«No es propio del habla culta el femenino» (RAE, 2005)

El pasado 17 de junio, en medio de mujeres que amo y me aman, y frente a un sínodo conformado por cinco Doctoras en diferentes disciplinas de las ciencias sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro y de la Universidad Autónoma Metropolitana, presenté mi tesis La injuria lesbiana donde analizo las diferentes violencias que las mujeres lesbianas vivimos en Querétaro y su zona metropolitana. Por supuesto que fue un logro personal, pero también un logro de todas las mujeres ahí presentes: de las lesbianas que sobrevivieron a la invisibilidad y la violencia en décadas previas, de las amigas y compañeras que luchan organizadamente en la cotidianidad; de las experimentadas maestras que me enseñaron de feminismo, de estudios de las mujeres y además me dieron herramientas para comprender la violencia.

Sí, sí sé qué dice la RAE. La RAE es una institución patriarcal.

Apenas recibí la constancia que me acredita como “licenciado”, escribí una carta dirigida al H. Consejo Universitario, a la rectora Dra. [la “a” es agregada mía] Margarita Teresa de Jesús García Gasca; al Dr. Aurelio Domínguez González, secretario académico; al M.C. Darío Hurtado Maldonado, director de servicios académicos y a la comunidad universitaria en general solicitando que los títulos de las mujeres sean emitidos en femenino. Luego más y más compañeras se sumaron, estudiantas, profesoras, administrativas y egresadas.

Las razones…

La historia de las mujeres en las universidades no es igual en México que en los países del norte global, nosotras no fuimos incorporadas a la academia como alternativa a las crisis económicas causadas por las guerras. El acceso de nosotras a la universidad ha sido una batalla de muchas mujeres, jamás se ha tratado de mérito propio e individual como tramposamente nos repite la sociedad patriarcal y capitalista para hacernos creer que cuanto más ensimismadas en la academia estemos, algo más especial y relevante hacemos a diferencia de otras mujeres.

Lo anterior no significa que es inválido o nulo el esfuerzo que para cada una ha significado ingresar, permanecer y egresar, significa que cada mujer universitaria es la concreción de la resistencia colectiva de las mujeres de nuestra familia, de nuestras compañeras y maestras, pero también de aquellas otras mujeres desconocidas que se revelaron ante una sociedad que las quería encerradas y en silencio como esposas, lejos, en el campo y en los barrios periféricos, o cerca, como trabajadoras del hogar o en los conventos, pero sirviendo, siempre sirviendo sin que sustantivos como «ama de casa» o «sirvienta» se les disputaran por no ser masculinos o neutros.

Las mujeres que nos antecedieron soñaban con independencia económica y autonomía suficiente para no verse en la obligación de casarse y parir tantas veces como su esposo lo mandara, pensaron que ingresando a la universidad lo lograrían. Así, muchas generaciones de mujeres especialmente quienes no provenimos de una familia de abolengo, que no estudiamos para heredar empresas, que no tenemos papá de afamada y prolífica cátedra universitaria, que no somos respaldadas por apellidos impronunciables, ni gozamos de un privilegio de «raza» que no pone en duda nuestra capacidad analítica y reflexiva crecimos con la idea de que no, a nosotras no nos pasaría, nosotras sí lograríamos «salir», nosotras sí podríamos escapar de la pobreza.

Licenciada en Contaduría (UNAM, 1988)

Nuestras madres nos proveyeron de cuidados y recursos económicos a costa de su propia explotación para que accediéramos a la «educación superior pública» y así tuviéramos vidas menos difíciles a las de sus madres y a las suyas propias. Por supuesto no hablo por las mujeres de clase media-alta que por su mestizaje y apellido, no han tenido que dedicarse más que a estudiar. Hablo de quienes somos las hijas de amas de casa que también son trabajadoras del hogar, vendedoras de Avon, camareras y artesanas, cocineras, obreras y despachadoras de gasolina. Hablo por quienes somos las primeras de nuestra familia en acceder a la universidad, o las segundas si es que tenemos una hermana que abrió camino, hablo por quienes aprendimos a pasos agigantados que debíamos «blanquearnos» si queríamos pertenecer a la academia para tener un futuro más o menos garantizado.

