Feminismo

Así crece una lesbiana

Por Alejandra Pérez Arteaga

Cuanto más honesta soy con el recuerdo de mi historia, con mis raíces, con el recuerdo de la vivencia de mis ancestras, más percibo lo que Adrienne Rich menciona como existencia lesbiana y continuo lesbiano, y más agradecida estoy con ellas y con la universa.

Soy nieta de Maruca, como me gustaba llamarla; nieta de una mujer con una fuerza indómita y sabiduría ilimitada, mujer que nunca vi ser esclava de un opresor pareja, ya que afortunadamente quedó viuda cuando el último de sus ocho hijos tenía dos años. Nunca más volvió a ser esclava directa de un opresor. Era sabia en los negocios, hizo muchos negocios y creó mucho dinero, el cual de diferentes maneras le fue robado por el sistema patriarcal.

Ahora que puedo re-nombrar mi existencia, re-escribirla lo más alejada de el lente patriarcal, resignificarla con la mirada de otras mujeres, observo cómo las vidas se van sucediendo en líneas paralelas: una bajo la mentira y el yugo de la visión patriarcal y otra la de las ancestras, la de la raíz la de las mujeres.

Es así como puedo ver aquellos seis, siete años y observar a mi abuela tan fuerte, con tanta grandeza interna y sometida a la institución heterosexual, no mediante una pareja, pero sí mediante sus hijos, sobre todo el menor de ellos. ¿Cómo era posible que tan grande mujer sufriera por un ser tan insignificante, tan parásito, cómo podía verse doblegada ante él? Muchas veces le hacía saber mi coraje, mi desesperación y le decía que lo dejara, que lo sacara de su casa. Ahora la entiendo… pudo escapar de una gran forma de esclavitud al no atarse a otro hombre como pareja, pero no podía escapar de la esclavitud de ser madre.

Soy hija de Marta, mujer que nunca se casó ni se casará, que nunca estableció ningún vínculo con ningún hombre. Hasta ahora puedo estar profundamente agradecida por ello, pero en esos años de primera infancia y de adolescencia, cómo me pesaba, cómo me dolía ser hija de «una madre soltera». ¡Que término tan cruel y devastador utiliza el patriarcado para castigar a las mujeres que salen de sus dominios! En aquellos años era una marca que llevaba como un sello que le ponen al ganado, estudiaba en un colegio particular en donde, al parecer, era la única que tenía tal enfermedad, tal peste, ser hija de una madre soltera y, lo peor, solo ella y yo, no había un opresor en puerta, no existía, cuánto la odie por eso, por no darme un opresor que nos esclavizara. Odiaba mi pelo chino, mi piel que no era tan blanca como el resto de las niñas, mis ojos que no eran de color, pero sobre todas las cosas odiaba ser alguien anormal, alguien marcada por no tener un opresor en casa. La falsa conciencia, como la llama Adrienne Rich, ya actuaba en mí, pensando lo malo que teníamos mi madre, mi abuela y las mujeres de mi familia para que los opresores no nos amaran. Ese veneno del patriarcado, la heterosexualidad, fue encarnando en la cuerpa.

Mis vacaciones de verano transcurrían en vacaciones en diferentes partes de México e incluso fuera del país, siempre acompañada de mi madre, mi tía (otra en ese entonces bajo la mirada patriarcal, desdichada madre soltera, ahora, bendita y grandiosa) mi prima y yo. Éramos la familia.¡Qué vergüenza me daba no tener un opresor que nos acompañara! Qué indefensa me sentía cada vez que en algún hotel, o restaurante preguntaban por el hombre, el marido, ¿cómo podían viajar dos mujeres adultas y dos niñas sin un opresor al mando? Qué mal vistas éramos.

¿Qué maldición había en mi familia, qué pasaba con las mujeres? La mayor de mis tías era una mujer soltera y sin hijos. Estábamos malditas. Cuánto sufrimiento ocasionaba a mi cuerpo el control de mi conciencia, envenenada por el patriarcado y su institución heterosexual. Me sentía fenómeno por no tener un opresor.

Sin embargo, como ya lo mencioné, hay una historia que corre en la raíz, en las venas: esa de las ancestras,  esa que me hacía ser la más feliz solo cuando estaban mis amigas. Cómo olvidar a Gaby, Aida, Marta, Damariz, Michelle, Ana y lo felices que éramos juntas, la ternura, la creatividad, las risas, las caricias, toda la amora compartida, esa amora que conforme pasas de año en la primaria y vas creciendo se vuelve peligrosa, esa amora de la que te separan para inyectarte la de la heterosexualidad, para meterte hasta que no te quepa duda la necesidad de un otro, la servidumbre a un otro, para pelear por la mirada de un otro.

Ahora distingo y sé que tiene manera de nombrarse eso que ya mi esencia y mi cuerpo sentían desde niña, esa irrupción de los niños cuando estas con tú amiga, ese tener que voltear la mirada para atenderlos, para ganarlos y desviarla del amor de tu compañera, ese sentir que vales menos y solo frente a su mirada tendrás valor; ese ojo vigilante patriarcal que ve peligroso cualquier indicio de amor entre nosotras, y que castiga, prohíbe y separa, para dar atención al opresor. Lo sabía de niña, mi cuerpo lo decía. ¡Qué bien se sentía estar entre ellas! Hasta que llegaba el opresor… qué cansado tener que agradarles para tener valor, cuánta mentira a la cuerpa, a la esencia, para poder sobrevivir en el mundo patriarcal, pero ahí estaba en sexto de primaria siendo deslumbrada por Nohemi, mi maestra, mujer de gran fuerza y belleza, que con su sola mirada hacia que mi cuerpo explotara en miles de lenguajes.

Sin embargo, a esa edad ya había un control de la consciencia y estaba lo suficientemente socializada en la heterosexualidad, al punto que a esa corta edad, podía ver la amora que despertaba una mujer en mí y podía dar toda una explicación y castigo por ello, pensaba que me hacía falta una madre amorosa y mi cuerpo se llenaba de culpa y yo la más confundida.

Así que no, yo nunca descubrí ser heterosexual, yo soy lesbiana y lo descubrí desde siempre, pero por mi supuesto propio bien intenté convencerme de ser heterosexual, intente servir al patriarcado y su heterosexualidad para sobrevivir, pero mi esencia es lesbiana.

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