Cuento

El veneno patriarcal

Alejandra Pérez Arteaga

De pronto estaba ahí en ese mundo que no entendía, el cual le parecía tan ajeno y a la vez tan amenazador, su pequeña cuerpa de seis años ya había recibido todo el veneno a esa corta edad, pero aún conservaba una fuerte conexión con la cuerpa y con la raíz de donde provenía, así a pesar de que su cuerpa sentía el peso aplastante y asfixiante de vivir en ese mundo, podía notar aún la incongruencia en todo lo que veía.

Antes de entrar a ese mundo, se empezaba a esparcir sobre todas aquellas que nacieran mujeres, un veneno; sí, un veneno que les hacía olvidar de dónde venían, la raíz a la cual todas pertenecían, eso provocaba que entre ellas estuvieran en conflicto, en aversión constante haciéndolas ver como enemigas desde los primeros años que entraban a ese mundo y eso las rompía de alguna forma. Ese veneno les provocaba odiarse a sí mismas; sí, odiaban el vehículo en el que entraban a ese mundo modificándolo y agrediéndolo de todas las formas posibles, eso provocaba una constante lucha con ellas mismas y así iniciaban su vida en ese mundo al que entraban rotas.

Aquella niña con su poca experiencia en ese mundo, pero con mucha sabiduría en su cuerpa, podía ver y darse cuenta de cosas que le provocaban preguntas aunque en ese momento aún no tenían respuesta, ella aún podía observar cómo la mayoría de mujeres, casi todas las que de forma indirecta o directa entraban en su realidad, ya fuera por que las veía en las calles, las escuchaba en relatos, aparecían en la tele, o convivía de alguna manera con ellas, parecían estar hipnotizadas; sí, su mirada parecía estar capturada, esa pequeña niña se daba cuenta cómo la mirada de todas las mujeres había sido secuestrada, incluso en aquellas a las que amaba.

Ilustración: Antonia Woodward

Esa pequeña niña no acababa de entender qué había en aquellos seres que llamaban hombres, quienes tarde o temprano terminaban por secuestrar las miradas de las mujeres, ¿por qué? ¿qué tenían?, ¿qué los hacía tan especiales?, todo parecía confuso, no lograba entender cómo era que esas mujeres tan fuertes, tan poderosas, tan inteligentes, tan bellas, podían dedicar su vida a esos seres, aún cuando ellas reconocían que eran sucios, flojos, groseros, violentos, tontos, irrespetuosos, crueles y despreciables, no podían dejar de incluirlos en sus vidas y de vivir para ellos.

¿Qué sucedía en la consciencia de las mujeres que si bien en ocasiones podían ver todo eso, parecían irremediablemente atadas a esos hombres? ¿por qué no podían simplemente dejarlos y hacer sus vidas tranquilas y felices entre ellas? ¿por qué creían que los necesitaban tanto?, se preguntaba a diario esa pequeña niña porque finalmente en ese mundo la mayoría de las cosas eran hechas por ellas, sin ayuda de los hombres, ¿por qué les tenían que hacer su comida favorita, servirles de comer, limpiar todo lo que ellos ensuciaban, escucharlos, defenderlos, protegerlos y amarlos por encima de todo?, lo peor: por encima de ellas mismas, a costa de sus vidas, ¿qué era eso que pasaba en todas ellas que las tenía hipnotizadas?

La pequeña niña observaba cómo entre ellas se peleaban y odiaban, algunas también se llegaban a pelear por esos hombres, quienes eran vistos como reyes o dioses. Parecía que toda mujer que caminara por ese mundo tenía que estar a lado de uno, y si no lo hacían, eran susceptibles de insultos y de desprecio, ellas se vivían despreciables si no estaban con un hombre al cual servirle porque era lo que todas hacían en lo cotidiano: les servían a esos hombres, día y noche sin parar.

Ilustración: Carolina Búzio
Ilustración: Carolina Búzio

El tiempo transcurría en las vivencias de esa pequeña niña que observaba las mismas situaciones, y como casi siempre sucedía en la vida de todas, el veneno iba impregnado en su consciencia y con ello envenenando cada vez más su cuerpa, la conexión ancestral profunda que la unía con la raíz.

