Cuento

[Cuento] El despertar de la bailarina

Por Carolina Taffoya

Hay una bailarina dormida y recostada sobre el prado, envuelta como un capullo, por ramas y pasto.

Suena una guitarra, de la nada la bailarina suspira una vez.

La guitarra se calla, la bailarina escucha una voz y siente su propia respiración, escucha cómo se rompen las ramas, ve cómo poco a poco pasa la luz, decide moverse hasta sentarse, la luz del sol la ciega porque éste está justo arriba del campo.

El vestido de la bailarina está sucio y roto, sus zapatillas están color negro, su cabello está lleno de hojas y ramas. Ella mira a su alrededor y ve que hay muchos bultos envueltos en ramas.

–Hola –dice una bruja frente a la bailarina, ésta no habla porque tiene miedo, no confía, sin embargo, no quiere huir.

–Largo sueño ¿eh? –aún sin hablar, la bailarina ve a la bruja confundida de abajo hacia arriba, se da cuenta de que ambas llevan diferentes vestimentas, percibe que la bruja tiene una vibra ligera. Al notar esto, la bailarina deja de tener miedo a la bruja y al verla a los ojos es como si la conociera de toda la vida, así se da cuenta ella que no recuerda nada de la suya y que solo se siente destrozada.

–¿Qué tal un baño? –pregunta la bruja.

La bailarina con sus manos quita el resto de las hierbas de sus piernas, intenta pararse y se tambalea, la bruja la atrapa antes de caer y ambas ríen.

–A ver, a ver, un pie a la vez –la bailarina pone un pie y luego el otro, siente el instinto de flotar pero por el momento se dedica a sentir la textura del pasto al caminar.

La bailarina y la bruja van por el campo y de vez en cuando se toman de la mano para cruzar una roca, un desnivel o un arroyo, no hay mucha plática, sí muchas miradas.

La bailarina se comienza a sentir cómoda y le da curiosidad todo el campo: ¿Hasta donde llega?, ¿qué son esos bultos?, ¿por qué yo salí de uno?, ¿por qué allá atrás sale ese humo? La bailarina tiene muchas preguntas, está a punto de hablar, pero la bruja interrumpe.

–Ya casi llegamos apenas crucemos este árbol –cuando lo hacen se ve una enorme cascada, el agua se ve súper clara, hay brillos y destellos por el sol y su reflejo, el olor es tan pacífico y el sonido tranquilo, la bailarina cierra sus ojos y agudiza sus sentidos para disfrutar cada momento, es lo más hermoso que ha visto.

Ilustración: Ania Przybylko

De pronto, ella se da cuenta que la bruja está en el agua.

–Ven, que está tibia –la bailarina ve el pozo de agua en medio de todo, ahí es donde cae la cascada, mete la punta de su zapatilla y ve que no era negra sino dorada, le sonríe de manera traviesa a la bruja y se aleja.

–Oye, ¿a dónde vas? –grita la bruja. La bailarina toma distancia, se da la vuelta, hace impulso corriendo y se avienta al agua.

–¡Qué rayos, me entró agua a los ojos! –dijo la bruja mientras se reía entre quejas. La bailarina sale del agua, cabello primero, ya sin hojas, sin ramas, sin tierra, su rostro limpio. Se queda con el agua hasta el cuello, la bruja le sonríe a la bailarina.

–Hola –dice la bailarina.

–¡Tienes voz! –exclama la bruja.

La bruja y la bailarina ríen, juegan, nadan, platican.

La bailarina y la bruja simplemente son felices.

La bailarina brinca en el agua y sale disparada llegando hasta la cima de la cascada, ambas se miran sorprendidas. La bailarina comienza a poner sus pies de puntillas, comienza a recordar sus bailes y lo feliz que la hacían. Se acuerda de ella misma de chiquita con su familia, sostenida por los brazos de su mamá, corriendo junto a su hermana, tomando té con su abuela y abrazando a su amiga. Entre más mujeres piensa, entre más buenos recuerdos llegan, el baile aumenta al igual que la gracia y comienza a flotar, de la falda de su vestido naranja caen brillos, ella sabe que puede caer despacio como una pluma, casi como si volara.

La bailarina se da cuenta que su vestido naranja ya no está roto, que las zapatillas doradas brillan más que nunca y que su cabello largo hasta las puntas, sigue enredado, pero no está sucio.

