[Opinión] Amor entre mujeres. Mirarnos a los ojos

Ilustración: Josefina Schargorodsky

 

Amor entre mujeres

Mirarnos a los ojos

Apuntes sobre heterosexualidad obligatoria

(Tercera parte)

Por Laura Arauz

 

El lenguaje con el que nos han enseñado a desconfiar

de nosotras mismas y de nuestros sentimientos

es el mismo lenguaje que empleamos

para desconfiar las unas de las otras.

Audre Lorde

 

Es viernes, me despierto antes del amanecer, mi espacio se encuentra tal como lo deseaba, lo he recuperado, sobreviví a varios meses de tristeza, de ansiedad, de llanto, miedo, irá, insomnio y malos sueños. Estas últimas semanas he experimentado una enorme tranquilidad, como si una gran época de oscuridad hubiera terminado. Estoy al otro lado del sendero, ese camino por el que tenía miedo de transitar, aquí todo es más claro, se respira profundamente y sin dolor. Me deshice de muchos recuerdos, no me gusta cargar con nada innecesario, eso lo aprendí en la bioterapia, el seleccionar qué llevar y qué dejar cuando se migra constantemente, también aprendí a elegir mis pensamientos y mis emociones, este es un proceso mucho más fácil cuando estás acompañada de las personas adecuadas, cuando el amor es libre e incondicional y eso sólo lo he encontrado en mis vínculos con las mujeres.

La búsqueda de relaciones más libres, sanas y amorosas me regresó a las mujeres, a vincularme con ellas. Tuve que estar dispuesta a travesar el miedo y a abandonarlo, una de las dificultades a las que me he enfrenté bajo el régimen heterosexual obligatorio fue el no haber tenido las herramientas necesarias para mirarnos a los ojos entre nosotras. ¿Cómo entonces, hemos podido establecer contacto unas con otras durante todo este tiempo cuando la heterosexualidad obligatoria impuso una forma de mirarnos bajo el velo de la desconfianza, la competencia, el odio, la envidia para el sostenimiento de un sistema económico y bajo la convicción de que sólo es posible la vida viviéndola en relación con un hombre y al trabajo en esta relación?[1]

 

En este lado del sendero me reescribo, este término que aprendí de Cristina Rivera Garza y que amplia mis posibilidades de vivir sin determinaciones, sin destinos, ni ataduras… no soy, estoy siendo. Hace un año y medio hice mi primer ejercicio de reescritura, aún lo conservo, lo tengo frente a mí mientras escribo, ocupa un lugar especial en mi escritorio, lo que escribí en aquel momento ya no es relevante, pero es simbólico y mágico. Abandonar viejos pensamientos y construirse otra, migrar.

En este momento en que me reescribo amplio en mi diccionario personal el término sobre lo erótico de Audre. Con ella aprendí que una tiene sus propias herramientas emocionales y de pensamiento para nuestra sobrevivencia. En un primer momento, mi lectura de lo erótico como poder lo había concebido como un término sustancial frente a un sistema capitalista, colonial y patriarcal que tergiversa deliberadamente nuestras emociones más profundas. Así, lo erótico lo encontraba en el habitar mis propios espacios, hacer uso de mi tiempo y responsabilizarme de mí misma. La semana pasada convidé este texto en el curso de escritura feminista y en la relectura otros pensamientos me invadieron. Estando ya en otros procesos, pude mirar lo erótico como sustancial en mis relaciones y en mis vínculos con las mujeres.

En esta expansión hacia el mundo, en este momento en que siento que nuevamente comienzo a surgir hacia el exterior, en que aunque había estado percibiendo mis relaciones entre mujeres como amorosas en cada acto que hacemos entre nosotras, el amor entre mujeres como un acto político, pero en que estuve privilegiando mi relación conmigo misma, pues sentía que si no sanaba no podría crear otras relaciones más profundas con las mujeres a las que estoy amando. Nuestra supervivencia había dependido de las armas que nos dieron para relacionarnos contra nosotras mismas y contra otras mujeres. Usamos nuestro poder en nuestra contra y no todas sobrevivieron.

El formar parte de una comunidad de mujeres desde hace cuatro años, el encontrarnos, el leer, charlar, escribir y crear. Estas cuatro acciones son ampliamente políticas, sabemos que el poder de matar es menor que el poder de crear, pues provoca un final en lugar del comienzo de algo nuevo (Audre Lorde). En comunidad hemos pasado por momentos complicados en los que aprender a no usar nuestras armas contra nosotras, en despojarnos de ellas y comenzar a generar herramientas para escucharnos, para no hablar por otras, para no robar la palabra, para decir lo que sentimos y pensamos, para respetar nuestros silencios y nuestros procesos, para aprender a acompañarnos y cuidarnos y seguir creando frente a todo.

