[Opinión] Recuerdos inconexos sobre racismo cotidiano

Por Lore Gómez

“La tendencia a clasificar a la gente según su “calidad” o su grado de blancura, pone en cuestión el significado de la categoría mestiza, pues lo que realmente importa es la composición del mestizaje: la blancura relativa de algunos frente a otros. Por tanto, los mestizos no son un bloque compacto o uniforme”

G. Portocarrero

Esta tarde acabo de ver a una mujer rubia blanca alta subirse a una estación del metro, de jeans a la moda, chaqueta de cuero, cerca de esa zona llamada Condesa, se desparramó en el asiento, haciendo una escuadra con sus piernas, ocupando todo el espacio que su cuerpo podía ocupar, yo creo que incluso se esforzó para ocupar un poco más, mientras las mujeres alrededor ocupaban el mínimo espacio tratando de no estorbar, varias pasamos muy cerca y no se inmutó, cualquier otra mujer hubiera arreglado su posición en un acto de atención, bueno, yo siempre lo hago, casi todas lo hacen, sabes que viene alguien, te acomodas, no vaya a ser que la molestes que estamos en un espacio público y compartido, pues vaya, no, ella sigue absorta en su iphone, sabe que le merecemos una reverencia, alegrarnos por mirar sus caireles rubios y su ropa de marca.

Me enfurecí. ¿Saben? Deberíamos andar compartiendo las fotos de las mujeres blancas y ricachonas que ocupan lugar como los machos en el asiento. ¿No, verdad? ¡Qué cosas digo!, eso sería antifeminista, antisororal.

Como les decía, me pasé el mal trago, sin embargo, la rabia se me afloró en recuerdos aquí y allá.

Ahora estoy bajando las escaleras en una zona turística, hay unas escaleras muy estrechas donde solo cabe una persona o subiendo o bajando, yo voy bajando, mirando el abismo de un lado y otro, pero un gringo está subiendo al mismo tiempo, yo tengo más camino avanzado descendiendo que él subiendo, él podría bajar para darme el paso, eso lo haría cualquier persona con mínimo sentido de la vida y respeto, pues no, qué hace el blanco, se queda a la mitad de la escalera petrificado de miedo, qué hago yo, la mestizada, arriesgo mi vida al pasar por el sobrante de escalera con tal de no molestarlo. Qué tonta, cómo le doy el paso, me juzgué sin cesar desde los milisegundos subsiguientes y durante varios días, ¿cómo me atreví a arriesgarme? ¿en qué estaba pensando?

Vuelo rápido a otro recuerdo. Estoy en una fiesta de mujeres, bailo con mi pareja, una mujer mestizada también como yo, tralalá, chacachán chacachán, está llegando una rubia española blanca delgada ojos azules a bailarle a mi compañera, de un segundo a otro me quedo sola en medio de la pista, pero qué pasó aquí, me alejo apenada y encuentro a mis amigas a pocos pasos. Ese “desplante” de sentirme mal ante el cambio abrupto en donde salí sobrando mis compañeras me lo explican como “celos”, muy malos, eh, celos malos y terribles, pero era más complejo que eso, hay algo que me duele desde adentro, hoy al tiempo entiendo que era más mi dolor ante el racismo cotidiano que celos de pareja, que también había algo de eso, claro, pero lo que dolía era el recordatorio siempre fresco de que las blancas valen más que una y por eso actúan así, como las sujetas deseadas y protagónicas de cualquier situación. Qué le vamos a hacer, nadie se les resistirá. Decirles “no”, no es una opción ¿o sí?

