[Opinión] Escrituras del cuerpo doliente

Por Laura Arauz

 

Aunque temblemos ante futuros inciertos,

encaremos la enfermedad, la muerte y

la adversidad con fuerza; bailemos

en la cara de nuestros temores.

Gloria Anzaldúa

 

Me es necesario hablar del dolor, no es una experiencia que desee eliminar ni ocultar de mi vida. Lo común es aislarse y guardar silencio, pasar desapercibidas, incluso para nosotras mismas. Esa opción no funciona para mí, el escrutinio constante de nuestros encuentros y desencuentros, de las experiencias y el significado que tienen en nuestras vidas potencian nuestra sobrevivencia.

El proceso escritural del cuerpo doliente no necesariamente fluye, comienza manifestándose como ansiedad, insomnio, sueños, dolor de cabeza, pérdida de la memoria, distracciones. Estos bloqueos, en primera instancia, son fugas hacia el silenciamiento aprendido, nos dijeron que era mejor callar y no molestar a nadie con lo que nos aqueja. Es necesario que aprendamos a romper nuestros silencios y dejar de temer al vómito como salida de escape.

No somos, estamos siendo. Por eso el vómito dejó de provocarme repulsión, el vómito es simbólico, lo que sale son remanencias de una cultura de la cual me despojo. El vómito en mi habla y en mi escritura figuran como parte de un proceso bajo el cual me despojo de aquello que encarnado en mi vientre no debe estar más en mí. Es sin duda un acto que salpicará a los involucrados cuando no se han construido otras maneras de relacionarse, sin embargo, cuando hay conciencia, en las relaciones se encuentran otras formas de no salpicar y de hacerse responsable del propio vómito. Aprendemos a hablar, a nombrarnos sólo en nuestra relación con las mujeres, sabemos que sea lo que sea tiene que salir y ese acto de hablar no nos determina.  En su forma escritural desechamos el vómito cada cierto tiempo, y posteriormente nos despojamos de ello, pues no es algo que queramos conservar.

Luego del vómito devienen otras escrituras, entonces soy habitada por aquellos pensamientos que elijo para mí. Las experiencias y las escrituras del cuerpo doliente son de lo más variadas pues lo que significamos como doloroso es aprendido. Eso que percibes sólo es un velo entre tu mirada y la realidad, la perspectiva crea a la percepción y ni las experiencias ni las lecturas del mundo son binarias. No hay lecturas de mundo ni absolutas ni definitivas. Así, la escritura me aclara el rumbo que toman mis pensamientos. Si la escritura es una interacción contra el poder, si no es ni inocente ni neutral me permite mínimamente enterarme qué me está atravesando, qué me encarna en determinado momento de mi vida.

El año pasado me diagnosticaron escoliosis de 11º en la 4ª y 5ª vértebras lumbares, desde entonces inicié la escritura desde el cuerpo doliente. Nunca había escrito con mis piernas, ni con mi columna, ni con mi pelvis. El cuerpo doliente me recordaba constantemente no solo escucharlo, además seguir su propio ritmo. En los momentos de grandes dosis de dolor en los que ni si quiera el llanto era concebible, mucho menos lo era la escritura, pero se hacían presentes luego de que lograba controlarlo. Luego de un mes en el que me vi obligada a observar mi relación conmigo misma y la manera como estaba habitando mi cuerpo, logré incorporarme de la cama y buscar otros ángulos de pensamiento desde donde narrarme potencialmente otra.

Tengo una selección de anotaciones sobre el cuerpo doliente que encuentro en mis escritos a punto de depurar, lo que no enriquece ni hace crecer debe ser desechado de mi. Me detengo en ellos, hace meses que no pensaba en mi cuerpo doliente. Al menos no desde el dolor físico como detonante de mi escritura. La lectura cotidiana de mi cuerpo se ha disciplinado, no así la escritura, aún dependo de mis estados anímicos para llevarla a cabo.

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El dolor me inmoviliza, me recuerda que soy frágil y al mismo tiempo todas aquellas veces en que me he aferrado a vivir. Aún no sé cómo manejar esta condición en la cual sé que no estoy sana, en que a veces puedo levantarme de la cama y andar y otras no.

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Durante estos días he tenido la cercanía de muchas personas que al mismo tiempo que me cuidan me siento incapacitada.

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He recibido, sin pedirlo, una múltiple lluvia de consejos sobre lo que debería y lo que no debería hacer. Sólo quiero escucharme y ser paciente conmigo misma. Sé que será mi propio cuerpo quien me oriente sobre el camino que debo seguir.

