Cuento

[Cuento] Del regreso

Por Alejandra Pérez Arteaga

¿Lo escuchas?– le preguntó tomando su pequeña mano y poniéndola sobre su vientre. La niña cerró sus ojos y fue sintiendo el ritmo de su propia respiración y poco a poco empezó a sentir una pequeña pulsación que provenía de su vientre, su pequeña mano se tornó tibia y cada vez aquella pulsación se iba sintiendo con mayor intensidad.

La mujer que la acompañaba y era la encargada de contar el relato en esa luna, le susurró: Es el pulso que nos une con todas, ahí nos puedes sentir a todas– la sonrisa de aquella pequeña se iluminó.

La que la acompañaba continuó susurrando una especie de canto que decía: No siempre fue así, hubo un espacio en donde las que fuimos, cuando tomábamos forma y nos hacíamos carne y piel, olvidábamos el pulso que nos une– del rostro de la pequeña surgió un gesto nunca antes sentido por su cuerpa.

La que canta le dijo: Es necesario que lo sientas porque nuestra existencia las honra y al sentir el ‘pulso’ te hablan. Miles de estrellas atrás, las que fuimos, nacíamos en una tierra que había sido capturada, invadida, por aquellos que no tienen la capacidad de crear y solo depredan, esos, los que no podían crear vida se fueron llenando de algo que llamaban “necesidad de poder”– del rostro de la pequeña emergió un gesto, mezcla de desconcierto y curiosidad.

Algo se produjo en los que no podían crear y se llenaron de rabia e impotencia, empezaron a vernos como enemigas y deseaban poseer eso que nosotras poseíamos. Nosotras podíamos crear y ellos no, podíamos sanar la cuerpa y hablábamos con las que nos alimentan y teníamos conexión con la tierra universa, y ellos no.

Pulsábamos con todo, con el pulso de vida, ellos no podían hacerlo, así que se fue formando en ellos algo que se llama “envidia” y junto con la envidia, una necesidad de “poder, de poseer, de controlar”, tuvieron que pasar muchas estrellas para que muchos de ellos empezaran La catástrofe que duró millones de estrellas; empezaron algo que ellos llamaron La guerra, esa guerra motivada por lo que ellos no podían ser ni hacer.

Capturaron a cada una de las que fuimos y con ellas a todas las que llegarían; rompieron todo equilibrio con el pulso que nos da existencia, tomaron la vida de cada ser que habitaba y lo transformaban en un ser a su servicio, un ser del que extraían todo lo que a ellos les servía para hacerse más fuertes, en ellos corría aquello que depreda y parasita.

Tenían tanto miedo que se encargaron de que a cada una que llegábamos a habitar la tierra, ellos detenían el flujo de nuestras venas con todo lo que nos une, fue así que pudieron secuestrar el flujo de la útera corazona, cada palpitar lo querían capturar, decían que era de ellos, que les pertenecía, crearon leyes para prohibirnos todo aquello que nos recordara nuestro pulso.

Intentaban con cada una que llegaba, tapar sus venas, esas que nos unen a todas, a la universa que crea; y es que para ellos, era muy peligroso que escucháramos nuestro pulso, eso nos conectaba con todas las que hemos sido; cuando nos escuchamos, nuestro pulso se vuelve fuerte y no hay nada que lo pueda detener y el pulso de una despierta el fluir de las otras, late fuerte y podía despertar el pulso universa que somos e ir contra todo lo que nos habían impuesto.

Es por eso que cuando algunas escuchaban su pulso eran perseguidas, castigadas y asesinadas; llegaban los sin capacidad de crear y cortaban nuestras venas para darnos muerte, inyectaban nuestras venas con algo que las paralizaba, que detenía el flujo que nos da vida, así no podíamos sentirnos ni sentir a las otras, de esta forma era muy fácil hacernos creer que les pertenecíamos, que habíamos nacido con un dueño y esos dueños eran ellos, al impedir el flujo en nuestras venas impedían que sintiéramos el pulso y a toda nuestra cuerpa, así se encargaban de que nunca escucháramos el “pulso que nos une”.

Tan pronto llegábamos a la tierra se encargaban de detener el flujo con la vena que nos había dado vida, con ese pulso que nos une a las mujeres; por lo tanto lo primero que hacían era separarnos de ella, al hacer eso nos separaban de nosotras mismas y de todas con las que estamos unidas, eso era lo primero que hacían para evitar que escucháramos el pulso, para detenerlo, eso nos provocaba mucho dolor durante toda nuestra vida.

Debido a ese primer acto de detener el flujo de vida que nos une, podían hacernos creer que los “necesitábamos”, sí, eso que hacían desde el inicio de nuestra existencia nos hacía creer que los necesitábamos para existir, cambiaban el flujo de la vida para que les sirviéramos, eso nos mantenía alejadas de las otras y atadas a ellos para servirles hasta que ellos lo decidieran, no poder escuchar el “pulso que nos une”, nos hacía servirles e incluso provocaba el odio entre nosotras.

La que escuchaba el canto dio un salto y sintió nuevamente otra emoción nunca antes sentida en su cuerpa, se removían por primera vez en ella las memorias de las que habían sido y su pequeña mano que estaba sobre su vientre se percató cómo el pulsar de su útera se volvía lento y casi imperceptible, su cuerpa se había tornado fría y sentía algo que paralizaba su respirar.

La que canta puso su mano junto a la que escucha y continuó: Ellos se creían los creadores de nuestra existencia en la universa y de todo lo que nos rodeaba, se encargaron de convencernos de ello. Nuestra existencia les recordaba que ellos eran incapaces de crear y por el contrario eran capaces de destruirlo todo, en cada estrella que transcurría, se hacían más crueles y peores, se iban especializando en detener el fluido de vida que corría en nuestra cuerpa, y se convencían más de todas sus mentiras, ya ni siquiera podían cuestionárselas. Crearon lo que sabemos fue “la noche artificial” sobre la que nos sumieron a todas durante miles de estrellas.

Pero a pesar de las miles de estrellas en las que nos hicieron vivir sumergidas, ellos, al no poder crear y conectar con la universa que palpita, no sabían que el pulso no puede ser silenciado, ni con su noche impuesta mediante miles de guerras, ni con todas las vidas que arrancaron de las que fuimos, ni con todo su silencio impuesto, “el pulso que nos une”, es latir incesante y por mucho silencio que trataron de imponer sobre nuestras venas, por mucho que trataron de impedir el flujo de vida que somos, el pulso siguió latiendo y latía cada vez más fuerte, cada que una escuchaba su propio latido de vida recordaba el potencial de vida que era; así el de las otras se hacía más fuerte y al unirse se hacía más fuerte, era imposible evitar su fluir.

Poco a poco todas fueron llamadas a escuchar el “pulso que nos une”, era inevitable no escucharlo, hasta las que más se resistían poco a poco fueron sintiendo la vida correr por sus venas y era así que escuchaban el sonido primero, creador de vida y de universa; poco a poco fueron “recordando” quiénes eran, recordaron las danzas, el canto que las unía, recordaron la unión con la “útera universa”, escucharon el latir del pulso que contiene a todas, nunca más fue posible ser esclavas, nunca más fue posible ir en contra de lo que fluye y crea.

La que escucha sintió la voz de todas cantar a través de su útera, alzó suavemente la mirada para ver a la que canta y se reconoció a sí misma siendo sonido con todas.

«The sacred womb» Aleksandra

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