[Opinión] Hablar desde nosotras

 

 

Por Laura Arauz

 

Volverme la narradora,
Y no la narrada.
Me convierto en la autora
y la autoridad
de mi propia historia.
Me convierto en la absoluta oposición 
de lo que el proyecto colonial había predeterminado.
Me convierto en mí.

 

Grada Kilomba

 

Me enseñaron a hablar en masculino, un lenguaje androcéntrico, donde todo parecía tener sentido bajo un orden natural, donde cada cosa, cada palabra, cada persona ocupaba su lugar correspondiente. El lugar adecuado en una estructura perfecta. Un lenguaje sexualizado, que arbitrariamente jerarquiza y nos captura. ¿Cómo fugarnos de la lengua androcéntrica impuesta? ¿Cómo construir un lenguaje que nos nombre desde la experiencia de las mujeres?

A mí me llegó primero el uso del @ con los zapatistas, que pretendía recuperar un lenguaje de lucha desde los pueblos para los pueblos, con un sentido de comunidad, una horizontalidad que, sin embargo, continuaba invisibilizando las experiencias de las mujeres. Años después el uso del @, de la x  y de la e fueron introducidos en el lenguaje de la desgenerización, Butler y Preciado muy sonadas por entonces, un lenguaje con supuestas pretensiones revolucionarias y radicales, queer, posmo, incluso anarquistas, ni hombres ni mujeres, no identidades, no determinaciones genéricas ni sexuales, no violencias desde el nacimiento.

En una realidad concreta, nuevamente, hace de invisibilizador de las mujeres y sus opresiones. Como te nombras (hombre mujer) no necesariamente transforma la realidad. Entonces hasta algunas de las hoy feministas radicales llegaron a jugar con el género usando bigote, pintándose patillas, cortándose el cabello, consumiendo testosterona se llegó a creer que se podía hacer un performance del género, confundir a la gente al no saber cómo debían nombrarte si joven o ¡ay disculpe señorita! Atestiguamos que existe una realidad material y que las mujeres por más performance continúan siendo violables.

El cambio lingüístico pretende crear nuevos referentes no identificables, perdiendo de vista que dentro de un sistema de opresiones que no ha sido eliminado ni transformado los cuerpos continúan leyéndose como sexualizados bajo códigos binarios. El uso de la x, el @ y la e siguen siendo lenguas patriarcales.

Conocí el uso de la a para feminizar el lenguaje con Rosamaría Roffiel, en 1989 publicó su novela Amora, en ella narra las relaciones amorosas entre mujeres. Hoy en día, mujeres heterosexuales y quienes no identifican la novela de Roffiel hacen uso del término amora. Tengo la impresión de que nos encontramos en un momento en que nos limitamos a creer que feminizar el lenguaje transforma materialmente la realidad. Sin embargo, la feminización del lenguaje sin una conciencia crítica carece de peso político y material.   

También pasé por el uso del @, de la x, de la e, hasta que caí en la cuenta de que con su uso lo que estaba haciendo, en  realidad, era incluir a los hombres, más que una postura política, se trataba de una postura sexual. Que nadie quede fuera, que todos pasamos por la violencia de género desde el nacimiento, que tod@s/todxs/todes somos personas. La confusión en la lectura fue de la que emergieron las primeras sospechas sobre cómo leer una palabra que contenga un @, una x terminábamos nombrando en masculino, el uso de la e parecía una opción menos confusa así todes podían sentirse incluides.

Comenzó a hablarse del lenguaje inclusivo hasta en las instituciones gubernamentales, ¿cómo redactar un oficio? ¿Cómo dar un discurso? También surgieron cursos en los que se tocaba el tema. Por supuesto ¿quién iba a cuestionar la inclusión si ya nos encontrábamos todes allí? No fue así, llovieron las críticas desde los defensores de la lengua respecto a la deformación del lenguaje. Y además, las mujeres seguíamos sin estar incluidas. El lenguaje seguía cumpliendo su función de invisibilizador.

Comenzar a hablar desde nosotras significaba mucho más que la feminización de las palabras, habíamos leído sobre heterosexualidad obligatoria, pero también a las mujeres negras y de color, a las lesbianas. Sabíamos de los silencios sistémicos a los que somos sometidas, de la internalización del opresor cuando somos nosotras quienes nos silenciamos, de los miedos, de la necesidad y el peligro de la visibilización, del robo de nuestro lenguaje, de la falta de palabras, de la escritura en voz propia, de la escritura como autohistoria que va más allá de la autobiografía, al narrar la propia historia se está narrando la historia cultural.

Formamos grupos de mujeres con la intención de narrarnos desde nosotras y para nosotras,  corrimos el riesgo a ser tergiversadas, a visibilizarnos, a construir nuestra propia memoria, a autorreferenciarnos, Hablar desde mi, hablar haciendo alusión a mi experiencia por el mundo, es una postura política que va más allá del uso de un @, una x, una e, e incluso una a.