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Me rehúso a ingerir medicamentos, no quiero paliativos. Recuerdo a mi abuela tomando medicamentos controlados diariamente, de su sueño cotidiano y normalizado, de estar atravesando por mínimas dosis de dolor e inmediatamente ingerir cualquier droga que le permitiera continuar. La recuerdo cada vez más callada y ausente.

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Una tristeza profunda brota, desconozco su procedencia, pero sé muy bien a dónde me llevará. Me rehúso a sumergirme en ella. ¿Miedo al dolor? ¿A dónde me puede llevar este dolor?

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Cuerpo doliente      que resiste al encierro      desobedece a la inmovilidad    a la imposibilidad se reorganiza          Mi cuerpo doliente elige habitar el dolor    que deviene en potencia.

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Mi diagnosticada “enfermedad” me construye y me condiciona, me acerca al temor del dolor intenso y constante, al de volver a ser internada e intervenida, me remite a ese recuerdo en que tenía 6 años y era sedada y contaba en cuenta regresiva hasta perder el conocimiento… al momento en que despiertas de la anestesia, a cuando pasa por completo el efecto y pides ayuda porque no resistes el dolor.

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Me he estado replanteando la forma como me había venido relacionando con mi cuerpo. Durante los dos años previos había estado corriendo o brincando la cuerda, me había fortalecido… ahora no me siento fuerte ¿cómo sobreviviré si ni si quiera puedo levantarme de la cama?

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Me obligo a ir más lenta, a pensarme desde el encierro, desde la inmovilidad. Por las mañanas el dolor es muy fuerte, siento que no puedo sostenerme. No tengo ganas de quedarme en cama ni dejar que el dolor sea la única posibilidad en este día. Todos me piden que descanse, pero no siento cansancio, sin embargo mi cuerpo se desvanece si le exijo demasiado.

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Mi mamá viene a visitarme cada semana, me repite constantemente que siempre he sido muy terca y que tengo mucha determinación. No permito que el dolor me mantenga todo el día en cama. Pienso en las potencias del dolor en mi vida, hace años dejé de medicarme, busco alternativas, aprendo a convivir con el dolor ¿quién soy en este momento como cuerpo doliente? ¿Mi cuerpo se está fugando? ¿Necesito poner atención en alguna área de mi vida?

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El médico me dijo que el dolor llegará a ser tan insoportable que tendrán que intervenirme. Abrirán mi espalda e introducirán una placa entre mis vértebras y pasaré un tiempo largo en recuperación.

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Dediqué muchos meses en fortalecer mi cuerpo para que nadie pudiera dañarme… hoy mi corazón se agitó al subir las escaleras, mi pierna no se apoya como antes para no autolastimarse y a fin de cuentas termina lastimándose debido a la nueva postura. ¿Cómo podré sentirme fortalecida, menos vulnerable?

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Miro mis cicatrices, pienso en que algún día tendré una más grande y dolorosa en mi espalda.

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La fisioterapia sigue siendo dolorosa, termino muy lastimada, me saca lágrimas, me vuelve más lenta. Sin embargo, en este momento es mi única esperanza para sentir menos dolor.

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El dolor no me entristece, ya no le tengo más miedo, estoy aprendiendo a controlarlo e incluso a disminuirlo. Sumergirme en agua fría con hielos y el té de árnica me devuelven la esperanza. Soy disciplinada, no quiero darme pretextos para no ser responsable de mí misma.

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Las personas que han visto mi evolución se sorprenden, no esperan encontrarme alegre ¿están esperando a que entristezca, o que sucumba?

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Está condición me convoca a algo más, aún no descubro qué, todavía lidio con dosis de dolor, sólo sé que no quiero estar determinada por esto. Sigo escuchando a mi cuerpo, no me quiero desarmada, no quiero paliativos. ¿Qué significado tiene esta condición en mi vida? Aún no comprendo todo este dolor que me inmoviliza, que me hace sentir frágil y quebradiza.

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El fisioterapeuta dijo que podemos hacer que la escoliosis no progrese. Busco en la red artículos sobre la escoliosis, van desde las consecuencias en la psique esas producciones discursivas de lo sano y lo enfermo, de lo defectuoso. Sigo buscando, encuentro la historia del tratamiento de la escoliosis, personas suspendidas con lazos a maquinarias semejantes a las utilizadas por la inquisición. Ninguna menciona el dolor que atraviesa al cuerpo doliente sólo la corrección estética, la ortopedia, el uso de la fuerza para enderezar/torcer el cuerpo, los corsés, la corrección de la postura. Necesito crear mi propio camino, lo estoy creando.

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Me siento en una situación de encierro, cuando por momentos el dolor es casi imperceptible, quiero continuar con mi vida y salir, pero vuelve y me recuerdo que necesito hacer de esto un encierro habitable.

