La hora favorita de los hombres en la alberca

Ilustración de Aki

Por Maricruz Bárcenas

Mientras nadaba los últimos veinticinco metros de afloje, miré que en la grada más lejana una niña de unos seis años se preparaba para entrar a la alberca.

 

Atrás de ella un hombre joven la tomaba por la cintura. Luego, se puso frente a ella para acomodarle los goggles, una vez estuvo lista, le besó la cara, el cuello y los hombros una y otra vez sin quitar las manos de su cintura. La niña, por encima del hombro de él miraba que las señoras ya estaban saliendo, hizo ademán de tomar sus cosas y el hombre, que asumo era su papá, subió y bajó una de sus manos por toda la espalda de la niña hasta uno de sus glúteos, dió unas palmadas, besó su boca y enseguida tomó la mochila de la niña. Llegué a la orilla de la alberca.

 

Minutos más tarde, sentada para ponerme los huaraches, busqué con la mirada al hombre y no lo encontré. Las niñas que nadan me parecen todas iguales, son pequeñas, flacas y nadan como renacuajos felices, acatan las órdenes de sus dos maestros y pienso en mí a esa edad haciendo los mismos ejercicios. En los carriles continuos sólo hay hombres; hace poco me di cuenta que en ese horario es cuando más hombres hay, es el horario específico para infantes también.

 

Miré a lo lejos otra vez a las niñas y recordé la vez que una de mis hermanas terminó de bañarme, salí desnuda del baño, no sé si por travesura o porque tenía calor. Tampoco sé cuántos años tenía, pero era la época en que a mis chancletas le quitaron el silbido que sonaba cada vez que las pisaba; yo las amaba así que en vez de caminar, brincaba para que sonaran más fuerte. El novio de una de mis hermanas estaba sentado en el pasillo, no sé qué hacía ahí, pero me miró con esa mirada que no soporto, me llamó “cochina”, sonrió y luego intentó abrazarme. Todavía es mi cuñado, ahora su esposo.

 

Voy a recepción y digo, tan sonriente como puedo que por política debería ser un horario exclusivo para niñas y niños, con entrenadoras y con entrada sólo para mamás. Que mande una carta al coordinador con copia para la facultad de enfermería, me dicen, pero no entienden por qué ese pedido si ni hijas tengo. Bueno, verán, es que estamos tan acostumbradas al abuso que ya no lo vemos, es que estamos tan acostumbradas a que con abuso encubierto de amor se nos enseñe la heterosexualidad, que no nos alarmamos cuando un papá besa y toca a su hija de esa forma, es amor, decimos; nuestras alarmas no se encienden porque parece ser un hecho por demás aleatorio que justo en el horario infantil los carriles están ocupados, casi en su totalidad, por hombres.

 

Ninguna de esas niñas es mi hija, ni las conozco y no conozco a sus madres, no es necesario que nos conozcamos, que seamos amigas y nos amemos, es que son niñas, es que yo fui niña, es que un día serán mujeres convencidas de su heterosexualidad, serán mujeres acostumbradas al maltrato, serán mujeres que se escandalizarán cuando una que no quiso seguir ahí les diga que esa forma de amor masculina es profundamente violenta aunque no haya golpes y a la violación le llamen hacer el amor.

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