La bruja sale del agua, toma su guitarra de cristal y comienza a tocar. Sin decir nada, una baila y la otra toca, ambas se expresan a su manera, es un lenguaje instintivo y no necesitan señas, la música suena, la guitarra ilumina el lugar, la bailarina flota y gira dejando brillos en cada rincón. El ambiente es espectacular, se siente paz y ellas se sienten a gusto de estar una a lado de la otra, todo parece casi coordinado. Ahora la bailarina se sienta a lado de la bruja y así como cae, ella termina de tocar.

–Me tengo que ir –dice la bruja mientras se pone de pie.

–¿A dónde? –pregunta la bailarina mientras la sigue.

–A mi hogar –dice la bruja mientras le desenreda la cabellera negra a la bailarina.

–¿Qué es un hogar? –la bruja se sorprende

–Es donde estoy segura con mis hermanas, donde pertenezco, donde aprendo, donde está mi casa, donde están mis cosas, donde tengo todo, no sé cómo más explicarte.

La bailarina comienza a recordar cuál sería su “hogar” y en el camino que tendría que tomar para llegar.

–Vale, entonces yo… –la voz se le quiebra.

–Oye, ¿de verdad quieres volver a la aldea?

–¿Tú cómo sabes de donde vengo?

–Mujer, ¿qué tanto recuerdas?

La bailarina cierra sus ojos y ve fuego por un segundo, después una habitación normal, se interpone de nuevo el recuerdo del fuego, al segundo recuerda una casa de madera normal, de nuevo el fuego, ella corriendo, al siguiente segundo recuerda una mano grande, una mano fuerte, una mano segura sobre la suya, una mano con anillos, una mano con runas, ¿un mago?

–No lo sé, estaba con mi mago y luego desperté y te vi.

–Sí, donde me paré a tocar es donde suelen estar las bellas durmientes.

–No entiendo nada –dice la bailarina a la bruja, ésta suspira.

–Siéntate, te voy a explicar. En la aldea hay mucha gente, hay hombres y hay mujeres. Sí, algunas son bailarinas como tú, otras brujas como yo, pero también hay princesas, hay hadas, hay sirenas, hay bailarines, hay magos, hay tritones y muchas clases de entes mágicos… son de todas las edades y trabajan para sostener la aldea.

–¿Tú vives en la aldea? –pregunta la bailarina.

–No, yo soy de otra aldea, solo voy a la tuya a comprar unas cosas y regreso a mi hogar. Tu aldea tiene una “maldición”. Los hombres siempre quieren mujeres y las mujeres parecen estar encantadas para servirles, amarles y cuidarles, forman familias donde tienen hijas y guerreros y es como un círculo eterno.

–No suena tan mal –suspira la bailarina.

–¿Eras feliz ahí? –pregunta la bruja.

La bailarina comienza a recordar a su mago, su sonrisa, su mirada maligna, sus dulces y caricias. Y también la llave escondida… las luces de las velas, el nunca poder estar sola por las noches, su corazón comienza con un rápido palpitar y recuerda que estaba escapando, corriendo y esquivando el fuego.

–No –dice con una voz chiquita y atemorizada– estaba huyendo.

–Todas las que hacen eso que tú hiciste, pueden, o no, llegar a mi aldea; las que no lo hacen se quedan así –la bruja le da la media vuelta a bailarina y le señala todos los bultos en el pasto que casi cubren todo el campo.

–¡Qué horror, hay que sacarlas de ahí!

–No se puede, yo y mis hermanas ya lo hemos intentado con hechizos, con conjuros, con runas, cortando las ramas, queriendo cargarlas, pero si ellas están dormidas, el suelo las reclama, las ramas las jalan, están congeladas en el tiempo y nada las lastima.

–Vale… entonces están seguras.

–Claro, hasta que un hombre venga por ellas.

–¿Y luego?

–Van de nuevo a la aldea. Al despertar, tienen amnesia, son más dóciles, incluso parece que a ellos les gusta hacer eso, dejarlas escapar para volverlas a atrapar.

–Pero tú no eres un mago, eres una bruja, ¿cómo me sacaste?

–Ya estabas respirando. Si la bella durmiente despierta, el hechizo se debilita y pueden escapar, pero hay veces que las enredaderas son tan gruesas que ellas se cansan y vuelven a dormitar; otras, aunque no vuelvan a dormir no tienen fuerzas para escapar.

–Vaya, entonces creo que tuve suerte –dice la bailarina.

–Solo estaba pasando, oye, de verdad, me tengo que ir, puedes venir conmiga si quieres.

La bailarina tenía miedo de ir con la bruja, pero tenía más pavor de volver a la aldea, entre más la recordaba más pánico le daba, no quería volver, no le apetecía regresar.