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Cuerpo doliente que resiste al encierro y desobedece a los médicos que le recomiendan la inmovilidad. He resistido las dosis de dolor, han disminuido, estoy aprendiendo a convivir con él y sacarle ventaja. Mis hábitos han cambiado, mi propio cuerpo me recuerda todo aquello que no debo hacer, lo escucho, sigo su ritmo, no todo es imposibilidad. Comienzo a sentirme más fortalecida, trasciendo mis propios límites mientras pueda levantarme de la cama y caminar e incluso salir lo haré. Me pongo a prueba, soy disciplinada con mi terapia y noto las mejoras. Escucho y respeto mi cuerpo, progreso notablemente.

 

Mi escritura me habla lo suficiente sobre mi misma. Mis obsesiones, mis pensamientos, mis sueños, mis emociones, mis deseos. Me leo en el curso del tiempo y sé que todo es pasajero. Aprendí a entristecer menos y a disciplinarme, a escuchar a mi cuerpo y a mis emociones. Hace poco más de un año de esta escritura del cuerpo doliente, me he recuperado casi del todo, aprendí cómo lidiar y controlar el dolor. En el reencuentro con mi cuerpo devine otra.

 

Necesitaba una forma de atravesar el dolor, sin heridas ni cicatrices ni lágrimas. Necesitaba crearme otra, necesitaba crearme un camino con otras herramientas.

 

Encuentro entre las potencias del cuerpo doliente el crearse un camino propio sin culpas por haberme fugado de una vida establecida desde el capitalismo. También encuentro una forma de pensar las experiencias del cuerpo doliente como una experiencia feminista, es decir, político y espíritual. Si como mujeres hemos sido negadas a autorrevelarnos, a examinarnos, a definir nuestras necesidades, nuestros sentimientos y nuestras vidas, es sin duda el cuerpo doliente quien te exige crear un camino propio.

La potencia del proceso escritural se atraviesa a la distancia, mirar mi vida sabiendo que las dosis de dolor no me acobardaron, que el trabajo con los pensamientos es fundamental, pues de los pensamientos devienen las emociones. Los pensamientos son energía. Mirar las potencias del cuerpo doliente a la distancia sabiendo que puedo dormir, sentarme, caminar, salir, correr, brincar, bailar, crear, mantenerme de pie sabiendo cómo controlar el dolor, cómo disminuirlo hasta casi desaparecerlo. Todo eso que aprendí me preparó para otras dosis de dolor en otros planos, sin embargo, me preparó para la consciencia de mi ser, cada una debe atravesar por las experiencias necesarias sin acobardarse. Esas experiencias llegaron, por supuesto, porque cada experiencia deviene disciplinamiento de los pensamientos y las emociones. Cada experiencia potencialmente clarifica y da sentido a nuestras vidas. Cada experiencia nos permite mirar con anticipación los caminos sin preocuparnos. Sabemos que primariamente estamos con nosotras mismas que pueden haber acompañantes en nuestros caminos o no, que podemos estar transitando otros senderos que sólo nosotras estamos construyendo.

Las experiencias del cuerpo doliente no deben quedarse en lo físico, ni a añorar el pasado. Potencian la lectura del presente y la creación de un futuro distinto, bajo otras circunstancias y condiciones, implican priorizar el uso de nuestros tiempos, nuestras necesidades, nuestras energías. Al ponernos al límite nos coloca también frente a nuestros deseos: la necesidad del autocuidado y de rodearnos de amor.

Las experiencias del cuerpo doliente nos colocan frente a la responsabilidad necesaria de nosotras mismas. A medida que las experiencias y el escrutinio son más profundos nos hacemos menos tolerantes a las condiciones ambiguas, no nos entregamos más a las palabras, no aceptamos las circunstancias destructivas en nuestras vidas. No nos abrimos al mundo innecesariamente. “Cualquier cortocircuito a esta búsqueda de autodefinición y poder, por mejor intencionada que sea, bajo cualquier disfraz, debe ser considerado dañino” (Audre Lorde)

Luego de las experiencias del cuerpo doliente devengo en reescritura “para seguir estando disponible para mí misma, y ser capaz de concentrar mis energías en los desafíos de esos mundos en los que tengo que moverme, tengo qué analizar qué significa mi cuerpo para mí”, somos lo que contamos de nosotras mismas, nos creamos y recreamos, nos destruimos y nos transformamos, somos nuestras propias curanderas, en el camino recogemos nuestras piezas y las rearmamos, el feminismo nos posibilita otras narrativas. Las consecuencias de nuestras narrativas somos nosotras mismas. Somos nuestras propias creadoras, nuestros pensamientos son mágicos, atravesamos los caminos que nosotras mismas nos llevamos a transitar. no silenciemos al cuerpo doliente, escribamos con él, desde él.

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