No necesitamos permiso para escribir

Ilustración: Diana Toledano

 

 

No necesitamos permiso para escribir*

Por Laura Arauz

Nos robaron las palabras, nos mutilaron el lenguaje y algo más fue extraído de nosotras. En mi vientre siento un enorme hueco, mi cuerpo aún se encuentra fragmentado. Hay vacíos, pero no logro descubrir qué es lo que me falta. Nada me llena, consumo todo a mi paso. La domesticación fragmentó mi cuerpo y extrajo parte por parte, las voy recuperando. Soy un espejo quebrado al que no lograré unir nuevamente, pero lo intento. Muchas partes de mí de momentos que ni si quiera recuerdo se han extraviado. Cada vez que hablo digo más de una cosa, continuamente soy tergiversada. Soy mi propio referente, y aunque se trazan intertextualidades con otras mujeres, sólo escribo desde mí misma. Cada noche me cuesta dormir, cuando estoy a punto de lograrlo, pido a mis sueños que me den respuestas… sólo me abruman con más interrogantes. No hay certeza, pero debo aprender a vivir con ello. El proceso de creación es saberse inacabada, soñarse y hacerse.

Esta semana, en el círculo de lectura feminista leímos Hablar en lenguas. Una carta a escritoras tercermundistas de Gloria Anzaldúa, es tan nosotras o nosotras somos tan ella. Nos recordó por qué comenzamos a reunirnos en comunidad para leer y escribir desde hace ya tres años. Nuestras lecturas y nuestra escritura siempre hablan desde nosotras, lo que elegimos leer nos atraviesa y nos posibilita mirarnos. Perdimos el miedo al escrutinio, no nos interesa ser legitimadas por nadie. Las críticas son trilladas e irrisorias, además de colonialistas y misóginas sobre lo que “deberíamos” leer como mujeres feministas, sobre nuestros procesos de escritura, sobre cómo nos abrimos el cuerpo y vomitamos su mierda, pero con sus ojos dulzones no logran ver más que resiliencia y terapia. La academia entorpeció nuestro vuelo, nos dio herramientas, pero sólo las suficientes para salir del paso “las herramientas del amo, nunca desmontarán la casa del amo”. (Audre Lorde)

Gloria, me preguntas quién me ha dado permiso de escribir, me obligas a mirarme en mi espejo quebrado y observar mis fragmentos que creía perdidos y hablar desde allí, desde mí, con cada parte de mi cuerpo, con mi propia voz, “para ganar la palabra, para describir la pérdida”. Entonces escribo con mi vientre, con mis pies, con las uñas, con la lengua, con los pechos, escribo con los sueños y las pesadillas, con las pérdidas, con los vacíos, con la mugre, con las heridas y las cicatrices, los moretones, los granos, la pus, la sangre, las lágrimas. Escritura corpórea, sin retórica ni ficción. “Qué difícil es para nosotras pensar que podemos ser escritoras, y más aun sentir y creer que podemos hacerlo”. (Gloria Anzaldúa)

 

¿Quién soy que me he tomado el atrevimiento de escribir?

 

Soy una mujer tercermundista, soy esa otra que habita en el borde, primero por “destino”, luego por elección. Esa que observa a la distancia, que duerme poco por la noche, pero sueña demasiado, soy esa a la que mundo no le basta, siempre es demasiado poco, demasiado lento, demasiado abúlico. Yo soy esa a la que le faltan fragmentos, que corre el riesgo de equivocarse aún sabiendo que nada termina como deseaba. Soy esa que dejó de creer que para crecer y ser alguien había que ir a la escuela, que para encontrarse y construir caminos tuvo que destruir y huir y alejarse. Esa que sabe que hay que romper silencios, que hay que hablar porque en el silencio se ocultan verdades, en el silencio nada se transforma. Soy esa que sabe que hay que exponerse, visibilizarse porque quienes se ocultan tampoco están a salvo. Soy esa que cree en las palabras de las mujeres que hablan y se escriben, que se nombran, que se arriesgan a no ser escuchadas, a ser apaleadas. Soy esa que pregunta incansablemente y busca siempre busca, que cree en sus entrañas, que se revuelca en el lodo y luego salta salpicándolo todo. Yo soy esa que sabe que “dentro del mar todo es incierto”* y que el “quedarse en la orilla te ahogará más que si decides adentrarte”. Soy esa que aún siente miedo y tristeza y llora mucho. Esa que no quiere perderse por amor a nadie. Soy esa que a diario extrae fuerza para vivir. Esa para la que leer y escribir son actos políticos y no sólo procesos cognitivos y estéticos. Soy esa mujer que se entrega, que suelta, que vuela, que aún ama, que da, que dejó de buscarse y se construye a sí misma. Soy esa que se lee y se escribe y todo el tiempo se encuentra en viaje.

