[Opinión] No hay jerarquía en nuestros vínculos

No hay jerarquía en nuestros vínculos

Apuntes sobre heterosexualidad obligatoria

(Cuarta parte)

 

Por Laura Arauz

¿Qué es poner el cuerpo

frente al amor, frente al deseo,

frente a los ojos de las mujeres

a través de los cuales nos miramos?

 

Soy iniciadora de locuras, me ha tocado pagar un precio alto por ello, he sido una gran acompañante, gasté demasiada energía en el pasado cobijando a personas que pretendían tomar todo lo que pudieran haciendo uso del poder concedido por el sistema de opresiones de género, clase y raza. Pisotearon mis luchas y con ello las de las mujeres que arrebatamos el conocimiento a quienes nos lo negaron, a las mujeres que hacemos nuestras propias búsquedas y construimos nuestra existencia diaria desde la periferia. Desde ese lugar político construyo mis vínculos, porque aunque acompañar es tan “natural” en mí, he tenido que tomar mis precauciones desde esta nueva consciencia política para hacerme acompañar. Como mujeres estamos obligadas a hacer constantemente lecturas de nuestra realidad desde la complejidad de este sistema de opresiones para no colaborar con los opresores.

 

Existe una supuesta relación obligada entre el hombre y la mujer bajo el régimen heterosexual obligatorio. Bajo este régimen se jerarquizan todas nuestras relaciones, en la cúspide se encuentra la pareja heterosexual como si de una predisposición natural se tratara. Previamente, pasamos la vida buscando esa relación suprema y cuando supuestamente llegamos a encontrarla echamos todas nuestras relaciones por la borda, todas esas relaciones pasan a un segundo término, las mujeres podemos terminar totalmente aisladas, abandonando todos nuestros vínculos cuando privilegiamos esa relación. Nos percatamos de nuestro aislamiento cuando hay una enorme dependencia hacia el otro, el varón, el que supuestamente es compañero. En las relaciones heterosexuales siempre hay jerarquías. La relación de pareja se privilegia frente a todas nuestras otras relaciones, estas se van a un segundo plano porque la relación que se supone da sentido a nuestras vidas es la “amorosa”. “La simbología esencialista del amor y la culpa con que nos han manejado, es uno de los puntos donde la masculinidad construye el dominio sobre la mitad de la humanidad” nos señala Pisano.

 

La heterosexualidad no se elige, ha sido impuesta, es un constructo cultural, implica cómo y con quiénes nos relacionamos como algo natural. “El sentido de la vida con mayor o menor carga de romanticismo, según la cultura de la que se trate, es vivirla en pareja. Pareja de cuerpos sexuados distintos, preferentemente”[1] Tenemos mucho que indagar sobre nosotras mismas cuando preferimos y elegimos relacionarnos en pareja y en ese proceso dar sentido a nuestra existencia partiendo del supuesto de que con la pareja compartimos experiencias y momentos que con nadie más podríamos compartir.

 

Estoy convencida de que para resistir frente a un sistema de múltiples opresiones emparejarse deviene en aislamiento, incluso sin alejarse ni romper del todo con todas nuestras relaciones. El aislamiento es una de las tantas formas de silencios impuestos sobre nosotras ¿A quién más habrías de platicarle aquello que acontece en tu vida día a día? ¿Con quién más compartirías todas aquellas actividades, lecturas, películas, música, sueños, descanso, tristezas, miedos, pesadillas, viajes, sueños, comidas, enfermedades, locuras…? Romper con la heterosexualidad obligatoria no es sólo privilegiar nuestras relaciones sexo afectivas con las mujeres, es sanar nuestras relaciones con ellas, es construir otras formas de relacionarnos, es saber desde lo más profundo que es posible construir vínculos entre nosotras y que estos no se jerarquizan, es convidarnos en cada uno de ellos para construir otros modos de ser y estar en el mundo, otros modos de habitar nuestras cuerpas en comunidades, sabiendo que la alegría y el amor se encuentran en cada ámbito de nuestra existencia. Llevamos mucho tiempo politizándolo todo, llevamos tanto tiempo resignificándolo todo, que nuestra existencia es nuestra mayor resistencia y creación.

 

Para aquellas de nosotras

a quienes nos fue impreso el miedo

como una línea casi imperceptible en medio de nuestras frentes

Audre Lorde

Leo a Pisano, me recuerda el sentido de las resistencias y la previsibilidad de tantos fracasos, ¿Contra qué o quién he estado luchando? ¿Contra mi misma que reconozco al opresor tan dentro de mí? ¿Contra alguien externo que asume como natural su modo de ser y estar en el mundo, que se concibe a sí mismo como justo y ecuánime, que me desea como colaboradora y funcional a su cultura? La narrativa heterosexual nos instala en un juego político donde creímos en el amor y en la admiración al opresor, donde poner el cuerpo ha sido esclavizarnos de manera voluntaria amando, emparejándonos, entregando a esa persona “única” y “especial” lo que poseemos y hasta lo que no.

 

Como mujeres feministas, lesbianas, creadoras de presente y de otros futuros, tenemos frente a nosotras el ejercicio de otras formas de relación. En cada vínculo potenciamos formas de devenir otras en comunidad. Al optar por la no jerarquización en nuestros vínculos sabemos que cada uno nos aporta saberes y experiencias necesarias que no abandonaremos por aburrimiento, por descuido, por falta de “amor” ni porque llegó alguien más. Más allá de la materialidad de nuestras experiencias, en cada relación y en cada vínculo encontramos la posibilidad de leernos y entendernos en el mundo y con ello la importancia de cuidarlos para continuar con el ciclo de la reciprocidad. Los vínculos se eligen y se construyen y sólo pueden ser amorosos porque una sólo puede convidarse desde el amor, el amor siempre es un sentimiento que nace del yo y que se extiende al mundo.