Que en el título se enuncie que somos una «ella» y no un «él» es reafirmar nuestro nombre, nuestra historia, nuestros aportes a las ciencias y las humanidades, y también recordarnos las luchas cotidianas de las mujeres que nos antecedieron. Así pues, egresar como licenciadas o ingenieras significa materializar el sueño de independencia de nuestras predecesoras aunque para la gran mayoría, en la práctica, no es un superior privilegio obtener un título universitario cuando ha significado lidiar con la explotación capitalista con dobles o triples jornadas como meseras, operadoras telefónicas o vendedoras de piso en tiendas departamentales, y luego llegar a casa para ocuparse de las tareas del hogar para después ir a clases.

Actuaria (UNAM, 1988)

Los estudios universitarios representan una herramienta de sobrevivencia para las mujeres así como lo fue un día la secundaria o las carreras comerciales que ofertaban secretariado o trabajo social, aunque de ninguna forma garantiza que al egresar contaremos con empleos que sean remunerados, ni siquiera que cumplan con derechos laborales mínimos. Es fácil encontrarnos en trabajos que menosprecien, cuestionen y roben nuestro esfuerzo, es fácil reconocer que en los hospitales a las médicas y a las abogadas en los juzgados les llaman «señoritas»; a las maestras y las psicólogas en las escuelas les dicen «misses»; a las arquitectas e ingenieras en las obras y en las fábricas les dicen «muchachas»; a las artistas en el teatro y en el museo, «musas». En la propia UAQ, nos invitan a laborar ahí apenas egresamos, no somos licenciadas, dicen, porque no nos titulamos pronto, pero sí podemos ser eternamente becarias con pago de becarias aunque ya les hayamos presentado el título.

Y mientras todo esto ocurre, los hombres son: «el licenciado», «el ingeniero». Nadie lo pone en duda, nadie lo cuestiona, nadie se pregunta porqué con su mera presencia se intuye un grado académico que lo reconoce como lo que es, un hombre con historia de hombre en la sociedad patriarcal.

Pero si bien la universidad ha sido una oportunidad para algunas mujeres, también ha sido herramienta del sistema de opresiones para adaptarnos a sus propias necesidades, en ese sentido, no «avanzamos» porque haya unas cuantas mujeres dirigiendo instituciones, ellas están ahí por la lucha feminista que el sistema cooptó para decirnos al resto que, quizá algún día, si nos esforzamos aún más, tal vez sí nos toquen unas migas de poder. Enunciar esto no es demeritar el trabajo de las mujeres que son tomadoras de decisión, es reconocer para nosotras mismas que en el camino muchas han dejado y seguirán dejando los saberes ancestrales de sus abuelas, se negarán a reconocerse en otras mujeres para permanecer dentro del mundo patriarcal.

Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública (UNAM, 1988)

Como ya hemos visto en la historia contemporánea, no es suficiente que haya mujeres ocupando cargos directivos si las mujeres cotidianas, las mujeres «promedio», aquellas que no entran a las universidades siguen con carencias extremas, y las más «privilegiadas» debemos pelear ser nombradas y puestas por escrito en documentos tan elementales como un grado académico sin hacer trámites extras a los ya de por sí engorrosos.

Al estar dentro de la universidad descubrimos que los ritos y prácticas patriarcales de los «eruditos» suelen ser tanto más retorcidas que las de los hombres promedio por excusarse en teorías y paradigmas que, nos dicen, no entendemos bien. Sabemos de los muchos casos de violencia ejercida contra mujeres de la comunidad universitaria, también sabemos que hay mujeres que han preferido recalcar la honorabilidad de los hombres de la comunidad antes de asumir que esto se trata de una práctica sistemática que debe ser atendida a consciencia si se quiere evitar que los feminicidios y desapariciones forzadas de estudiantas lleguen al interior de esta institución como ya ocurre en otras del país.

En el caso particular de la Universidad Autónoma de Querétaro, la petición de ser nombradas en femenino no es nueva, no la inventé yo. Fueron varias feministas que en los años 90, y en correspondencia a lo que ocurría en universidades como la UNAM, exigieron que sus títulos aparecieran en femenino; ellas fueron ignoradas y denostadas igual que ahora. Ya entrada la década 2010, una nueva generación de mujeres lo solicitó de forma individual sin obtener respuesta favorable. Hoy nuevamente lo ponemos sobre la mesa.

