[Contar mi historia: El feminismo y Yo] Pasos de gigante en caminos estrechos

Imagen: nokamiamigurumi.tumblr.com

Por: Gagá, 15 años, Colombia

Tengo 15 años recién cumplidos y puedo decir que crecí en una familia asombrosamente abierta de mente y que rompe con muchos esquemas, sobre todo al estar ligados a la lucha de clase, a la izquierda y a los movimientos revolucionarios. Respecto a este sentido, me ha alimentado la mente y la fuerza escuchar tantos relatos de mis nonxs (expresión para llamar a los abuelos en Santander, Colombia) durante su época de militancia en el ELN o M-19, hasta de sus encuentros con las FARC, además de las charlas con sus amigxs, quienes alguna vez fueron junto a ellos líderes del partido socialista o de los frentes insurgentes.

Recuerdo que durante mi estadía en mi primer colegio sufría de múltiples agresiones verbales y físicas de parte de mis compañerxs debido a mis inconscientes decisiones de vida. Esa institución era profundamente religiosa, contrario a mi familia, por lo que nunca recé antes del almuerzo o antes de iniciar el día. Además, desde muy pequeña me ha gustado montones Michael Jackson, y mi hermano mayor me acompañaba a escuchar y aprenderme sus canciones. Creo yo que fundamentalmente por esto era llamada demonio, ángel del diablo; mi música, era música de Satanás, y yo una hija del diablo, por lo que me iba a ir al infierno.

En mi inocencia, muy a pesar de no creer en un señor al que había que darle las gracias por una comida que veía a mi mamá preparar y empacar, tenía entendido que el Diablo y el Infierno eran malos, que allá iba la gente mala, que mataba, que robaba. ¿Qué había hecho acaso yo para ir a ese lugar? Si yo no hacía mal a nadie. Recuerdo incluso que el matoneo no se dirigía sólo a mí, sino a otras dos niñas, que vaya casualidad, les gustaba el futbol. Claro ellas hacían cosas de “niños”, y eran producto de burlas.

Ante esto, formé una bonita amistad con ellas, en la que nos ayudábamos y pasábamos los malos tragos que veíamos como normales, así de casual como que me hayan cortado un mechón de cabello o me hayan enredado un cepillo redondo en mis negro cabellos.

En mi segundo colegio adquirí más carácter y conocí a mi mejor amiga, pero de pronto otra pesadilla comenzó, aunque esta vez interna. Pues por ella sentía mucho amor, un amor que no comprendía, que me parecía malo, porque a mis otrxs amigxs no les quería igual. Me sentí confundida, equivocada, dañada.

Nunca nadie me dijo que se podía querer de manera romántica a otra niña, a las niñas las podía querer como amigas, y a los niños como amigos; eventualmente cuando creciera, como novios. Para ese momento ya estaba mi hermano menor y ambos, papá y mamá, trabajaban hasta tarde por lo que no sentía a nadie a quien le pudiera preguntar.

Lo peor sucedió desde 2014. Aquí empiezan a dispararse las hormonas, y todxs se empiezan a centrar mucho en el físico, particularmente en el de nosotras. Empezamos a sentir la presión de ser lindas, de gustarle a los niños, de estar perfectas, de no incomodarlos, de hacer lo que más les gustara.

Muchas compañeras se empezaron a ocupar mucho en su cuerpo, y con apenas 12 o 13 años, se sentían ansiosas por bajar de peso, tener la mejor ropa, hacer crecer los senos, aprender a maquillarse.

Yo tengo piel morena, que debido a la falta de exposición al sol ha tomado tonos pálidos algo disparejos, desde los 9 o 10 años me detectaron acné infantil, además de rinitis y dermatitis. Por lo que usar perfume sigue siendo un riesgo debido a su fuerte olor, y usar maquillaje es casi imposible. Mis rasgos faciales muestran con orgullo mi herencia indígena, y mi contextura corporal es gruesa, adicional odio el ejercicio, por lo que no tengo un cuerpo fitness.

Ante un imponente canon de belleza, totalmente opuesto a mi cuerpo, y que no contemplaba otro tipo de modelos ni acepta la diversidad dentro de sus filas, empecé a sentirme mal por ser yo.

Esto desembocó a una depresión que sufrí dos años, acompañada de ansiedad, autolesiones, y lo peor, un odio por mí misma que ahora que miro hace un año atrás no me puedo creer. Contemplé en muchas ocasiones el suicidio.

No era evidente, pues en realidad lo que más recibía del exterior eran las “inocentes bromas” sobre mi físico de parte de algún amigo o compañero. El problema lo había gestionado yo, y era yo misma quien había desarrollado un rechazo en todo sentido por mí. Al punto que mirarme al espejo era traumático, puesto que a veces ni siquiera hacia la relación entre que lo que veía en el espejo era yo.