Les sucedía a todas, tarde o temprano el veneno invadía sus consciencias, así llegó el día en que esa niña dejó de observar lo poderosas y sabias que eran las mujeres alrededor y las empezó a ver débiles y tontas, hasta malas, comenzó a sentir la necesidad de tener cerca a cualquiera de esos hombres. Todo aquello que al inicio podía ver, se desvaneció y tomó su lugar la mirada provocada por el veneno, sintió estar en lucha con ella misma y con todas, creyó ser  muy desdichada porque en sus días no había un hombre en su casa.

Eso que antes podía observar y le molestaba –por ejemplo, cuando en diferentes lugares estaban solo las mujeres y entraba un hombre y toda la atención de ellas era captada para atenderlo– eso que en un principio ella veía extraño, sin sentido y no entendía, se volvió cotidiano y ella lo aprendió a replicar.

Pasó el tiempo y entró a un momento en que se les pide a las mujeres que ya no son niñas, que dedicase aún más tiempo a los hombres, tenían que ocuparse por tenerlos cerca en eso que llamaban «noviazgo», tenían que luchar entre ellas por tener al “mejor” (no había), más bien al que fuera, pero tener uno, porque de lo contrario, ese veneno que ya estaba en su consciencia les hacía creer lo infelices que podían llegar a ser si no estaban con uno.

Toda la sabiduría de esa pequeña que antes la hizo ver que se podía ser mucho más feliz sin ellos y más bien entre ellas, se desdibujaba y se plantaba en su lugar la idea de estar cerca de un hombre, a costa de lo que fuera. Eso era lo que dictaba el veneno que nublaba la consciencia, eso que ella sabía no era necesario e incluso iba en contra de ella, ahora había que creer que era necesario, para ello se desplegaba un impulso más fuerte de odio a su cuerpa, a todo lo que ella era. Ya para ese entonces, se encontraba como la gran mayoría de mujeres, invadida de ese veneno y solo se necesitaba prestar un poco de atención para darse cuenta que un veneno así, que captura tu mirada –esa que debe de estar siempre en ti y te hace depositarla en otro para odiar lo que eres–, ¡es crueldad e insoportable dolor causaba en todas ellas!

Ilustración: Carla Ellis

La mayoría de las veces, debido al paso del tiempo, era tal la destrucción que provocaba en las mujeres ese veneno que se volvía imperceptible, la cuerpa adormecida se encontraba anestesiada por el dolor, así morían muchas, porque si bien es cierto muchas eran asesinadas por ellos, otras morían muy lentamente en la peor de las agonías que duraba todo lo que duraba sus vidas, morían anestesiadas sin darse cuenta del veneno que las había aniquilado día a día, miles y millones de vidas de mujeres quedaban en el olvido y morían sin haberse dado cuenta que necesitaban mirarse, que de haber quitado la mirada de esos hombres a los que le dedicaron toda su vida y haberla puesto en ellas, se hubieran salvado; pero eso muy pocas veces pasaba, el veneno se los impedía, la mayoría en el fondo lo sabía y trataban de resistir, pero casi siempre el veneno las envolvía e impedía que se salvaran.

A pesar de que el tiempo había pasado y el veneno había dejado ya muchas huellas en la cuerpa de aquella que ahora era una mujer adulta, algo en ella por instantes le recordaba quién era, algo en ella aún pulsaba, era su raíz, esa parte que la conectaba con la gran raíz fuente de todas, aún se dejaba escuchar, pero era silenciada por aquello que el veneno dispersaba en la consciencia de todas: el miedo.

Pasaron miles de instantes que se convirtieron en lo que ahí llamaban años, hasta que la ahora mujer ya con mucho dolor que envolvía su cuerpa, así como con mucho desconcierto por todo lo vivido, pudo escuchar y dar voz a la pequeña niña sabia que aún albergaba en su interior, esa que resistía y que siempre le hablaba de diferentes formas, al fin decidió seguirla y fue ahí que empezó –en compañía de otra mujer– a recuperar su mirada, se atrevió a desobedecer eso que el veneno le mandaba, recuperó su propia mirada y la mejor forma de hacerlo fue amando a otra mujer, a su igual, vivieron millones de instantes devolviéndose la mirada, reconociéndose, acompañándose solamente ella y su amora.