Médica Veterinaria Zootecnista (UNAM, 1992)

Entonces, cuando señalamos que debemos ser nombradas por mera lógica, pero también por la justicia que nos debe la educación en México a todas las mujeres, hay quienes responden que se trata de un tema vano e intrascendente. Después, con la condescendencia propia de los patriarcas nos llaman a la cordura y la concordia porque nos salimos de sus aulas posestructuralistas. ¿Sesenta y ocho años no ha sido tiempo suficiente para librar las dificultades administrativas de nombrar a las licenciadas como licenciadas?

Aunque los tratados internacionales y las leyes digan lo que sea, cuando las crisis sistémicas se afianzan, las principales afectadas somos las mujeres. Hoy no sólo debería preocuparnos las evidentes restricciones para las mujeres el perseguido acceso al aborto, la violencia contra quienes nos negamos al coito, las desapariciones forzadas, los feminicidios, la desaparición del presupuesto para refugios de mujeres y guarderías sino la rapidez con la que se resuelve que no nos nombrarán en los papeles porque el «lenguaje neutro» es la nueva «objetividad», el sinónimo de una supuesta inclusión que sólo habla de las necesidades de los hombres. Hoy permanecemos borradas del lenguaje para ser borradas luego de la historia como en los últimos dos mil años.

Lo contraproducente del «lenguaje neutro» radica en equiparar las vidas de las mujeres a la de hombres volviendo invisibles las opresiones que vivimos nosotras. Es un peligro no reconocer la especificidad de esas opresiones y luego tratar de enfrentarlas en términos teóricos y además, posestructuralistas. Los títulos para licenciadas no resolverán la violencia ni detendrá a los agresores que son excusados por la comunidad universitaria, pero sí es apenas un primer paso para que las estudiantas se reconozcan como fuerza política con posibilidades de organización colectiva.

Química Farmacéutica Bióloga (UNAM, 1994)

Cuando el panorama feminicida del país nos alcance, cuando las cosas se vuelvan más violentas para las estudiantas de la UAQ, cuando la necesidad de respuesta inmediata a esas violencias rebase los protocolos de atención que ya fueron señalados como insuficientes con sus correspondientes observaciones en otras instituciones educativas, ¿cómo nuestras compañeras estudiantas y sus familias lidiarán con eso? No hablo a la ligera, la universidad es el reflejo de la sociedad en general.

¿Qué debemos hacer entonces las estudiantas y egresadas si nuestra petición de que sea aplicable para todas el título en femenino sin procedimiento extra individual se contrapone a la noción de «neutralidad» que exige la universidad para considerar que sólo así somos respetuosas? ¿Nos quedaremos impávidas porque las autoridades consideran que sólo si nuestra petición es capitalizable puede ser reivindicada? La respuesta es: no. Vamos a continuar porque el aceptar los llamados de atención nos vuelve incapaces de movilizarnos y nos aísla en nuestra propia opresión. Esta es una invitación para que dejemos de ver las opresiones que recaen sobre nosotras como hechos aislados y extraordinarios y no como lo que son: el contexto cotidiano.

Si se hace lo pertinente para que sin necesidad de un trámite extra e individual las egresadas sean nombradas en femenino, y además seamos nombradas desde sus reglamentos y estatutos, sería prueba de la sensatez de quienes integran el Consejo Universitario para escuchar las peticiones y observaciones de las alumnas, egresadas y profesoras. Si insisten con emitir títulos «en neutro» o en masculino de forma generalizada, la UAQ se reafirmará como otra institución negada a repensarse a sí misma aunque esté dirigida por una rectora.

Arquitecta (UNAM, 1994)

A continuación, la carta enviada el 19 de junio.

Por medio de la presente solicito que los títulos universitarios de las egresadas sean nombrados en femenino, haciéndose efectivo a partir de mi propio título como Licenciada en Sociología. Así mismo, demando que el Reglamento de Estudiantes de la Universidad Autónoma de Querétaro sea revisado y le sea añadido al Capítulo I de las Disposiciones Generales, al Capítulo VII de la Titulación y Obtención de Grado y a todos los capítulos que sean necesarios desde la introducción, el expreso reconocimiento de la presencia de las mujeres en nuestra casa de estudios.

La Universidad Autónoma de Querétaro, en concordancia con otras universidades del país y el continente, desarrolla debates en torno a la perspectiva de género, promueve agendas de igualdad sustantiva, se destacada por el estudio de las nuevas masculinidades y fomenta el respeto por la comunidad universitaria perteneciente a la población GBT+; en ese sentido, tal como las universidades del norte global han dictado, promueve los estudios culturales y del cuerpo desarrollados por varones disidentes sexuales, sin embargo, la presunción del progresismo de los hombres no tiene nada que ver con lo que muchas mujeres vivimos dentro de la comunidad universitaria.