Las directivas del colegio se dieron cuenta de esta situación, así que me interceptaron sin previo aviso en medio del descanso de todo el colegio, me obligaron a enseñarles los brazos y me citaron a coordinación con mi mamá y mi papá. Ese día quise morirme del todo, ¿Cómo les iba a explicar que su hija, la mejor estudiante del grado y con los mejores puntajes del colegio, se cortaba los brazos y se comportaba como una chica y no como una adulta? ¿Qué iba a pasar con su orgullo sobre mi madurez y mi comportamiento serio?

De alguna forma logré decirles, aunque es un episodio del que no recuerdo nada, ni las palabras que usé, ni la respuesta, ni mi actitud, nada. Hay un serio vacío respecto a los hechos de semana en mi cabeza.

Coordinación ordenó que debía ver un psicólogo, pero yo no quería por ningún motivo hablar con quién era la supuesta psicóloga del colegio. Una señora cristiana y tradicional hasta el último de sus cabellos con la que tal vez compartíamos un odio mutuo.

Así empecé a asistir a citas cada viernes con la Doctora Maribel, una mujer preciosa, que me acompañó en mi lento avance, y en mis múltiples recaídas. Aunque quedaba lejos su consultorio me encanta ir, a veces a pedir ayuda, a veces a hablar y tomarnos un té.

Por desgracia, Maribel tuvo que remitirme a su vez con un psiquiatra. Eso fue horroroso, me pregunté qué tan mal estaba como para tener que ir a donde van lxs locxs. Al ver mi desespero, ella dijo que era necesario, que seguramente sólo tendría que ir una vez para descartar cualquier cosa grave.

No me inspiraba confianza, no me inspira confianza, y si tuviera que ir, seguiría evitándolo al máximo. Evidentemente el psiquiatra fue más frio, más duro, y de nuevo me obligaron a mostrar los cortes, está vez peor, pues tenía que hacerlo frente a mis padres. Hizo muchas preguntas, sentía que me estaba invadiendo.

Malas noticias, debía volver; pedí una explicación, si acaso había descubierto algo y casi con desdén me dijo que no tenía nada, pero tenía que volver.

Luego ocurrió algo que nos alarmó mucho y por supuesto me trajo más complicaciones. Un día me levanté y sentí las piernas inmóviles, al día siguiente me ingresaron de urgencias, y a continuación me hospitalizaron una semana. En esa semana me hicieron exámenes varios, entre esos un neuropsiquiatra, que habló conmigo, pero creo no haber dicho poco más que mis ganas de irme.

Luego salió a ver a papá y a mamá, que de alguna manera lograron estar juntos esos días. Yo en ese momento no me enteré de lo que hablaron. Más tarde me quedaría estupefacta por sus palabras. “Su hija está enferma, pero del alma”

Seguiría yendo a hablar con Maribel unos meses más, y al psiquiatra otras 3 veces, en las que me amenazó con internarme mínimo un mes si me volvía a lesionar.

Lo último que recuerdo de ese periodo fue un chequeo médico en el que tuve que pesarme y al salir del consultorio me eché a llorar y arañé mis manos y cara.

A comienzos de este año viajamos a Buenos Aires, y creo que esa ciudad fue gran parte de mi recuperación. Al volver a Colombia me sentía extrañamente bien, ya no sentía cansancio constante, volví a salir de mi apartamento, empecé a cuidar mi habitación, de hecho, le hice una limpieza completa en la que deseché los cuchillos que usaba para cortarme y las pastillas que usaba para dormir.

Lo mejor vino en febrero, cuando se empezó a compartir información sobre la marcha del 8 de marzo bajo el lema “Si nuestras vidas no valen, que produzcan sin nosotras”. Empecé a leer a otras mujeres, a otras chicas. Me di cuenta de que era cierto, que nuestra vida y problemas eran menospreciadas constantemente, que incluso, lograban que nosotras mismas la menospreciáramos.

Asistí a la marcha con mi padre, aun lloviendo nos quedamos desde las 5 hasta las 9 de la noche. Y así el feminismo no sólo me ayudo a repararme, sino a empoderarme, a reconciliarme con mi cuerpo.

Creo profundamente en un feminismo interseccional, en los feminismo latinos e indígenas, en el cambio radical de esta sociedad, en cuanto a todos los esquemas que la conforman.

Actualmente me encargo de charlar con mis compañeras sobre estos temas, en especial sobre sexualidad, pues a esta edad se empiezan a tener experiencias y deseos sexuales, y la mayoría de las veces no hay información enfocada a la mujer o a minorías sexuales. También hablo con mis amigos y compañeros, les intento explicar como muchas de sus acciones diarias, aunque parezcan normales, nos violentan o intimidan.

Así de a poco, he visto como si se hablara del tema en las escuelas, tendríamos una mayor repercusión en quienes seremos las voces el día de mañana, y tendríamos aportes más innovadores y realistas para con nuestra generación.

 

 

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