Ambas crearon una munda sin saberlo, regresaban y se conectaban a la raíz que las unía, pero esos instantes solo las preparaban para enfrentar la siguiente dosis de veneno que ese mundo les enviaba. Finalmente, no pudo escapar y desobedecer del todo y cayó víctima del veneno que aún nublaba su consciencia, cedió ante el mandato de tratar de devolver la mirada a los hombres y así lo hizo: se convirtió en madre, envuelta en dolor, miedo e incertidumbre empezó a ceder al mandato de toda mujer que tiene hijos, hasta que pasaron algunos años y el dolor del veneno que envolvía su amor hacia otra mujer –así como todos los dolores acumulados en su cuerpa– la llevaron a dónde tenía que llegar, a dónde siempre había estado buscando y pensó solo existía en sus sueños.

Llegó por fin con sus semejantas, con otras mujeres que ya tenían tiempo quitándose el veneno implantado, mujeres que ayudaban a otras en su proceso de mirarse, de devolverse la mirada, de recuperar la consciencia robada, ahí junto con ellas recordó a la niña que le avisaba desde adentro que todo en ese mundo estaba mal, ahí pudo ver lo que su cuerpa sabía desde el inicio.

Que sí, esas mujeres que de niña veía como hipnotizadas por “algo”, lo estaban; habían llegado a ese mundo envenenado que las odiaba y aprendió que tenía nombre, que se llamaba patriarcado y era todo un sistema que se dedicaba a envenenarlas para poder usarlas. Que sí, ese sistema había sido creado por los hombres para tomar las vidas de ellas, para aniquilarlas, era por eso que su mirada había sido capturada y bajo ese veneno que les capturaba su consciencia las hacían creer desde su llegada a ese mundo que los necesitaban, que no podrían vivir sin ellos, que para sobrevivir en ese mundo les tenían que servir de todas las formas posibles: tener a sus hijos y dedicar su existencia a servirles porque les envenenaban con la creencia de que ese era su fin en la vida, era un sistema tan bien implementado que resultaba muy difícil darse cuenta porque instalaban en ellas el miedo, para eso implantaban en lo más profundo de ellas un odio a su propia existencia, eso aseguraba que al odiarse ellas, odiarían a todas sus iguales, haciendo que en la mayoría de las mujeres se rompiera el vínculo primero que las conectaba con la gran raíz: el vínculo con su madre.

Arrancar a las mujeres de su vínculo con otras mujeres prevenía que no se vieran entre ellas y así no pudieran conectar con la raíz para recordar el poder que son. Si recuperaban su mirada dejarían de dárselas a ellos y escucharían a su cuerpa, escucharían la voz de todas que les diría que en los inicios se amaban a ellas y entre ellas, sabrían lo poderosas, sabias y fuertes que son, se mirarían desde la raíz matriz que las une, para darse cuenta que todo eso que las ha matado no ha sido más que un sistema cruel inventado e implantado por ellos para hacer uso de sus cuerpos y de sus vidas.

Por eso ahora, gracias a esas otras mujeres que estaban eliminando el veneno de su consciencia, recordaba que hasta que todas volvieran a recuperar su mirada podrían regresar a la raíz y borrar todo el veneno que había invadido a su mundo, recuperar su tierra y cada ser viviente de su munda que había sido capturado, así podrían despertar de esa horrible pesadilla en la que habían caído, por eso era necesario unirse, reconocerse y empezar a sanar sacando el veneno que había ocupado su cuerpa y su consciencia, para ayudar a otras a que vieran el veneno en su mirada nublada, para empezar a habitarse.

Por fin lo entendía, por fin sabía que ese mundo no era al que pertenecía, sabía que ella junto con todas tenían que despertar y regresar a la raíz, sabía que se había quedado dormida y era tiempo de empezar a despertar.

Ilustración: Adelina Lirius

 

 

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