 

Desde entonces, en los diferentes espacios que voy habitando con las mujeres creo relaciones distintas, escucho, me mantengo abierta, pues también soy consciente de las diferencias y de las distintas opresiones que nos atraviesan a cada una. Las diversas actividades en las que elegí ocuparme requieren de mí que esté abierta al mundo, no siempre me es posible, pero lo intento. Mi re-encuentro con las mujeres es algo que elegí, esta decisión es una de las resistencias más importantes que he hecho en mi vida. Soy constantemente cuestionada, pues no todos los espacios que habito son sólo de mujeres, pero me alegra enfrentar esas luchas, pues sé que en mi cuerpo no habita el miedo.

Mi primer relación con una mujer fue con mi madre, hasta hace muy poco pude abrazarla sin prejuicios, sin temer que hiciera comentarios sobre mí o sobre mi vida y sin que yo me sintiera lejana a ella. Sentí un vínculo con ella, porque este no se establece de manera automática. Puedo mirarla en su poder y en su grandeza, la admiro por ello, me mostró partes de ella que yo conocía superficialmente y me las compartió y sentí su amor, curó mis heridas sin si quiera mostrárselas. Mi abuela es la segunda mujer importante en mi vida, ella me transmitió toda la fuerza interior que me impulsa en cada momento. Mi prima, a lo largo de todos estos años juntas hemos aprendido a establecer una comunicación más abierta y honesta y no ha sido fácil llevarla a la práctica. Con ella seguiré creciendo, amando y creando. Mi hermana, con quien he aprendido que para estar cerca, es necesario abrirme a otras posibilidades de actuar en el mundo, que si quiero estar en su vida es necesario amarla incondicionalmente, estar allí para ella. Mi sobrina Katy, quien dicen es muy parecida a mí y con la que me siento bien cercana, me gusta mirarla a los ojos y sentir su resplandor y hacerle saber que es importante y estoy para ella siempre que quiera.

 

Los pensamientos y los sueños modelan nuestra realidad, ¿con quiénes estoy relacionándome? ¿Con quiénes elegí trabajar y crear? ¿A quiénes elegí amar y cuidar? Es necesario fortalecer nuestras relaciones y nuestros vínculos con las mujeres. Hoy por la mañana escribía sobre a quiénes quiero cercanas a mí, y cómo mis constantes distracciones y ocupaciones y mi miedo a decir no, me han llevado a dejarles menos espacio para compartir con ellas. Por otra parte, muchas veces entré en crisis porque percibía que eran pocos los espacios que dejaba para mí, ahora pienso que cada espacio que una elige compartir con otra mujer es también un espacio para una misma. Así sea un curso, un taller, una ida al cine, ir a tomar café, ir a comer, salir a caminar, encontrarse para leer o para platicar, dormir juntas.

 

¿Qué esperábamos que fuera la otra?

 

Cualquier expectativa que generemos respecto a nosotras mismas y a cualquier mujer proviene de nuestros deseos más profundos, de nuestras propias creaciones.

Ceñimos la realidad a nuestros pensamientos y nuestras relaciones se convierten en una clase de encierros. He estado en ambos lados, he construido mis propios encierros y los he construido para otras, también lo han hecho conmigo. El análisis sobre mi relación conmigo misma abrió un abismo por el que entendí que de la misma manera que me juzgo lo hago con las demás. Si “no nos amamos a nosotras mismas… no podemos amarnos las unas a las otras”.

 

Nos hemos acostumbrado a pedir que sean ellas quienes piensen, sientan y actúen como ni nosotras mismas lo hacemos, exigimos congruencia en sus actos, honestidad y fungimos como policías, incluso castigamos.

Estoy convencida de que el amor sólo puede ser libre e incondicional y el crearnos expectativas sólo nos obliga a constreñirnos a la obediencia por el miedo a estar solas, a ser rechazadas, a no ser amadas o a ser “abandonadas”.

Amarnos entre mujeres no nos salva, aún hay tanto por desaprender y por crear. Pero hemos atravesado por tantas dosis de odio, ira, dolor, rabia, desconfianza, incertidumbre que lo volvemos cotidiano, nos acostumbramos, y al mismo tiempo que nos separa es una posibilidad para el encuentro.