Ahora estoy comiendo con mi hermano, un año menor, mira la carta en la mesa del restaurante “Los Tres poblanos”, me dice enojado “somos más morenos”, quiero corregirle que yo no voy incluida en su lenguaje masculino, pero cedo hoy, sí, le digo, esas caricaturas son blanquitas.  Cuándo éramos púberes, de 12 o 13, por ahí, mi hermano empezó a llamarle en secreto a la gente blanca “gente rosada”, así se explicaba sin mayor conflicto, que los lugares directivos, de especializaciones, de doctorados, en la televisión, solo estuviera poblada de gente “rosadita”, era su forma de afrontar que su piel morena mestizada tenía límites. De género y machismo no hablamos pues es muy renuente a verlo siquiera, pero sus reflexiones antirracistas me marcaron pronto en la infancia, cuando él de niño se identificaba con Derek, el niño afroamericano de Barney, la serie con un dinosaurio de botarga, y yo no entendía por qué no quería ser Billy, el niño rubio, pues yo no quería ser Tina, la niña latina, aunque para ser sincera tampoco quería ser la niña rubia. Tiene que ver que mi hermano es más moreno que yo, a mí me consideraba el mismo contexto una mujer morena “clara”, vaya cantidad de privilegios raciales con los que crecí, mira, qué bien se me ve el rojo, el blanco, el rosa porque mi piel es un poqui más clara que la de mi hermano, decía la gente, nos decía la gente.

Ahora estoy con mi madre, mujer mestizada morena sin estudios universitarios, estamos en una oficina de gobierno, yo tengo ocho años,  una mujer morena clara maquillada la observa de arriba hacia abajo con desprecio, escaneando su color de piel, su cara lavada, su ropa discreta y barata, mientras un señor moreno burócrata le pide dinero para agilizar un simple trámite del predial. Mi mamá está acorralada, asustada, termina pagando la “mordida”. Yo estoy observando todo y con ganas de gritarles que dejen a mi madre, que la dejen en paz. Mi mamá por la noche le cuenta a mi padre lo que sucedió y yo alcanzo a completar lo que vi, mi mamá no puede creer que yo entendiera lo que pasaba, en realidad no entendí, solo veía ojos de desprecio sobre mi madre y quería defenderla.

Ahora estoy en una clase,  tengo una compañera colombiana, académica, muy blanquita ella, muy de su doctorado, corrige al profesor, un tipo moreno machista a más no poder, y me sale lo antirracista sin feminismo de un segundo a otro, compañera, pare, de verdad, pare ¿por qué tiene que corregir todo? No crean que corrige su machismo, no no no, ella corrige datos históricos especializados y de paso nos cuenta de su majestuoso trabajo antropológico con mujeres indígenas en Chiapas. Qué cómoda ella, pienso, viajando a México a tomar clase, seguro con beca, hablando de comunidades indígenas como si ella no tuviera privilegios, qué cómoda, seguro hace su tesis de ellas, qué insoportable.

Me siento mal.

Terrible.

Devastada.

Mala feminista.

Qué horrible persona soy.

Yo quisiera pensar que todas estamos unidas.

Pero es que los sistemas de opresión son complejos.

Me duele el racismo y me apenan mis ejemplos, que deben ser tonterías, cosita de nada.

He reflexionado una y otra vez que yo estoy siendo como esa mujer blanca gandalla, pero frente a mujeres indígenas en contextos económicos de precarización, aunque yo no sea blanca, me abruma esa posibilidad todos los días, porque no es cosa de voluntades, me han jerarquizado ya como mujer mestiza, qué hago con este lugar que es opresivo con otras, como el de las blancas extranjeras que vienen a visitarnos de vez en cuando a las mestizadas, y que además tengo que agregar se quedan a vivir aquí, porque dicen que en méxico “la gente es muy amable”, siempre quiero completarles la frase, “¿amables?, sí, pero solo contigo, blanquita, contigo”, pero me lo trago, no vayan a pensar que soy racista “al revés”, a veces me encuentro ocupando más espacio en un vagón del metro frente a una mujer indígena, y qué devastación notarlo, voy por la vida peleándome con los machos acosadores y al mismo tiempo, esas estrategias están situadas en mi clase social  y mi racialización… que ni me doy cuenta quién está a lado, qué pesado, qué horrible, veces me veo al espejo y no encuentro quien pienso ser, veo a una adulta de piel morena “clara”, urbana, mestizada, que seguro no tiene nada qué defender ni racismo del qué quejarse, pero sí tengo y también tengo mucho qué trabajar.

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