Cuando fuimos admitidas en la universidad nos hicieron creer que entraríamos a un mundo neutro, objetivo, imparcial y universal donde el esmero en la educación la recibimos mujeres y hombres de forma igual, pero las mujeres que nos negamos a identificarnos con los hombres para ser homologadas a ellos, supimos pronto que nuestra doble o triple jornada de trabajo –el estudio, el trabajo para nuestro sostén económico y los cuidados de la familia— a diferencia de los colegas hombres, recae sobre nosotras por el significado que le han atribuido a nuestra realidad anatómica, a nuestro cuerpo. En ese camino de permanencia en la universidad, además de lo académico, aprendemos también que “objetividad” y “neutralidad” es el eufemismo dado para nombrar la subjetividad masculina.

Los numerosos estudios en torno a la perspectiva de género, la teoría queer y las políticas igualitarias, no enuncian las profundas diferencias ni conceden voz a las significativas aportaciones de las mujeres, mucho menos a las empobrecidas, a las indígenas, a las negras, a las lesbianas, a las madres, a las periféricas o a las migrantes que debieron partir de su comunidad para acceder a los estudios universitarios.

Según cifras dadas por la propia institución en marzo de 2018, 56% de la población estudiantil son mujeres, de ellas, el 89% se ubica en nivel licenciatura, el 7% en nivel maestría, el 3% en doctorado y sólo el 1% en una especialidad; pese a eso, quienes hemos alcanzado un grado universitario, no somos nombradas en femenino lo que significa ignorar nuestra historia de sobreesfuerzo para mantenernos en la universidad y posteriormente titularnos. De esta forma, se oculta también las diferentes vicisitudes que provocan que tantas compañeras deserten o no lleguen a titularse.

Las estudiantas lidiamos con acoso sexual y moral camino a las instalaciones universitarias, después por parte de profesores, alumnos y personal administrativo, lidiamos con la infravaloración de nuestro trabajo en la universidad y en los lugares donde prestamos servicio social y prácticas profesionales. Pese al empeño extra requerido para titularnos o alcanzar más altos grados académicos, a las mujeres se nos denomina en masculino sin percibir salarios, prestaciones y distinciones iguales a las masculinas aunque realicemos el mismo o más trabajo que ellos.

¿Qué significa a nivel personal y a nivel político que ninguna estudianta egresada de la Universidad Autónoma de Querétaro haya sido nombrada oficialmente como Ingeniera, Licenciada, Maestra o Doctora? ¿Qué significa que una letra “a” sea tan fácilmente suplantable por una letra “o”? ¿Qué significa que una letra “o” que nombra a lo masculino, al hombre, debamos asumirlo como una generalización que abarca nuestra propia existencia, nuestra historia de vida?

Si en el lenguaje no se nos ha reconocido nuestra presencia y aportación a los campos del saber y la creación, significa que consideran que nuestro pensamiento y nuestro lugar es fácilmente suplantable, prescindible. Se deduce también, desde el sistema patriarcal, que las mujeres no tenemos nada que decir en torno a nosotras mismas, sobre la salud mental o física, las teorías económicas, el arte, la política o sobre la violencia que está asesinando a diez de nosotras cada día en México, muchas de ellas estudiantas universitarias.

Esta petición no apela al lenguaje incluyente, pues ¿de qué forma o a qué se incluiría a más del 50 por ciento de la comunidad universitaria que ya está produciendo y dando efectivos resultados? Las mujeres en la universidad generamos conocimiento en las ciencias sociales y en las ciencias exactas, producimos obras artísticas, desarrollamos políticas y realizamos trabajo de campo, en oficinas y consultorios por mérito propio, pero no somos nombradas, reconocidas y, en consecuencia, nuestras vidas son precarizadas y nuestro conocimiento expropiado. No es esto un incidente semántico, no es un tema trivial, somos parte de una institución que se ha negado a nombrar y reconocer el trabajo de las mujeres de la comunidad universitaria.

Es tiempo de reconocernos como Ingenieras, Licenciadas, Maestras y Doctoras.

Maricruz García Bárcenas, Licenciada en Sociología.

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