Sí, también he optado por hablar en femenino, en cambiar el @, la x, la e por la a, porque si de visibilizarnos se trata, se provoca un shock al hacerlo. Una vez que una se nombra en femenino se tiene que asumir el riesgo a ser confrontada. He leído a hombres heterosexuales nombrarse en femenino creyendo que con ello rompen el género y acompañan o aportan algo a la lucha por la visibilización de las mujeres, jamás el cuerpo de un hombre experimentará las mismas opresiones.

Ocurren cosas interesantes tanto en espacios habitados sólo por mujeres como en espacios mixtos, en una ocasión estando dentro de un aula en un diplomado en una exposición grupal sobre la formación de colecciones de libros, en un equipo conformado por 4 mujeres y un hombre inicié la presentación de la siguiente manera “Nosotras nombramos a nuestra colección…” el docente en turno inmediatamente me interrumpió, “¿Y a su compañero porque lo excluye?”, comenzó a discutir sobre mi falta de respeto y de inclusión de ambos géneros, se armó un barullo y tuve que levantar mi voz para aclarar que ese no era el espacio para discutir tal asunto y que estaba interrumpiendo mi exposición y me dejara continuar. En una situación distinta, cuando una mujer es docente frente a un grupo mixto donde hay muchos menos hombres que mujeres, inevitablemente se plantea si tal vez por ética debería usar un lenguaje inclusivo, eso no pasaría si fuera hombre. En cambio, en grupos donde sólo hay mujeres no debemos olvidar hablar sólo en femenino, tenemos que desaprender el uso del genérico masculino, por ejemplo, no decir nosotros, sino nosotras. Así comenzamos a nombrarnos, porque existimos y no nos desapareceremos del lenguaje que estamos por construir.

Hablar desde nosotras pasa por un proceso de conciencia crítica, no es una cuestión sólo lingüística ni tampoco sexual. En un sistema de opresiones hay quienes tienen voz, hay quienes han sido silenciadas, aprendemos ciertas narrativas, otras desaparecen, qué historias son narradas. Quienes nos permitimos a hablar desde nosotras, quienes nos atrevemos además a escribir, fundimos nuestra experiencia personal y nuestra perspectiva del mundo con la realidad social en la que vivimos. Hablar desde nosotras comienza por nombrarnos. Sí, implica nuestro nombre, pero incluye además, la posición que ocupamos en el mundo. No estamos para escribir sobre el amor a los hombres, ni sobre el cielo ni los pájaritos ni las flores, ni sobre nuestros cuerpos ardientes de deseo. Venimos a hablar desde nosotras, de las experiencias, de las emociones, de los pensamientos, de nuestros silencios, de nuestros miedos, de lo erótico (en ese sentido audreleano) desde el lugar del que provenimos, no pretendemos adornarlo todo, esto es lo que hemos sido, esto es lo que somos. Hablar desde nosotras es darnos voz, no pedir permiso para ser ni para decir, ni para sentir, es una acto político a la par que estético.

Hablar desde nosotras, porque nadie nos dirá qué sentimos ni quiénes somos, ni vendrán a reclamarnos de que somos egoístas por seguir nuestros propios procesos cuando el otro no compartiría una pizca de alegría contigo. No volveremos a ser referenciadas, ni determinadas. Constantemente soy llamada a responder al mundo desde el lenguaje impuesto, soy interpretada desde su perspectiva legitimada, lo que digo es resemantizado y reajustado a su limitado pensamiento, entonces debo emprender o la huida o la confrontación o la pedagogía, esta última sólo es una opción para aquellas mujeres con las que aún pretendo seguir relacionándome y con aquellas que están conmigo en los cursos y talleres. No más gasto innecesario de energía. Al hablar desde mí habrá quienes se sientan llamadas por mi voz, así como quienes desde el miedo a la diferencia me juzguen antes por la estética o por mi postura política. El miedo ha sido disciplinado, sólo falta dar orden a mis pensamientos.

 

Soy frontera

he estado demasiado abierta

al mundo

escucho sus voces, sus pasos

resonando en mi interior

somos espejos reflejando la luz del día.

 

Soy frontera

pasan por mi sus historias

me palpitan las pupilas  

se me agita la fauna

siento su rabia

no lloro, pero las miro

siento su calor y su frío

las acompaño en su paso

por la noche

en mi interior escucho

aullar a los lobos que

amenazan siempre con devorarnos

la alegría hasta consumir nuestra luz

y dejarnos sedientas a mitad del desierto

hacía nuestro verdadero camino.

 

Soy frontera

creo mis propias distancias

se me llena el cuerpo de incertidumbre

me miras como tu enemiga

tienes miedo

me responsabilizas de tu falta de amor

de empatía

Soy frontera y

me hago amiga de la noche

observo el ciclo de la luna

alimento a mis cactáceas

bebo té de árnica

comprendo la caída

de las hojas de los árboles

la tardanza de la lluvia

este verano

 

Soy frontera

llevo mi altar

ese mapa

con grietas  palabras historias

con olor a coco y a canela

con “soledad” de fondo

y esta llama que resiste

hasta los huracanes

pero ya se aviva.

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