Caminaron unas horas con un par de risas, platicando, compartiendo, recordando, cantando y tocando. La bailarina de vez en cuando usaba sus poderes.

–¿Cuál es el tuyo?

–¿Poder?, puedo construir desde mi ternura –la bailarina la miró confundida.

–Mira –la bruja respira, comienza a relajarse y del suelo salen flores y frutas tropicales.

–¡Wow! –la bailarina toma un fruto y lo saborea–. ¡Qué delicia!

–Puedo construir muchas cosas, incluso reconstruir algunas, así es como te peiné –la bailarina toca su cabello y se da cuenta que está desenredado, brilloso y sedoso– nada más que es muy cansado y debo tener mucha paz interior –dice la bruja.

–Es el mejor poder, yo únicamente floto y saco brillos.

–Eres preciosa y es tuyo, disfrútalo, es para ti y claro que sirve para algo, subiste la cascada de un salto.

–Gracias, ¿ya casi llegamos?

–Sólo hay que entrar a la cueva.

–¿A esa cueva oscura, fría y sin luz?

–Tranquila, vas conmiga y no está mal, es una cueva como cualquier otra.

Al entrar a la cueva, el camino se ponía tormentoso, era estrecho, había picos, estaba frío, resbaloso y oscuro, la bailarina no sabía por dónde pisar, iba detrás de la bruja y por momentos sentía que ya no estaba.

–Oye, vas muy rápido –la bailarina la intentaba alcanzar, intentaba dar sus brincos, pero no resultaba, el camino cada vez se hacía más estrecho, apenas y podía pasar, el vestido se rasgó, las zapatillas se rasparon, el cabello se enredó en las piedras.

–Oye, ve más despacio –grita a la bruja y se escucha a lo lejos que ésta le contesta, pero no se le entiende nada. La bailarina mira cómo la bruja cruza un puente y debajo de éste no se ve más que niebla. La bailarina va muy detrás e intenta alcanzar a la bruja con todas sus fuerzas. Al salir de lo más estrecho comienza a correr al puente, pero ya no ve a la bruja.

Fuente: Behance

 

No importa, solo debía seguir por donde la bruja pasó, pero entre más se acercaba al puente, se daba cuenta que éste no era más que una cuerda de extremo a extremo del grosor de su dedo.

–¿Cómo voy a llegar hasta allá? –susurra la bailarina.

–¡Oye! –gritó la bruja. La bailarina se dio cuenta que venía muy allá del fondo de la cueva, pero no podía mirar nada, eso sí, distinguía la sombra de la bruja y la guitarra sobre su espalda.

–¿Qué esperas?, ya casi es la cena.

–No puedo pasar, es muy chico el camino, está oscuro y no veo nada, mis poderes no sirven aquí.

–No escucho bien, ¿que te espere aquí? –la bruja con el movimiento, al querer escuchar mejor a la bailarina, hizo que de su guitarra de cristal se reflejara la luz y así se iluminó toda la cuerda.

–No te muevas –gritó la bailarina y comenzó a caminar, puso sus dedos en punta, eran fuertes pero aún así podía sentir como la cuerda tambaleaba, sabía que podía hacerlo, inhalaba y exhalaba para mejor concentración, con cada paso confiaba en avanzar más rápido.

–¡Oye, ya está la cena, te veo acá! –la bruja se va y deja de proyectar la luz, todo se apaga. La bailarina se asusta, solo hay oscuridad, decide confiar en su memoria y regresar a la zona segura, la bailarina entra en pánico, camina sin rumbo para pensar cómo lograr pasar.

–No tiene sentido si yo había visto un puente… –intentó colgarse sobre la cuerda pero esta era demasiado filosa y le sangraban las manos, quiso ir pecho tierra pero no se lograba balancear, intentó ir de talones pero siempre se iba para atrás, de rodillas también pero no podía avanzar, gateando también pero su cuerpo era muy ancho, iba a intentar con vueltas de carro, pero no confiaba en siempre calcular en caer si no veía, pasó horas pensando, horas intentando, tenía mucho frío, estaba muy sola y comenzó a notar que en la falda de su vestido caían muchas gotas. ¿Llueve adentro de las cuevas?, pensó rápidamente, hasta que se dio cuenta que no era agua del cielo si no de sus lágrimas, estaba desesperada y cansada, así que se recostó sobre la fría y húmeda roca.

–No entiendo nada –dijo entre lágrimas. La bailarina mira por donde vino y puede ver el amanecer.