Nadie nos dará permiso para escribir. Por eso no se pide, se toma. Nos dijeron que es demasiado egoísta hablar de nosotras mismas, que es un privilegio. Pero cuando sabemos que somos borde, que nuestra domesticación consiste en silenciarnos e invisibilizarnos, ocultándonos de nosotras mismas, de nuestras emociones, de nuestras lágrimas, nuestra ira, nuestro dolor, nuestra alegría, nuestro amor, nuestro placer, nuestro cuerpo, nuestras experiencias, nos convencemos de que escribir nos beneficia tanto como hablar.

Las mujeres hablamos, no hay nada de nosotras que no hayamos compartido ya con otras mujeres, esa ha sido nuestra forma de resistencia, una estrategia que nos crea redes de seguridad invisibles para los ojos hambrientos de dolor y abuso. Estamos recordando la escritura entre nosotras, recuperando las cartas y las postales, nos enviamos mensajes como forma de seguridad para saber dónde y con quién estamos, si llegamos a casa, si el taxi tomó otra ruta, si durante la noche escuchamos algún ruido o vimos alguna sombra, si la corazona anda triste…

La escritura asusta porque nos refleja, muchas de nosotras aún temen mirarse y tanto llega a asustarnos que dejamos de escribir-nos, de compartir-nos. Dejamos de enviarnos mensajes, de escarbarnos las entrañas, de permitirnos llorar sin culpas ni victimismos. Mientras sigamos teniendo miedo de nosotras mismas, nunca lograremos mirarnos a los ojos con otras mujeres.

 

¿Por qué me siento tan obligada a escribir?

 

Escribo porque no quiero desaparecer, porque escribir me salva de la obediencia, porque la escritura me conecta conmigo misma, porque nombro lo que mi cuerpo siente y entonces lo politizo, porque al escribir creo una memoria de mí, de mis pensamientos y mis emociones, porque con la escritura expulso todo lo que no quiero seguir cargando, porque me extiendo al papel y del papel al mundo, porque sigo buscando sobrevivir. Escribo para crearme otra, para no ser cómplice de quienes creen que hablan por mí, para no ser invisibilizada ni tergiversada, porque sólo yo puedo escribir-me, escribir desde mí y para mí, porque al escribirme despojo a las palabras de ese gran significado que lo atrapa todo. Escribo porque me lo permito, porque me quiero viva, porque temo, porque al escribir me sumerjo y a veces no sé qué tan profundo será el viaje. Escribo porque sé que soy reflejo, porque sé que puedo crear todo lo que en el mundo no existe, porque escribo lo inmencionable, porque a veces “no puedo hacer nada más que escribir”.

 

Escribir mis sueños

 

¿Cómo reconciliarme con mis sueños? Una de mis amigas me preguntó cómo leía mis sueños, pésimamente, le respondí. Escribo mis sueños en un cuaderno, comencé a hacerlo desde que Rosamaría Roffiel en un taller de Sueños y vidas pasadas nos lo recomendó, porque los sueños nos hablan siempre acerca de nosotras mismas, nos regalan información que de otra forma no nos llega. Me hice mi cuaderno y me los escribo, los que llegan como flashazos, los que me despiertan de golpe, los que me hacen llorar, los que me asustan, los que me dicen cosas sobre otras personas…

Durante mucho tiempo he temido soñar porque muchos sueños se me cumplen, me traen información no pedida que me mantiene despierta analizando la posibilidad de que se materialicen. Mis sueños a veces me aclaran, muchas veces más me generan incertidumbre.

Quiero soñar, siempre pido soñar y mirar con profundidad y claridad lo que es, lo que será y lo que fue. Pido que mis sueños no me mantengan despierta ni temerosa, pido que me guíen, que me den pistas y que me protejan.

La escritura de mis sueños me posibilita leerme en el mundo. Hoy me leí en mis sueños y descubrí elementos constantes, mis sueños me hablaron y me vi reflejada en distintos momentos que había olvidado. ¿Cómo puede una olvidarse tan pronto de partes de sí misma? Dejé pasar información sobre mí, no la había visto… leo pésimamente mis sueños, mi percepción de la realidad me sabotea, me hace sufrirlos. Necesito disciplinar mis miedos, pero sobretodo, mi percepción para que mis sueños no se me escapen y la escritura comience a vibrar desde el amor y la posibilidad de creación. Miremos a la escritura como esa posibilidad de reescribirnos, de llenar nuestros vacíos, de transformar nuestra realidad. No necesitamos permiso para escribir, apropiémonos de la escritura, hagamos de la escritura un acto político y creador de nuevas realidades.

* En memoria a Gloria Anzaldúa y dedicado a Keren y sus rituales.

* Escritura compartida de Keren de su viaje al mar

 

 

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