 

 

Veo odio

estoy sumergida en él, ahogándome

ha sido el aire que respiro

la comida que como, el contenido de mis percepciones

el único hecho constante en mi vida es su odio…

soy demasiado joven para tener tanta historia

 

Audre Lorde

 

 

 

¿Por qué no nos miramos a los ojos?

 

Hubo veces en que me miré al espejo y encontré un vacío, no me reconocía ¿quién es ella que habita tras de mí? Me acuerdo que hubo un tiempo en que no quería tener espejos en casa, odiaba mirarme.

 

Entiendo muy bien cuando no nos miramos a los ojos, es más fácil evadir lo que somos. No se provoca el encuentro, no se produce la vulnerabilidad, ni el reflejo, ni la empatía. No mirarse a los ojos facilita que provoquemos daños, que nos aniquilemos. Cuando se encuentren en uno de sus peores días, de esos en que somos autodestructivas, en que pensamos cosas horribles, mírense al espejo y comprueben si todo lo que se han estado diciendo es verdad. Yo lo he hecho y mis pensamientos se paralizan de inmediato. Cuando me miro a los ojos no puedo hablarme así, cuando me miro a los ojos no quiero maltratarme, cuando me miro a los ojos siento amor, cuando me miro a los ojos quiero abrazarme y besarme, cuando me miro a los ojos sé que soy yo, me reconozco, me encuentro conmigo misma, cuando me miro a los ojos siento la profundidad de mi ser, cuando me miro a los ojos me alegra poder mirarme a los ojos.

 

Cuando no nos miramos a los ojos, es muy fácil querer destruirnos ¿a quién realmente creemos que debemos atacar y aniquilar? Cuando atacamos a otras mujeres también nos atacamos a nosotras mismas, las relaciones siempre son recíprocas y cíclicas y todo lo que damos nos es devuelto. Exigir a las mujeres que cumplan con nuestras expectativas y luego terminemos decepcionándonos de ellas es una aniquilación hacia nosotras mismas. Construimos cárceles compartidas.

Queremos y pedimos aceptación y entendimiento, pero no lo damos. Pedimos y pedimos, pero no escuchamos ni siquiera a la otra, mucho menos podríamos entenderla. Vamos por la vida decepcionándonos de nuestras relaciones, somos crueles, pero hay un vasto terreno entre nosotras que nos separa ¿lo han sentido? Nuestras historias individuales son nuestras propias cicatrices. Hace falta estar más abiertas para construir vínculos. Relaciones, las encontramos en todas partes, incluso sin buscarlas y de todo tipo, pero construir vínculos no es algo que esté dado. Hay que trabajarse el amor, la ira, las heridas, las cicatrices, los silencios, estar abiertas a la transformación, confiar y sentir la certeza y la certidumbre en el proceso y en la compañía, de otra forma sin estos elementos no es posible.

 

Los vínculos que he construido me han enfrentado a estar abierta a la otra que me habla, que me mira a los ojos, que se entrega, que confía en mí, que tiene miedos, heridas, cicatrices, que quiere ser escuchada, que quiere ser cuidada y reconocida. Estos vínculos se construyen por voluntad propia, los elegimos, elegimos amar y en ese acto no nos perdemos a nosotras mismas, nos convidamos, damos un pedacito de nosotras que no nos resta en ningún sentido, por eso el vínculo es sentir que das sin miedo, que te das en libertad y sin expectativas. Es decir, hay acuerdos muy profundos que no nos romperán a nosotras ni romperán a la otra. Esto sólo lo he logrado cuando siento certeza y confianza. Ha implicado mucho trabajo con el ego y con el dolor, ya no como precedentes de la herida, sino como recordatorios de la claridad con la que queremos tejer nuestras vidas. Construyo vínculos con mis amigas, con mi prima, con mi madre, con mi hermana, con mi sobrina, con mi comunidad de mujeres y con quienes creo y trabajo, con ellas elegí convidarme conscientemente, con intención, con claridad y con honestidad.

 

He atravesado el dolor y he sobrevivido y no hay vuelta atrás. Llevo ya un tiempo analizando mis miedos, mi ira, mi tristeza y me las he trabajado. Si el feminismo en un primer momento amplió mi mirada, el lesbofeminismo y la lectura del mundo desde la heterosexualidad obligatoria me convocan a ser responsable de mi misma y de mis relaciones con las mujeres. Aprendí a mirarme a los ojos. Aprendemos a mirarnos a los ojos.

 

[1] Vergara Sánchez, Karina Patricia. Sin heterosexualidad obligatoria no hay capitalismo.

Comments

comments