–Quizá solo deba volver –la bailarina seca sus lágrimas y le llega otro recuerdo, un hechizo, era algo que el mago había cosido dentro de su vestido, lo arranca de su ropa y reconoce lo que dice, es para volverla capulla, volverla bella durmiente, pero lo invoca a él inmediatamente, ella sabe que el mago no tendrá ningún problema con llegar, que el podrá cruzar la cueva, ya que ella no tiene ya energía para salir.

La bailarina se vuelve a sentar y comienza a leer el hechizo, siente sueño. Va a la mitad de la oración y decide acostarse sobre su largo cabello, apenas y puede mantener sus ojos abiertos, no le importa terminar la frase porque si no viene el mago, vendrá otro, y si no viene nadie, dormirá. La bailarina sigue narrando el hechizo y repentinamente ve una luz pasar, a toda prisa, riendo a carcajada y toda divertida, quizá es color rosa o roja, también ve una morada y una verde, una de las luces se para enfrente de ella y le habla.

–Oye, ¿estás bien? –la bailarina no la puede mirar muy bien, suspira y se decide a continuar con el hechizo, la hada le arranca el papel de la mano.

–¡No puedo creer que te estés leyendo esto! –la bailarina somnolienta ve al fondo de la cueva la sombra del mago, la proyección que siempre usa para buscar algo y vuelve a sentir ese “amor”. Abre su boca para gritar y recuerda la ansiedad, pero a la vez el olor a pan y a la vez siente el fuego vivo en su piel. Una de las hadas se pone en frente de ella y la bailarina parpadea, se estira para ver la cueva y ya no hay nada, inmediatamente se relaja y se siente segura.

–¡Hermana, dinos qué pasa!  –preguntaban las hadas mientras le espolvoreaban algo para que despierte.

–Quería cruzar pero no veo nada y hay una cuerda pero es muy delgada.

–¿Es la primera vez que cruzas?

–Sí –dice la bailarina.

–¡Oh! –todas las hadas corean en sintonía.

–Hermana, cada mujer ve un camino diferente, es su camino para entenderse. El lugar está encantado, se trata de encontrarte a ti misma. Cada una lo vive distinto, algunas cruzan solas, otras nacen de ese lado, hay quienes requieren ayuda. No te preocupes, no te dejaremos sola.

Las hadas le dan frutos a la bailarina, le arreglan su vestido, la peinan y le pintan las zapatillas.

–¿Aún quieres el vestido naranja? –pregunta la hada verde.

–Me gustaría más de color amarillo, si se puede.

Las hadas le ayudan con su petición, las zapatillas se vuelven de plata y el cabello se lo cortan a la barbilla para que tenga menos peso para poder equilibrarse y no se enrede al balancearse.

Ellas ríen, platican, leen, cantan, dibujan y sueñan, simplemente crecen entre ellas.

–No me siento lista para cruzar, creo que nunca lo estaré, no veo nada, no sé nada, no tengo qué hacer.

–Creo que sabemos a quién llamar.

Las hadas hacen un círculo y recitan un hechizo, giran tan rápido que se ve un círculo de colores, esa misma figura se mueve de arriba hacia abajo en una oscilación más alta que la bailarina, en dimensiones gigantes. De la nada, se materializa ¿una diosa?, es una mujer hermosa, brillante de todos lados, con su largo cabello, hermosos labios, suave sonrisa, indescriptible, simplemente una d i o s a.

–Hola, querida, soy un hada madrina, pídeme un deseo –dijo en una voz tan musical y pacífica que la bailarina casi llora de la felicidad, casi se cae de la emoción. Pensó en pedir que la teletransportara al final, pero sabía que eso era hacer trampa.

–Una red de seguridad, por favor.

La hada sin dudarlo le pone una red elástica que generaba un poco de luz. Ahora, la bailarina sabía que si caía, iba a poder brincar de nuevo a la cuerda, iba a estar segura, la bailarina supo que podría cruzar.

Las hadas la seguían mientras ellas volaban, para darle un poco más de luz con ellas mismas.

–¿Lista? –todas dijeron al mismo tiempo.

–Sí –la bailarina se pone de puntitas y comienza a avanzar, va con las hadas escuchando, aprendiendo, sanando, cuestionando, perdonando y amando.

Conforme la bailarina avanza, nota que cada vez la cuerda se vuelve un poco más ancha, más segura, hasta el punto en el que cabe todo su pie, cada vez está más cerca, puede ver ya la luz de ese hogar donde se pueden escuchar las risas de muchas mujeres, se ven algunas siluetas correr y jugar mientras sus cabellos flotan, la bailarina sabe que ahí abrazará amora.

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La Crítica