaba en un ambiente donde esos comentarios no saldrían a relucir.

El tema de mi orientación sexual ha sido el misterio para mis conocidos y familia. Porque nunca me han visto salir con hombres, no han conocido a amigos míos, ni me han conocido novios. Y no, tengo 27 años y nunca he tenido novio, ni novia, por si se lo preguntaban.

Mis amigas me decían que yo era muy exigente para eso de encontrar pareja, que dentro de mi construcción del amor romántico “alternativo”, que de una vez les cuento ni es alternativo, mis estándares eran muy altos.

Hace unos meses tuve una plática sobre mi soltería con uno de mis cuñados. Me dijo: “tú no quieres ser la tía solterona”. Me molestó, ¿qué sabía él? ¿qué tal que sí? ¿por qué no? No tiene nada de malo y si eso les molesta entonces, sí lo soy, pensé. Creí que me rebelaba, pero no me estaba rebelando.

Todo lo contrario, aceptar esa etiqueta de tía solterona afirmaba un estereotipo que me concedía en automático la lástima de los demás por estar sola, no, soltera y mi propia lástima. No me estaba resistiendo.

En función de esto varias personas me han insistido en vivir esa experiencia de tener una pareja, de “abrirme al amor”. Porque al parecer la mujer se realiza o vive su máxima experiencia al encontrar una pareja, algo que le daría sentido a mi vida.

Lo mismo sucede cuando les digo que no quiero tener hijos y empiezan los comentarios románticos sobre que no he encontrado a la pareja ideal o que mágicamente sentiré un instinto materno dentro de mi y en ese momento me sentiré plena.

Todo eso lo rechazo, no puedo ser en función de alguien más y me ha costado mucho trabajo desaprenderlo. Se nos enseña, que nos debemos a alguien, pero no, nos debemos a nosotras mismas.

He sufrido atentados contra mi amor propio, momentos en donde me he sentido humillada por ese amor romántico o el sentimiento de lástima por estar “sola”. Me sucedió hace poco y lloré. Me di cuenta que no estaba llorando por esa persona o porque me doliera lo que me estaba haciendo esa persona. Me dolía, pero me dolía yo, por primera vez en toda mi vida me dolía yo y me lloraba a mi.

Este despertar ha sido duro y han sido pasos en lo que avanzo con dificultades. Estos nuevos lentes me permiten ver y reflexionar sobre muchos comportamientos que debo abandonar.

No quiero odiarme, ni odiar mi cuerpo, pero me sorprendo admirando imágenes de mujeres que cumplen patrones y estereotipos que la sociedad nos quiere imponer. No me importa estar soltera y luego me descubro consumiendo películas que hacen sentir miserable a la mujer soltera.

Me he dado cuenta que todas esas inseguridades que tengo, no sólo se alimentan de acontecimientos de mi pasado, también de un sistema patriarcal que en cada oportunidad quiere vulnerarme.

Desaprender es difícil, de pronto canciones, películas, chistes, programas que antes me gustaban ahora me hacen mucho ruido. También aleja a algunas personas y durante el proceso, eso sí, aprendo a defenderme incluso de quienes quiero.

Adoro a mis sobrinos, pero no voy a ser esa tía, no la que la etiqueta de esta sociedad quiere adjudicarme; no les voy a servir y tampoco seré paciente con el siguiente comentario acerca de mi corte de cabello.

Decido hacer mis cosas, hago mis labores domésticas sin pagarle a otra mujer menos privilegiada para que lo haga.

Estas semanas he aprendido que la fuerza de trabajo de las mujeres, esa que siempre quieren reducir y abaratar ha sacado a países de crisis financieras. Así que no puedo, no puedo continuar entregándole ese trabajo a causas que no tienen que ver con mis ideas, ni con lo que quiero para mí.

Tengo que despertar todos los días repitiéndome a mi misma que yo soy suficiente para mí. Primero, que no estoy sola y que hay un montón de mujeres maravillosas luchando y resistiendo.

No quiero igualdad porque, es cierto, no hemos vivido las mismas experiencias. No quiero que el patriarcado me de mis palmadas en la espalda. No sé si existan los hombres feministas, hace poco me enorgullecía que uno de mis sobrinos se declarara feminista.

Creo que ellos tendrán su propio despertar y será su trabajo deshacerse de la cárcel del patriarcado y el machismo que ellos viven, pero está, está es nuestra lucha. Si hay aliados en el camino, está bien, pero está resistencia es mía, de mis hermanas, de mis sobrinas, de mis amigas y mis compañeras.

Es un camino en el que el conocimiento no se agota y eso es lo más importante para mí. Con esta lupa feminista hay tanto que trabajar, leer y sobre todo escuchar. No quiero dejar de preguntarme, de cuestionarme por qué estoy aquí, qué estoy haciendo, hacia dónde quiero ir y lo que quiero decir.

Llegar al feminismo, escuchar a las mujeres, entenderme y revisarme desde el fondo ha sido difícil, pero al mismo tiempo hay calidez en el proceso si eres paciente. Las heridas salen a relucir, pero sanas y por otro lado el gran manto de las mujeres se siente tan fuerte, tan poderoso que es imposible no dejarse llevar por tanto amor, ese que no es heterosexual.

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