 

En las relaciones heterosexuales los vínculos no son posibles porque emergen de relaciones asimétricas de poder, siempre hay un abuso del poder, es decir, siempre hay cierto grado de violencia. La jerarquía en nuestros vínculos es una forma de violencia porque en una relación heterosexual se usa como un juego emocional, lo que hace la otra persona y lo que tú no, lo que ella se ha ganado y tú no, entonces deviene en castigo, no puedo quererte porque no eres como te necesito para continuar con una relación de abuso de poder. La domesticación nos deviene en culpa y sentimientos de abandono, llegamos a sentir que no fuimos capaces de amar, que no nos hicimos amar. Pero el mayor regalo para nosotras es que esas relaciones violentas terminen. “Esta introyección de la heterosexualidad es una forma de opresión.”[2]

 

Se asegura la colaboración de las mujeres a su propia opresión a través de la narrativa amorosa. Los discursos de la heterosexualidad nos oprimen en el sentido en que nos impiden hablar a menos que hablemos en sus términos (Wittig). Esta narrativa exige que nos esclavicemos voluntariamente al otro, para que te quieran debes estar dispuesta antes a ceder, debes estar dispuesta a privilegiar el relacionarte con los hombres. El amor heterosexual siempre es condicionado. El único amor incondicional heterosexual es entre hombres, “las relaciones de poder masculinas implican cierto grado de fraternidad, complicidad, solidaridad-amor entre ellos, eufemísticamente “hermandades masculinas” –en política, en el entramado social, en los convenios económicos, en las creaciones culturales”… (Karina Vergara).

 

Dentro del régimen heterosexual obligatorio las relaciones entre mujeres se conforman mediante la competencia, ¿quién puede ser querida-deseada-amada? En esta identificación con el opresor, con una mirada neutralizada sobre la realidad se ejecuta la colonización de una misma como señala Karina Vergara. La importancia de la relación con las mujeres se configura como una forma de relación menor.

Si aliarse con las mujeres es un primer paso hacia la construcción de otras formas de relacionarnos, ya que se desobedece la asignación histórica del ser para el otro, no jerarquizar nuestros vínculos entre nosotras es también parte del proceso. Nuestros vínculos no se dan de forma espontánea ni naturalizada, se crean, se construyen desde una consciencia crítica, política, emocional y espiritual. Cuando elegimos asumir el feminismo como una forma de práctica política y sin embargo, lo hacemos desde la heterosexualidad, desde aquella noción de la igualdad del todo para todos, seguimos privilegiando relacionarnos con hombres, creyendo en el amor romántico, hablando de deconstrucción, creyendo en las alianzas, será “real” mientras tú seas quien mantiene esa idea de lealtad, es decir, esa sumisión autoelegida, de lo contrario sentirás el peso de la soledad y del abandono, siempre hay castigos. Al término de una relación heterosexual siempre terminas sintiéndote sola, triste, inadecuada y con miedo. Es parte de la pedagogía de la opresión.

 

Nuestra resistencia es construirnos otras formas de relacionarnos entre nosotras, de generar vínculos, es decir, esa cercanía entre nosotras que solo logramos mirándonos a los ojos, nos sabemos cómplices pues compartimos una historia de opresión. Entre nosotras no nos sentimos en peligro, al menos no ese peligro cotidiano y naturalizado frente al opresor. Por ello el trabajo espiritual y político que devienen de nuestras elecciones es prioritario, pues otras formas de relacionarnos no surgen de manera espontánea sólo porque nos relacionemos entre mujeres. Los vínculos son de quien los trabaja.

 

No jerarquizar nuestros vínculos es una forma de poner el cuerpo que no está dada. Si politizamos nuestras heridas y cicatrices, si leemos nuestras historias, si adoptamos el escrutinio como un modo de abrirnos honestamente estamos generando las posibilidades de crearnos otras, de construir comunidades de mujeres. Vincularnos entre mujeres es poner el cuerpo, es una disposición con la que no crecimos en la heterosexualidad obligatoria.

 

Observo los vínculos que he construido, no hay romanticismo en mi lectura, habita en mí esta consciencia de lo que hemos tenido que atravesar, de las formas como hemos tenido que poner el cuerpo para ser lo que estamos siendo. Estamos inacabadas y en esa imprecisión se abren constantemente múltiples posibilidades para re-crearnos. Sólo entre las mujeres he experimentado lo que es mirarse a los ojos, estar abiertas al escrutinio dentro de esta consciencia política, emocional y espiritual que nos permite ser y extendernos entre nosotras. Compartimos miedos y experiencias, pero no basta con reunirnos y hablar, hay que politizarlo todo, nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestros silencios, nuestros deseos, nuestras cicatrices y heridas. Rompiendo nuestros silencios impuestos, leyéndonos en nuestro devenir, acompañándonos, convidándonos las armas y herramientas ganadas a lo largo de nuestra historia es construir vínculos, es un acto de amor del que sabemos no seremos dañadas. La heterosexualidad obligatoria introyectó el miedo al abandono y al reemplazo porque así es su narrativa, nosotras nos construimos otras narrativas, luchamos y resistimos contra el sistema de opresiones, pero construimos desde la ira[3] y el amor no más desde el miedo ni el dolor.

[1] Vergara Sánchez, Karina P. Sin heterosexualidad obligatoria no hay capitalismo.

[2] Vergara Sánchez, Karina P.

[3] La ira es una emoción necesaria que nos permite decir no.

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